… el cielo abandonadoDespierta, tengo miedo.

Fue entonces cuando, al oír la palabra miedo, Ella (o fui yo) recordó una imagen que la hizo estremecerse. La oscuridad latía y Ella temblaba.

¿Recuerdas?
Así comenzaba aquel libro, pensó. Es preciso que recuerdes, exigía la voz imperativa, la voz grave, cargada de voces, porque debía ser grave la voz elegida por Elizondo para dirigir aquella búsqueda; así la imaginaba Ella antes de escuchar la verdadera voz del escritor mexicano, una voz que inmoviliza al lector y de la que resulta imposible escapar sin permiso, o si acaso durante el instante mínimo que sólo le permite a uno respirar, apenas el tiempo necesario para sentir que, en efecto, el aire sigue entrando y saliendo por donde debe ―respira ahora―y en el que hasta parece necesario pellizcarse para sentir que uno sigue ahí, o aquí, quiero decir en el otro lado de la página y no dentro, como parece sentirse cuando uno se enreda completamente en el lado de allá.

¿Recuerdas?, insistía esa misma voz y Ella se cuestionaba, no tanto si recordaba, porque a veces no le importaría olvidarlo Todo. No, no era eso lo que se preguntaba sino Por Qué: la aparición repentina de imágenes difusas que van encajando unas en otras, unas encima de otras, para recomponer un momento pasado que lo destierra a uno a un rincón desde donde, a partir de mañana, brotará un nuevo recuerdo que ¿por qué?, ¿para qué? ¡Y qué importa! Lo más probable es que nada sea cierto. Aunque quién sabe.

Basta.

―Ése será el reto de esta tarde: distinguir la realidad de la ficción en un recuerdo cualquiera, por ejemplo, en ese recuerdo que te hace estremecer de miedo.

―¿Sabes que en Estados Unidos han diseñado una técnica que te permite olvidar recuerdos de manera selectiva y…

― Ya, ya… mejor escribe y calla, la interrumpí cansada. Y esto fue lo que hizo: recordó una foto, la misma que tenía el chino Wong en Rayuela, la misma que describía Elizondo en Farebeuf y esa imagen, la de la tortura, la de la ejecución en Pekín o en 北京, la condujo hacia un nuevo recuerdo que se fue, como los demás, deshaciendo.

I
Está oscuro. El cielo abandonado. Tumbada espera a que la luz renazca como si fueran diminutos alfileres incandescentes que se clavan desde la distancia. Hace horas que el sol abandonó el cielo. Eso ya lo he dicho, aunque de otra forma. Busca alguna referencia a la que asirse para detener el movimiento de la mente, para dejar de mecerse de esa forma tan vertiginosa en el infinito. Duermes a mi lado y “Usted no tema”, habías mascullado segundos antes, acurrucándome dentro de tus brazos, pero los cobardes –yosoycobarde– temen continuamente. La oscuridad late como un océano; yo tiemblo. De repente, y sigilosas, unas manos ajenas a las nuestras penetran en el pecho y se van abriendo hueco a través de las costillas hasta alcanzar el corazón. El músculo indefenso cede a la presión de las falanges extranjeras. Los dedos se hunden hasta atravesar el pericardio y oímos un sonido parecido al chapoteo de pies en el agua estancada de un charco, pero no son pies, sino dedos hurgando dentro de los ventrículos. Los latidos han cesado. Debe estar muerta, pensamos. O pienso. O siento. Quizás lleve años muerta. Ellos la avisaron: te buscaremos y te mataremos si no escribes sobre nosotros. Ésa había sido la amenaza.
¿Acaso lo habremos soñado?
Un sopor hipnótico nos iba invadiendo mientras veíamos aquella visión tenebrosa y bellísima, sin saber qué decir, mientras afuera caía la lluvia…

II
“Ahora te sanaré”, la consoló aquel hombre extático mientras colocaba su mano a apenas unos centímetros de distancia de su pecho. Sentados en el suelo de una casa destartalada, el chino la miraba con el rostro completamente envuelto en llamas debido al esfuerzo que le suponía recomponer un corazón desmenuzado, convertido en cenizas. A su lado, el maestro sonreía ufano, convencido de las capacidades de su pupilo para restaurar el daño causado. No. Mentira. No sonreía: miraba de reojo a los demás discípulos que, obedientes, apuraban el arroz de sus platos, todos sentados en círculo sin atreverse a levantar la cabeza, lamían sus dedos con agonía. No, mentira. Estas personas comían con palillos y liberaban sus gases sin pudor alguno. Sánala, le había ordenado, casi con desdén, apuntando hacia ella con sus uñas afiladas mientras con las de la otra mano retorcía los escasos pelos de su bigote, como si aquello le causara un placer inmenso del que sólo él era testigo. Una vida  no es nada. Para ellos, además, todo era un juego. Una mano extendida sobre su pecho, a varios centímetros de distancia. Silencio.

