Un mes más tarde tuve que ir a la boda de mi prima Julia. Preparé, con claridad y distinción, una serie de argumentos para no asistir, pero mamá no atendió a razones. Ahora veo que el error fue empezar por “no tengo traje”. “Tu tío Antonio tampoco tiene. Mañana lo solucionamos”. El día señalado, a la hora convenida, Antonio Cendra y yo esperamos a ser recogidos por mis padres, con la corbata anudada, el pelo cortado, y un pañuelo perfectamente doblado en el bolsillo superior de la americana.

Un mes antes mi tesis doctoral Urbanismo Situacionista aplicado a la ciudad utópica y a la megalópolis distópica y yo picamos el timbre de casa de mi tío, que había sido la casa de los abuelos. “¿Todas esas cajas son libros?” preguntó con su voz de piedra pómez. “Necesito estar un tiempo en un lugar tranquilo. Lo siento. Acabo la tesis y me busco piso. Por favor”. Yo era consciente de que “acabar la tesis” equivalía a “erradicar el hambre en el mundo” o ” desalar el mar muerto”, pero mi tío no.

El convite se celebró en una masía, en Montcada. Nos dieron ensalada de langostinos y filete al oporto con parmentier de patata. La mesa de los amigos, donde me senté sin conocer a nadie, cantó “es colomense, la novia es colomense, es colomense, el novio es colomense”. Una chica morena con los pies llagados y preciosos y yo fuimos los menos efusivos con el gentilicio. Acabado el pastel nos dirigieron a una pérgola en el patio y el pinchadiscos anunció el vals. “Cuidado con el alcohol, los dos” dijo mamá. Antonio y yo farfullamos algo de camino a la barra libre.

“Un pacharán para mí, y un gintónic para mi sobrino querido”. Antonio y yo encendimos nuestros Romeo y Julieta. El puro lucía las caras de Julia y su marido impresas en una anilla de papel. Papá vino a buscarnos para una foto. Nosotros levantamos las copas y los puros con una gran sonrisa. Parecíamos un gangster dandy y un monstruo con traje echo a medida. Pero parecía que nos lo estábamos pasando muy bien. Ese era el trato con mamá: voy a disfrutar como un cerdo, nada de caras largas. Voy a disfrutar como el que más. Más que los novios, más que los padres de los novios, más que el cura. Eso último era fácil: el pobre hombre estaba hablando con una de las primas de mi difunta abuela, que le contaba, seguro, cómo cogió un avión para ir a Murcia y allí, en el cielo, no vio ángeles, ni ciudad celestial ni nada. A mí me lo preguntó en el pica-pica. No la quería defraudar y le dije que San Agustín situaba la Ciudad de Dios a la altura de Jerusalén, así que en Murcia no habían edificado todavía. “Todo llegará”, dijo la señora.

Con la segunda canción los invitados llenaron la pista de baile. El baile: ejércitos de estudiosos han dictado conferencias sobre el baile, mis preferidas siguen siendo “El baile, qué bonito de ver desde lejos” y “El baile y cómo evitarlo”. Mi tío me tendió la mano. “Venga sobrino querido. Vamos a menear el esqueleto” dijo con su voz emergida del centro de la tierra. Asirlo siempre fue imposible. Era inmenso, grande, ancho, inabarcable. Darle un abrazo no significaba rodearlo, era más como abrir los brazos en cruz y tocar sus bíceps. Hundió mi cara en su pecho, me levantó la mano derecha dos palmos por encima de la cabeza y procedió a intentar matarme.

Nos fuimos moviendo, yo de puntillas, casi sin tocar el suelo cuando girábamos. Antonio no debía haber bailado con muchas mujeres, o lo hacía así; cosa que en parte explicaba que hubiera llegado soltero a los sesenta años. A mí me parecía que me estaba practicando una Doble Nelson. De joven fue luchador profesional. Antes de la enfermedad. Le llamaban La Montaña. Fue célebre por todo el río Besós, desde nuestra Santa Coloma de Gramanet hasta llegar a Granollers. Papá y él siempre recordaban la velada en la que luchó contra Alí Dudú, en el polideportivo de San Andrés. Según el consenso general, si hubiese sido más rápido, podría haber llegado a debutar en las tarde del Price. Si hubiese sido más…se hubiera ido de Santa Coloma. Más rápido, más listo. Siempre es lo mismo: si no hubieras sido cojo, niño, podrías haber seguido al flautista y no estarías aburrido en Hamelin. Pero siendo sólo fuerte, grande como un monte, lo único que le quedó fue dejar la lucha y ponerse a trabajar en la construcción.

Mis quejas ascendieron por entre sus carnes. Debíamos parecer un ventrílocuo que se equivocó al encargar el tamaño del muñeco. “Qué bien que lo estamos pasando. Chico, lo mejor es airear las penas” y  se rio. Su risa era como oír a alguien mascar guijarros. Antonio Cendra cargó tocho, porlan y vigas por toda Santa Coloma. Con una sonrisa en la cara, junto a un gremio de francmasones de extrarradio, poco aseados, cuyo saludo en clave era gritarle “A ese tumbado que tienes yo le erijo un monumento” a la primera que pasase. Eso y cosas peores, de las que mi madre se libró por ser la hermana del Antonio. Nadie aludía a la horticultura con zanahorias y a degustar cosas negras con cuchara cuando mamá iba a traerle el almuerzo. Esa sociedad secreta, que tenía por símbolos un mono azul y un sol y sombra, plantó bloques al azar para después pensar calles; rellenó de escombros los cimientos de los pisos y rezó para que nada cayera. Las plegarias no fueron escuchadas allí arriba (la Ciudad Celestial quedaba muy lejos), y les vino una maldición encima, llamada aluminosis. Algo parecido le pasó a la cara de mi tío, pero eso fue después, cuando estaba haciendo el túnel del metro.

