¿Cómo narrar el viaje y describir el río a lo largo del cual 
—otro río— existe el viaje, de tal modo que resalte, en el
texto, aquella fase más recóndita y duradera del evento,
aquella donde el evento, sin comienzo ni fin, nos desafía,
móvil e inmóvil?
Osman Lins, Avalovara

El tren entra en la estación Reuilly-Diderot y la gente baja y sube del vagón, aunque no por este orden obligatoriamente. En realidad, no importa en qué orden lo hagan, es difícil saberlo: las puertas de los vagones se convierten, incluso antes de que el tren se detenga por completo, en pasillos donde los cuerpos avanzan y los roces, con más intensidad que la tolerada por los cuerpos cansados, son tan indeseados como inevitables. Nadie sonríe, ni siquiera el niño que hace un rato le agarraba el dedo meñique a su hermano y, con el suyo entrelazado, le retaba a un juego del que salía victorioso. Su rostro, segundos antes iluminado por la socarronería del éxito, se contrae ahora por el esfuerzo que, a los siete u ocho años, supone contener el llanto en la garganta, aguantarlo y, si es posible, tragarlo: su madre le ha golpeado (y fuerte) por algo que ha dicho o hecho y que, probablemente, no tenía la mala intención que la mujer ha interpretado. La tráquea le quema, seguro, y todos los músculos de su cara tiemblan cuando siente que las lágrimas se le acumulan en los ojos. Quiero abrazarle, decirle que no pasa nada, que puede llorar tranquilo, pero eso supondría un problema que mi consciencia de la realidad social evita; me resigno a acariciarle la cabeza con la mirada, aunque no sé si lo siente: no es a mí a quien se dirigen sus ojos, sino a la responsable de su congoja. Le suplica —o eso interpreto— un poco de atención, quizás solo un pequeño gesto que le indique que, pese a la reprimenda, aún lo quiere. La siguiente parada es Ledru-Rollin y los niños, agarrados de la madre, se marchan. Verse liberado de la presión de los demás viajeros parece reconfortar al chico apenado porque de nuevo los ojos se le han prendido y mira a su hermano, desafiándole de nuevo vaya usted a saber a qué.

Como si nada de lo anterior hubiera pasado, el juego comienza de nuevo para ellos.
También para nosotros:
—Moriré en París con aguacero.
—París es una fiesta.
—París no se acaba nunca.

Y, ahora que lo pienso, realmente esa es la sensación: las calles parisinas, tan sublimes y elegantes como las que tantos autores se han encargado de dibujar en nuestra memoria, parecen interminables para los pies, apremiados por la necesidad de avanzar contrarreloj y así visitar, en apenas cuatro días, los rincones en los que nuestros autores predilectos y sus personajes han vivido, han recorrido o han usado como refugio para anotar una idea extraordinaria en medio de una sesión de espiritismo con sus amigos, entendido este espiritismo como el consumo de bebidas espirituosas.

—Qué ingeniosa estás hoy— dirías con ironía y las cejas arqueadas si me oyeras pensar.
—Lo sé. Debe ser influjo del Sena, siempre he sido muy susceptible a las corrientes fluviales, como soy costeña… Bebidas espirituosas, humm… quizás esa sea una buena idea para recorrer París; todo se vería tan, más…
—¿Nebuloso?
—Cósmico, sí, quizás. Pero no, no bebamos todavía, mejor vayamos por partes como diría Jack…
—No, no lo digas otra vez, es un chiste malísimo— me reprenderías callándome apasionadamente si hubieras leído también este pensamiento.
—Está bien, olvidémonos de los malos chistes. Pero vayamos por etapas. Es preciso, por una cuestión de salud física y mental que organicemos y recordemos este viaje en diferentes tramos, como si fueran capítulos. Hagámoslo por autor. Capítulo I: Julio Cortázar. Rayuela.
—Comencemos entonces en el Pont des Arts.
—¿Encontraremos a la Maga? ¿Distinguiremos sus formas, su silueta delgada, inclinada sobre el agua, detenida sobre el pretil de hierro…?— recito casi de memoria.
—Puede ser.

Estación Louvre Rivoli.
No.
No vimos a la Maga. Tampoco nos encontramos con Horacio. Es posible que a aquella hora del día en la que solo los turistas pasean por la ciudad, ellos anduvieran por el barrio de Marais, en el boulevard de Sebastopol o en la Place de la Concorde saboreando un helado o destrozando paraguas. A nosotros nos basta la memoria para recordar un supuesto encuentro de ellos sobre esta plataforma de hierro que une los jardines del Louvre con el Institute de France y en cuyas barandillas miles de parejas enamoradas han colgado (y todo parece indicar que siguen y seguirán haciéndolo) candados de diferentes tamaños y colores, incluso candados de bicicleta, para representar así el deseo de un amor eterno, un amor irrompible, inseparable, irremplazable, impenetrable, las llaves arrojadas al Sena, así ya nadie podrá abrirlos, los vendedores ambulantes atentos a las caricias de los paseantes por si: Lock? Padlock? Cadenas?

