Arabia Felix*

para Adolf Endler

1

La arena lleva el paso de los días. Vemos estornudar a la ciudad,
Sana, este pálido ágata, sólo a través de velos color arena,
De relojes de sol que indican desiertos en los mapas.
Hasta llegar a la cima de los cerros, el área está erizada de guijarros,
Una cubista imagen de pesquisa con el título «camello distraído».
Era polvo allá, polvo el primer sedimento de la lengua.
No la monótona palabra final de tantos salmos
Que regresa trastocada en eco apenas proferimos a gritos el vocablo: «¡Vida!»

Se trata de la fina capa bajo los párpados
Que enturbiaba las pupilas, los cristales de las ventanas y viceversa.
El disecado polvo en el fondo de la botella de agua mineral.

2

Sinsalabín, y ya estás convertido en otro. El Oriente Medio
Te torna duende de botella más rápido de lo que tú quisieras, turista.
Aparece de pronto ese sujeto color de humo, metido en sus zapatos.
Atravesado por el olor a especias, la polvorienta fosa nasal se convierte
En un bazar, con intrincados callejones y oscuros pasajes.
Cerrados como los umbrales de los mercaderes y los orfebres
Están los labios, acerca de los cuales nadie desperdicia una palabra.
¿Cuánto tiempo fue necesario para llegar hasta aquí, retrocediendo en el tiempo?
Cuatro, cinco siglos por lo menos. En lugares como este
Se preserva en primer lugar la percepción del tiempo, después, la noción del espacio,
Pero como una sombra ajena en la peregrinación.

3

No hay más Dios que Dios … chirrea El Corán con su filosa caligrafía
Que desde siempre convierte a los jóvenes en disecadas libélulas.
Sunita o chiíta, aquí cada cual venera El Corán a su manera,
Sus suras estentóreas. Ya en el lactante se yergue el almuecín
Que exprime al mediodía a los devotos por medio de altavoces.
Hombres con vestido, con faca, mujeres en profundos velos,
Negras como las plañideras de Sófocles; como picados por una tarántula,
Se apresuran para llegar a la mezquita más cercana y se escurren silenciosos a través de las puertas.
Ningún cristiano debe aparecerse por ahí, igual en saco que en ceniza.
Los musulmanes son siempre los otros, los que con la brújula en el cuerpo
Instintivamente saben dónde está La Meca. El paso lo determina El Profeta.

4

Y te asombras en la noche al ver de repente, sobre los muebles del hotel,
La advertencia en una calcomanía, la amenazante flecha indicadora.
Desde el lecho, cuentas insomne, atormentado, cada minarete.
Falta en el minibar el whisky seductor, ninguna botellita que te haga olvidar con vino
Tu circunstancia de forastero. En tus primeros sueños arábigos
Sólo aparecen cúpulas, dshinu, en las que amagan los kaláchnikovs,
Hombres vestidos de mujer. Una torva media luna vigila el placer.
Es obvio entonces que las sábanas amanezcan secas como el polvo.
Ningún ángel
De flamígeros cabellos que te obsequie con amor de prójimo. Bajo la regadera
Abierta al máximo para que no te escuche nadie, murmuras burlón
Yihad, la Guerra Santa. Pero la palabra te suena como el «¡Achís!» del estornudo.

5

Gracias a Dios hay agua. Es bueno que el cuerpo agradecido
Se le entregue; irrigada desde arriba, la piel se relaja.
Se suavizan de inmediato los sentidos, te sientes otomanamente rico.
Dante, el ávido viajero, quedó atrás, su relato exacto
Acerca del noveno círculo del Infierno, donde arden los sembradores de discordias,
Los eternos disidentes religiosos, abiertos en canal de la mandíbula al vientre.
Que Mahoma continúe desapercibido su marcha a través del paisaje pedregoso
De Yemen, por desiertos, huertos de limoneros, Medinas encantadas.
¿A qué se referían los romanos con aquella eufórica Arabia Felix?
¿Al benigno clima quizás, a la lluvia? ¿A los verdes retoños y hojas
De ese árbol exquisito que aquí llaman qat y que estimula la conversación?

6

Eso es lo bueno de aquí: uno está solo consigo. Cada quien sigue su rumbo.
O se sienta en el suelo, abandonado al parloteo. Con turbante o sin él,
Ellos mastican y mastican como los dromedarios, drogados ya al mediar la tarde.
Porque el qat suelta la lengua, tranquiliza, te mantiene a salvo del alcohol.
El sonriente taxista no es aquí ningún guasón. Tongue in cheek,
Conduce con propiedad a través del caos, y en el carrillo –gorda como una pelota de tenis–,
Esa masa de exquisitas hojas que le hace agua la boca.
Quién sabe si en verdad está drogado. Acaso sólo finja que lo está,
Para que el viajero se sienta tan a gusto como en su casa, como en el lecho.
Incluso el más destartalado vehículo se convierte en mullido diván,
Desde el cual se nos revela en lo oscuro una ciudad parecida a la mítica Bagdad.

7

Dormitar, aquí todavía se puede dormitar. Nadie despierta a nadie.
La mirada roza la basura urbana, los rebaños de cabras cuidados por chiquillos.
En el casco antiguo de Sana, te pierdes en los bazares
Detrás de taciturnas danzas para reaparecer en este barrio, Mafrai,
En la alcoba del anfitrión, donde uno deja caer de una y en silencio el cojín para sentarse.
Ahí se halla listo el narguile, la helada y ahíta serpiente
Que con la lengua en la boquilla seduce inerte al convidado.
Uno dormita horas y horas, descalzo entre efendis y patriarcas locales,
Desde los estampados de las alfombras, el retrato de Baudelaire saluda a distancia.
Una luz de colores se filtra por la ventana. Aromas que alguna vez valieron oro,
Suben por eléctricos semáforos de incienso. Y uno reprime una tosesita.

* Traducción de Enrique Martínez.