La enfermedad le empezó en el túnel del metro. Aunque yo lo imaginaba ya monstruoso dentro de la cueva, con la cara como de barro seco, resquebrajado, como una criatura del Dungeons & Dragons. Un monstruo bueno que estaba cavando el camino a la libertad, una vía de escape como en las películas de evasiones: haz un túnel largo, que pase el río Besós y nos conecte con la Ciudad Celestial. Mi tío se quedó el callejero en su cara y a cambio nos dio a todos un camino a seguir: doce paradas de metro y estábamos en el centro de Barcelona. La canción terminó con los pies de mi madre intactos.

Tres gintónics más tarde la pista empezó a vaciarse. Yo me dirigía hacia la barra libre, a por la quinta copa, a por la idea platónica de cogorza, cuando la novia se cruzó en mi camino. Llevaba los bajos del vestido negros y a la chica morena de los pies preciosos, y heridos, de la mano. “Ya conoces a Lidia ¿No? Quiere bailar”. No conseguí negarme. El día de su boda, una novia puede pedírtelo todo.

Lidia era abogada, como mi prima. Se conocieron en la carrera. Trabajaba en un buffet de Barcelona, en algo que no recuerdo. Me lo fue contando mientras bailábamos. Tenía la belleza de una abuela en su foto de bodas. Se movía con ritmo y soltura. Creo que le hablé de la tesis doctoral. Y de la República de Platón como modelo de las utopías del renacimiento. Y de la destrucción de ese paradigma de la ciudad en Blade Runner. Por supuesto no le hablé de mi recién fallecida vida amorosa. No le conté que hasta hacía un mes yo tenía una relación estable con una historiadora. Éramos  felices y nuestras respectivas tesis iban viento en popa. Yo conocí a una estudiante alemana, especialista en Debord, que me sedujo con su interpretación de La fenomenología del espíritu en clave situacionista. Mi pareja estable lo descubrió todo y, bueno: mi tesis doctoral y yo aterrizamos de vuelta a Santa Coloma. Todo esto no lo hablé con Lidia. Como buen estudiante de Filosofía decidí esconder mis carencias entre citas de grandes pensadores.

Lidia y yo debíamos llevar siete canciones cuando mamá y papá se acercaron para despedirse. El panorama empezaba a ser desolador y nosotros nos podíamos contar entre la resistencia. Yo le dije a Lidia que no tenía cómo volver y ella aludió a su coche de manera vaga. Así que me despedí de mis padres y seguimos hablando. Mi tío bailaba con un novio en cada hombro. La gente lo jaleaba mientras él daba vueltas en la pista, perdía pie y casi caía. Al fondo alguno de mis familiares se estaba pegando con otro, pero nada grave. La pista se iba quedando vacía. Yo pedí alguna copa más. Lidia se pasó al agua mineral, por el coche. En algún momento empecé a hablarle de mi tío: después de salir del túnel del metro con su cara de monstruo no sabía mucho qué hacer. Estuvo en algunas otras obras pero el legado de su cofradía ya estaba hecho. Encontró trabajo haciendo lo que hacen los monstruos: se convirtió en guardián de una mazmorra, en versión portero de discoteca. En concreto de la discoteca Shadows, justo enfrente de su casa. De pequeños mi prima Julia y yo convertimos al tío Antonio en nuestro guardián. Le conté a Lidia cómo inventamos a un personaje que nos protegía por la noche: era un Golem hecho con barro del río Besós. Vivía en un túnel del metro, rodeado de palomas; salía de noche y nos resguardaba.

Hacia las seis de la mañana incluso el más optimista de todos nosotros podía ver cómo la fiesta había acabado. Lidia y yo recogimos mi americana para ir hacia el coche. De camino al parking vimos a Antonio. Estaba estirado en un banco, con la chaqueta enrollada a modo de cojín. Su cuerpo gigante sobresalía por todos lados. Fui para despertarlo. Casi no podía caminar.

Es imposible explicar el esfuerzo que hicimos para llegar al coche, que resultó ser uno de los modelos más pequeños que fabricaba la industria automovilística. Lo metimos dentro, estirado en el asiento de atrás, doblándole las piernas, y cerramos la puerta a presión. Le indiqué a Lidia la dirección de nuestra casa. Mientras bajábamos de Montcada, siguiendo el curso del río Besós, mi tío empezó a cantar: “Vamos amarraditos los dos, espumas y terciopelo”. La suspensión estaba tan al límite que el cárter rozaba el suelo. En una subida el coche se caló y empezamos a descender. Lidia echó el freno de mano y yo recé por nuestras vidas. Conseguimos arrancar de nuevo y nos encaminamos a Santa Coloma, con el motor rugiendo de cansancio.

En la puerta de casa sacamos a Antonio del coche. Nos despedimos con un beso en la mejilla. “Ha sido una aventura muy interesante” me dijo. Sonreía y me pareció como un daguerrotipo. Aún iba descalza. Arrancó el coche. Yo encendí un cigarrillo. Me quedaba subirlo a casa y ponerlo a dormir. Le toqué la cara, hundiendo los dedos entre los pliegues de su carne. Abrió los ojos y me dijo algo que no entendí. Creo que fue: “Eres mi sobrino preferido”. Me puse su brazo sobre el hombro e intenté levantarlo.