—¿Hay peces en el Sena?
—¿Seguimos?
—¿Hacia dónde? ¿Norte, Sur?
—Por aquí.

Pont des Arts

Muy cerca está el Jardín de las Tullerías, des les Tulleries, Mañana venimos al Louvre, ¿verdad? Sí, pero sigamos, hacia la plaza de la Concorde, allí, a lo lejos, ¿la ves? Un monolito coronado por un triángulo de oro, es allí, Parece pintado sobre el cielo, Pero sigamos, no te pares ahora, vamos hacia el Arco del Triunfo y, después, a la Torre Eiffel… Me duelen las piernas, tengo frío, tengo hambre, ¿y si nos comemos un crepe?
—¿Y si mejor vamos a ver la ventana por donde saltó Gilles Deleuze?
—¿Y Rayuela? ¿Y Cortázar?
—Ah, es cierto. Entonces vayamos hacia el Barrio Latino. O a St. Germain Des-Pres. O hacia los pasajes.

La red de metro de París tiene 16 líneas y 300 estaciones repartidas a lo largo de 213 kilómetros de vías. Jugar a perderse y encontrarse, por muchos manuscritos que hallemos en nuestros bolsillos, junto a tiques del supermercado —qué bien cenamos anoche—, pañuelos usados para prevenir el deshielo de las fosas nasales, billetes de transporte gastados, una barra de cacao para evitar el agrietamiento de los labios —hace frío en París, incluso en primavera, este clima es tan seco— jugar a perderse, decía, es un riesgo que, seamos pragmáticos, no queremos correr. Sin embargo, aunque uno no lo busque, el azar siempre te agarra desprevenido y voilá: ahí está: él de nuevo, un día después de oírlo por primera vez, en otra estación, en otro momento, con otra tonada, está aquí, con su cajón de ritmos y agarrado a su micrófono como si en algún momento  fuera a desvanecerse. Esta vez su canción, aunque él no lo sepa, está dedicada a nosotros y, secretamente, la tatareamos, agarradas las manos, hasta llegar a nuestro destino: Les Grands Boulevards.

Passage Jouffroy

—Pero, noo, te estás confundiendo. Aquel día no fuimos a los pasajes, sino a… y primero estuvimos en…
—Shss, eres tú quien no se acuerda del orden que seguimos. Yo lo tengo todo aquí, en mi memoria, ¿por qué sonríes? Ya sé que a veces me olvido de cosas o confundo los nombres, pero esta vez lo recuerdo todo, ¿no me crees? Sonríes de nuevo, pero sé que después de les Champs Élysées caminamos hacia la estación de Madeleine y vimos todas esas pastelerías con tartas de color rosa y desde allí fuimos a Grands Boulevards, subimos por la rue de Montmatre hasta encontrar, enseguida, la entrada a los Passages des Panoramas y los atravesamos, pero, aún no entiendo por qué, no salimos al Pasaje Güemes, de Buenos Aires, sino justo delante del Passage Jouffroy y me contaste que también Walter Benjamin, y dijimos que teníamos hambre, yo más que tú, y los dedos se nos quedaron grises de tanto buscar en cada una de las librerías, entre títulos viejos, y al final no, este tampoco, no nos llevamos ninguno porque ni francés ni alemán y mejor esperamos.
—Tienes razón, mejor esperamos.
—Pero no, no digo ahora, sino entonces, cuando los libros antiguos, mejor esperamos y no compramos porque mañana querremos ir a la librería Shakespeare and Company, en el Barrio Latino, cerca de la Notre Dame y de aquella otra iglesia que visitaremos el último día, ¿te acuerdas? La de las cristaleras de colores, antes de ir al Collège de France y a los Jardines de Luxemburgo, y también tenemos que ir al Sacre Coeur, en el Montmartre, pero se nos olvidará el Moulin Rouge, el Montparnasse lo visitaremos dos veces porque la primera…
—Pero, ¿cómo lo sabes?, si todavía no hemos ido.
—Porque ya está aquí, está escrito. Podemos leerlo mientras nos comemos el croissant y el pain au chocolat.
—Y si ya lo sabemos, ¿qué hacemos ahora?
—Pues, lo mismo que ayer y que mañana: seguir caminando. París no se acaba nunca. París es una fiesta y yo, yo me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo…