Familia (Homenaje a Marosa)

I

En el rito que celebramos aquella primera semana de otoño sembramos una costilla junto al pensamiento y la menta. ¿Recuerdas cómo salieron entonces a la superficie las hormigas rojas, cargando cada una una astilla? Al día siguiente empezó un diluvio que duró nueve días y quedamos embarazados. La persistencia de mi insomnio abrió un foso rodeando a la casa. Cuando quisimos huir, cargando a las niñas en brazos, no fueron suficientes los huesos en nuestra espalda. Mi padre habría quemado la casa y, sin embargo, yo permanecí a vuestro lado, quemando incienso por el día y por la noche. Así huele lo que guardo de ti, de ellos, familia.

II

Pasaba un diminuto río por debajo del escondite. Flotaban en él, en dirección al agujero, los dientes de nuestros antiguos amantes. A veces una raíz canina resplandecía lo suficiente como para alumbrar la cueva y vernos las caras: sólo así comprobábamos lo cerca que permanecíamos del enemigo. Pero después la chispa se perdía en el recodo y regresaba a nuestros cuerpos una oscuridad crujiente e infinita, y en el escondite se juntaban nuestras cabezas al azar y se besaban -asumiendo el caudal subterráneo- con las piernas del deseo enfangadas hasta la rodilla.

III

Si quisiera, los días pasarían del dos al tres y del cuatro al nueve, y de junio a noviembre, y en todos siempre, como hojas de un árbol a punto siempre de caerse, tú y tú, con ambas caras mirando al infinito, resplandeciendo y amando (entre todos los animales tu amor desangrándose) y de la devoración regresaría abril, empujando con más fuerza el aire, aullando ya tu amor, como un lobo que aullara con rojísimos dientes de león.

IV

La abuela sabía cuándo iba a ser el fin de las cosas. Justo en la mitad de noviembre, tembló la tierra y se hizo añicos el cristal del retrato de mamá. Ya siempre lo dejamos bocabajo. Después de eso, todos queríamos gritar que nos habíamos quedado sin nada, pero aún estaban los dos bidones en el ático, llenos de caracoles secos. Cuando en marzo se repitió el terremoto corrimos los cinco a refugiarnos debajo de la cama grande –odié que las niñas babearan tomadas de la mano- y escuchamos atentamente los caparazones chocarse entre ellos. Cuánto recuerdo el momento inmediatamente anterior a ése, jugándonos la vida al escondite en el otro lado de la casa.

V

Si las niñas tenían ganas de juego, buscaban las llaves en los cajones -la llave de cada puerta estaba en un cajón distinto, en una habitación distinta- y entonces se remangaban los vestiditos verdes para subir descalzas los escalones y bajarlos después envueltas en tierra fina (o tal vez en el polen malva de las ortigas). Algunas puertas -lo sé porque también yo había jugado a atravesarlas cuando era un niño- conducían a un antiguo laberinto que habían construido el abuelo y sus amigos en la bodega. Recuerdo que, estando ya en el centro, me bajaba los pantalones hasta las rodillas, con las nalgas apoyadas en el suelo, y respiraba muy lentamente la humedad del sitio. Se me olvidaba -por un momento, ese placer- el camino de vuelta.

VI

Estábamos siendo cercados por la tragedia. Ya nos conocía, uno a uno, con las palmas de las manos bocarriba y la lengua seca de tanto tiempo que permanecíamos callados. A mí estaba a punto de reventárseme la cabeza, así que dormía todo el tiempo, también de día, para no hacerme cargo. Siempre había alguien que, a las cinco en punto de la tarde, venía a despertarme metiéndome el rabito de un cardo en los oídos (así que el último episodio del sueño era siempre trágico y violento). Sólo más tarde, por las mañanas, encontraba -junto a la pata izquierda de la cama- su tallo con los pinchos encerados.

VII

Trepé la enredadera que colgaba desde la ventana del cuarto de mis padres. Era antigua y tenía tallos robustos y flores marrones, teñidas con sangre antigua. La noche estaba acabando. Yo venía de bañarme en el estanque, en una oscuridad plena y en una espesura terrible, completamente desnudo, sintiendo cómo bajo aquel fango se movían peces grandes, que se golpeaban repetidamente contra mi pene, comiendo de la punta, hambrientos, veloces, dentados, y cómo las sanguijuelas se me pegaban en las axilas y detrás de las rodillas. Cuando llegué arriba, comenzó a expandirse la luz intestinal del alba: celeste y beige, chocaba en el cristal leve, suficientemente, para verlo ahí, a mi padre, con sus tobillos en carne viva en la boca de mamá.

VIII

Le dejaron habitar la casa como si fuera sólo suya –nada más injusto-, le dejaron arrastrarse de rodillas por los pasillos, haciendo daño en la madera, a cualquier hora del día o de la noche. Consumía egoístamente el oxígeno de las habitaciones. Hasta en los días más fríos, para evitar la asfixia, abríamos las ventanas y dejábamos que el aire entrase en la casa. Temblábamos con cada músculo sólo para que pudiera él subir y bajar por las paredes, encendiendo y apagando las lámparas, jugueteando. Tuvimos morados los labios cada invierno. Pero papá y mamá nunca se quejaron de él, de su presencia, de que fuera más dueño de la casa que ellos, de que se metiera en sus armarios, desparejara los zapatos y abotonase hasta arriba sus abrigos.

IX

Desde que yo nací, sólo una vez viajó la familia junta. Mamá se trenzó el pelo y llenó tres canastos con los huevos recogidos durante quince días. Estaba hermosísima. Yo cargué una, la de los huevos más brillantes, más afilados, más alineados. Cargué la cesta más pesada, y en ella los huevos parecían cuchillos blancos o colmillos. Me recordaron la vez que cuajó el agua del pozo y se cubrió todo de nieve y me pareció aquella columna blanca un puñal de mármol capaz de penetrar en la epidermis celeste para descuajarla. Fuimos al campo y cocinamos huevos en una hoguera: fritos en aceite de canola o hervidos, rotos por arriba, los huevos, deliciosos, los colmillos, los cuchillitos, los puñales. Las niñas acumulaban las yemas duras entre los dientes. Los árboles, altísimos o diminutos, tapaban el horizonte en todas las direcciones. Cada noche de nuestro viaje soñé con huevos de color verde.

 X

Los recuerdos más vívidos de mi infancia transcurren de noche. Son recuerdos basados en sonidos, en texturas, en olores. Recuerdos sin imagen. Recuerdos negros.