Querido, es necesario consultar a Farabeuf acerca de todo esto. Él podrá, sin duda, esclarecer este misterio. Su larga práctica en el esclarecimiento de cuestiones confusas será indudablemente de inestimable valor para nosotros en estas circunstancias.

III
Nadie se atrevía a hablar. La mano en tensión sobre el pecho de la chica, a varios centímetros de distancia, temblaba por el esfuerzo. Los latidos seguían apagados y, ella, des-corazonada, buscaba alguna luz, algunos ojos en los que esconderse de los de aquel hombre que con mirada mefistofélica ―No, esto tampoco es cierto: no era tan grave: su mirada era más bien de miope, casi de imbécil subyugado a la credibilidad―, trataba de deshacer la lógica del incrédulo. El sudor, o quizás era baba, sí, probablemente era baba, se le acumulaba espumosa en las comisuras de la boca, entreabierta, hasta que por fin sus labios emitieron un gemido similar al de las alimañas en celo. No, sigues distorsionando el recuerdo: no hubo ningún sonido excepto el rumor de la serpiente que, detrás del grupo de taoístas, se enroscaba sigilosa en su jaula de cristal, la arena crujía bajo su piel ‘lamiosa’ hasta que toda la longitud de su cuerpo se hubo recogido completamente en una de las esquinas del cubículo. Entonces sí se restableció el silencio absoluto. El bebé llevaba horas dormido, pero la señora seguía meciéndolo hacia adelante y hacia atrás, poseída por una fuerza autómata, adelante-atrás, moviéndose toda ella, acunando al crío, adelante-atrás, como si no se hubiera dado cuenta de que el niño ya no respiraba, como si no se hubiera dado cuenta de nada, ella seguía: adelante-atrás, adelante-atrás, adelante-atrás. Llovía desde hacía meses en aquella región del norte de Malasia y el suelo de la casa estaba pegajoso. Ella temblaba. La oscuridad latía. El corazón hecho cenizas.

Señoras y señores, a partir de ahora trataré de ser lo más concisa posible, aunque las circunstancias dentro de las que se plantean las posibilidades que permitirían explicar este hecho imaginario son bastante complicadas a más de imprecisas…

IV
Desperté y la oscuridad palpitaba en mis sienes como si fuera un día cualquiera de resaca. Inmovilizada por la presión en la glotis, aguardaba a que Él despertara ―nada de luces incandescentes, ni vértigo, ni infinito, basta de tonterías: sólo quería que él despertara para contarle que tenía miedo después de aquel recuerdo. O pesadilla―. ¿Acaso yo también dormía cuando sentí los dedos hirsutos del chino penetrando en mis costillas, abriéndose paso hasta llegar al corazón? Oí el chasquido y cómo el órgano, aún palpitante, reventó desparramándose entre las falanges huesudas del intruso, disolviéndose en un silencio pantanoso. La serpiente se revolvió entonces convulsa en su jaula de cristal cuando el maestro, en un gesto histriónico, cerró su puño sobre una nube de humo que alguien había exhalado. Alíviala del dolor, le ordenó, y aquel hombre de facciones pajarescas concentró toda su energía en los dedos arrugados que apuntó hacia mi pecho. Mi corazón temblaba. No merezco morir ahora, pensé, No, no pensaba: suplicaba a los dioses que en otras ocasiones rechazaba, les suplicaba que me perdonaran si aquello era un castigo,  les imploraba más tiempo, esclava del instinto que se aferraba entonces con un tesón inusitado a la existencia. Concédeme otra oportunidad, le rogaba, ya no a una pluralidad de dioses sino a uno solo, al mismo que mataba una y otra vez, concédeme una nueva vida, o esta misma si es que acaso tiene remedio. El llanto se deshizo en cenizas. La oscuridad era lo único que latía aquella noche en la que el sol había abandonado el cielo.

Vas a caer, pero no, te yergues ante ese horizonte que lentamente se va volviendo turbio.

Despierta, tengo miedo.