«Preferiría no hacerlo» podría ser el grito de batalla de todo nihilismo ilustrado en la literatura; en esa breve frase se concentra la voluntad abolida de uno de los personajes más enigmáticos de la literatura universal del siglo XIX: Bartebly, el escribienteHerman Melville, célebre autor de Mobby Dick, publicó el cuento que hoy nos ocupa en dos entregas anónimas entre noviembre y diciembre de 1859, la cuales aparecieron en la revista Putnam´s Montlhy Magazine. El cuento, ahora ya en formato de libro, ganó los elogios de la crítica literaria de la época; era, y continúa siendo, una escritura que sirvió como piedra fundacional para explorar nuevos registros literarios. Algunos críticos nos advierten que bien puede leerse como una antecedente del existencialismo ─si no, como bien lo señala Javier Úbeda, basta con recordar la frase: «Me es indiferente» del protagonista del El extranjero de Albert Camus─  y, de igual manera, como un antecedente de la literatura de lo absurdo. Lo cierto es que este cuento, al igual que algunos parajes kafkianos, nos introduce en el mundo de la oficina y en el de los oficinistas; de esa manera, Melville va explorando a través de una historia sencilla y de una estructura elemental el comportamiento moral y anímico de un escribano (un copista) que a cada orden de su jefe responde: «Preferiría no hacerlo», de ahí devienen diferentes momentos de angustia en la obra, mejor dicho de desesperación, ya que el lector espera que en algún momento ─ después de la gran insistencia del abogado─ Bartleby diga que sí o termine por reventar con algún acto de ira o renuncia; sin embargo, eso nunca sucede, digámoslo, la tensión dramática de la obra radica y se fija en la inacción de su protagonista: el no hacer es su hacer. Borges arroja luz sobre la naturaleza de esta literatura: «Bartleby define ya un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Franz Kafka: el de las fantasías de la conducta y del sentimiento o como malamente se dice, psicológicas».

Con un ratón de oficina se le podría asociar a Bartebly; no obstante, el símil terminaría por ser muy simple para poder describir en toda su humanidad a un personaje que va estropeando un sistema preestablecido; su frase ─varias veces ya citada en este texto─, funciona con la precisión de la gota que cayendo sobre un mismo punto termina por perforar dicha superficie, una suerte de tortura que desestabiliza la convencionalidad de un modo de producción burgués y políticamente correcto (sírvase saber que la oficina donde él es empleado se sitúa en Wall Street). Por ende,  Bartleby funciona como un victimario y, a la vez, como una víctima; como un catalizador y, simultáneamente, como un boicoteador. Su jefe, después de un gran número de intentos fallidos por activarlo, termina conmovido por esa figura miserable que ha decidido no ejecutar ninguna de las ordenanzas que cualquier oficinista recibe. Sus mismos compañeros, incluyendo al dueño del despacho, comienzan a ser influidos por él, a tal grado que como hablantes incorporan el verbo «preferir» en cada una de sus expresiones; en ese momento es cuando Melville, con la maestría del gran hacedor de historias, impregna de cierto humor patético a una ambiente gris y sombrío.

Podríamos apuntar que el espacio donde este cuento transcurre es un lugar claustrofóbico y aún más el espacio designado para que Bartleby haga sus labores, ya que éste es un reducto de la oficina en donde se encuentra  una ventana cancelada con ladrillos; en honor a la verdad, la descripción que Melville hace tiene la capacidad de generar en muchos lectores efectos claustrofóbicos; sin embargo, para Bartleby el reducto se convierte en un bastión para hacer de la existencia un ejercicio de la inutilidad, digamos, en una suerte de membrana que lo protege del mundo exterior. Por ello, este personaje puede ser identificado más con un trastorno como la agorafobia, con el miedo o la ansiedad que se resiente cuando se está en espacios abiertos, y no con la fobia a los lugares cerrados.

Asombra, por comentar lo menos, cómo el inescrutable e imperturbable comportamiento de Bartleby va influyendo en su jefe. Debemos enfatizar que la voz que cuenta la historia es la voz del mencionado abogado, dado que él es quien nos va narrando la tétrica epopeya de ese amanuense nihilista; lo relevante radica en la forma  en cómo el propio abogado, a través de la reiterada frase «Preferiría no hacerlo», va cayendo en la redes de la incertidumbre y la desesperación hasta optar por mudarse de oficina, abandonando su territorio, o mejor dicho, cediéndolo al escribiente.

Es relevante mencionar que al inicio del relato, el abogado va describiendo el perfil psicológico de sus demás subordinados; Melville dota de un sentido fino de observación a su personaje-narrador; incluso los demás empleados no tienen nombres propios, sino apodos, digamos, una forma de cosificarlos y de clasificarlos dentro de un sistema capitalistamente funcional, como si los empleados fueran meras mercancías: Pavo, Pinzas y Nuez de jengibre; de ello resalta que el único que tiene nombre propio es Bartleby. En fin, el mencionado escribiente, aún en su aparente sencillez, es un  ser insondable y, por lo tanto, inclasificable, digamos, un personaje que rompe el orden natural del mundo; para reforzar esta idea, pensemos en la capacidad que tiene Bartleby para romper la inercia de un sistema; en fin, en cómo su indiferencia logra trastocar las estructuras desde sus propias entrañas: el copista, quien es presentado como la misma imagen de la debilidad, logra poner en jaque, por no decir de rodillas, al jefe, quien representa la fortaleza en sí misma.

En su lenta degradación ontológica, en esa huelga de la voluntad ante lo oficios comunes, en esa inmolación del sentido práctico, ¿prefigura Bartleby algunos de los dramas de nuestra modernidad? Sí, ya que el retrato jerárquico y el de los roles de una oficina de 1859 siguen teniendo actualidad en nuestros días; sí, en tanto la repetición de nuestros actos bien puede compararse con los trabajos de un copista; sí, ante la depresión como una de las epidemias del siglo XXI; sí, dado que ─y pregúntese usted, amable lector─, cuántas veces no hemos deseado decir: «Preferiría no hacerlo».