—Pregunta para Luicci.

La voz del viejo raspaba en los oídos. El niño, quieto, aguardaba el cuestionamiento. En la camioneta se detenía el tiempo. Siempre era así. El abuelo, que antes hablaba de otros asuntos, interrumpía la charla y lanzaba su anuncio. Pregunta para quien fuese su voluntad. Casi siempre Luicci. Porque al abuelo le gustaba que la atención fuera suya y el niño soñaba despierto, iba con la mirada distraída, absorto en alguna historieta. La mano de Madre se la cerraba. «Pon atención», callaba.

—¿Dónde queda Comala?

Aquella era una difícil, pero Luicci, por azar o destino, conocía la respuesta.

Al norte de Colima, dijo y el viejo rió. Por el retrovisor sólo se veían las arrugas que enmarcaban su sonrisa. El niño más atrás con cara de desconcierto. Su respuesta era correcta, ¿cuál era la gracia? Entonces, con la mano alzada, el abuelo señaló en el aire el lugar donde habrían de verse escritas sus palabras:

Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes,
la vista muy hermosa de una llanura verde,
algo amarilla por el maíz maduro.
Desde ese lugar se ve Comala,
blanqueando la tierra,
iluminándola durante la noche.

Aplausos y exclamaciones de Madre, Padre y Ruth.

«¿Oíste, hijo? tu Papá Grande es casi un poeta», dijo la abuela y el viejo rió. El niño enmudeció de vergüenza. Sus mejillas ardían. Nunca, por más que lo intentara, daba con la respuesta que el abuelo esperaba.

—No has leído Pedro Páramo, ¿verdad Luicci?

«Ya lo va a leer», dijo Madre.

Sí, si si si si, hija. Es un libro muy importante. Habla de cuando… —comenzaba el aleccionamiento. Luego las anécdotas, de su infancia y juventud; de cuando cruzó el llano en llamas y de más eventos sin importancia. Por la ventana, el niño miraba el camino. Montañas, valles y vegetaciones varias. Autos, curvas, letreros y más letreros. Faltaban horas para llegar a la playa.

Así fue como se decidió que Luicci conocería a Juan Rulfo. El abuelo había hablado. En casa se hacía según su palabra. A Papá Grande había que amarle y respetarle.

Cada vez que había la oportunidad, Madre hablaba de cuando era niña y su papá más recio. El abuelo pasaba afuera el día entero; de su trabajo comían nueve hijos. Cuando volvía a casa, Mamá Grande les decía: rápido, escóndanse, ya llegó su padre. Cada uno buscaba un sitio tras los sillones, entre las cortinas, bajo las camas, en donde fuera; era inútil. Papá Grande hacía sonar el tacón y la suela antes de abrir la puerta.

«Vieja; ya llegué viejita. Sírveme la cena. ¿Dónde están mis hijos?» Niños, vengan, que ya llegó su padre. Papá Grande los recibía con los brazos abiertos. Reía. «Muchacho, ¿qué hace bajo la mesa?»

Se sentaban a la mesa. Papá Grande en la cabecera. Sonaba Mozart, Sinfonía no. 40. ¿Cómo te fue hoy, viejito? «Pues bien, ya ves, los problemas de siempre. Hija, pásame las tortillas». Tómelas usted, dijo Madre un día y tras sus palabras se silenció el Molto Allegro. «¿Cómo? dices?». Que las tome usted; están ahí, junto a su brazo. Papá Grande se levantó del asiento. «Ven acá». La abuela y sus hijos hundieron los ojos en los platos. La niña paralizada los veía buscando auxilio. Escuchaba sus plegarias en murmullos sin esperanza. «Que vengas, te digo». Papá Grande se quitó el cinturón. «Cuando yo te pido algo, así lo tenga en la mano, te paras, vienes y me lo das, ¿entendido? Bájate las medias». A madre todavía le duelen los recuerdos.

Mejor leer a Rulfo.

O quedarse en casa, frente al televisor, donde habitan los héroes verdaderos. El niño había crecido viendo sus hazañas, junto con Ruth, en la sala de su casa, entre estantes llenos de libros muertos. En la pantalla conoció a Son Gokū, el heredero del Rey Mono, quien viajaba al oeste, en busca de sus sueños. Cuando había más tiempo, Ruth ponía el nintendo. Entonces se lanzaban juntos a explorar los campos de Hyrule, los valles, las montañas, los mares y los desiertos. ¿Quién querría viajar con el abuelo?

Llegaba Madre del trabajo. ¿Qué hicieron hoy?, decía. La tarea, respondía Ruth. ¿Ya cenaron? Sí. Ya hasta estaban en pijamas. Muy bien. Qué hiciste tú, Luicci. El niño hablaba de esferas, dragones y deseos. Sobre nubes voladoras, sobre alcanzar la gloria y conquistar el cielo. ¿De dónde sacas todo eso? Nada, mami; a mi hermano se le van las cabras. Entre Ruth y el niño había ocho años de distancia. Ah, bueno. ¿Ya acabaste el libro que te dio Papá Grande?

Por suerte, sí.

El domingo los fue a visitar el abuelo, sin invitación ni aviso previo. Llamó a la puerta. El tacón y la suela.

—Hola hija, ¿Dónde está tu marido?

«Fue a ver a unos clientes».

—¿En domingo?

«Sí, ya ve, papá; los problemas de siempre».

—Hola Luicci.

El niño se acercó con pasos pequeños.

«Saluda a tu abuelo».

El viejo con los brazos abiertos.

—Qué rápido crece este niño.

«Dile que gracias, hijo». El abuelo pidió chilaquiles revueltos con huevo; jugo de naranja y café con leche. «Siéntese, papá; ya le atiendo».

El niño y Ruth, sin ser vistos, tenían que volar a la tienda para conseguirlo todo. Compraron pan dulce en el camino. A Papá Grande le gustan las sorpresas.

—¿Qué te pareció Pedro Páramo, Luicci?

«No lo ha leído», dijo Ruth, traicionera. «Se la pasa viendo monos japoneses».

No, no no no no —dijo el viejo entre risas—, él no anda viendo esas cosas; dijeron en las noticias que son del infierno. ¿Verdad que no te gusta eso, Luicci?

«No papá», dijo Madre; «él ni ve la tele».

—Qué bueno, qué bueno.

Ya lo acabé, dijo el niño con el rostro hirviendo. El viejo rió.

—Ah, ¿ya ven?, no que no. ¿Y te gustó?

Sí.

—Qué bueno. A ver, ahora trae una hoja, un lápiz y dibújame un cordero.

Aquello sería de lo más sencillo. El niño tenía guardados en su alcoba cientos de ilustraciones de sus personajes favoritos, los seres infernales que miraba en la televisión y los que él mismo se inventaba. Pasaba tardes enteras creando mundos propios, historias que nacían y crecían en su cabeza para llegar al papel como obras maestras de un talento secreto. Dibujar un cordero. Sí que sorprendería al abuelo.

Pero el viejo rió.

—Se ve muy enfermo —dijo—. A ver, haz otro.

El niño puso su mejor empeño. El segundo era, más bien, un carnero. El siguiente, demasiado viejo. Quién sabe cuántos carneros y corderos, habría hecho antes de que semejante tontería arruinara sus sueños. Mientras estaba en ello, los adultos hablaban de política y gobierno. Al final, el abuelo con cara de insatisfecho le arrebató el lápiz y trazó una caja con agujeros.

—Adentro duerme el cordero —dijo y Madre, Ruth y todos se contagiaron de su risa, como si el niño fuese el único que no pudiese ver lo divertido de aquel dibujo sin esmero—. Hija, Luicci tiene que leer más clásicos.