Salimos muy temprano a Drumheller, una ciudad muy bizarra, a conocer a los dinosaurios. Yo era artista residente en el Centro Banff de las Artes y viajaba con un grupo de amigos por aquellos rumbos. El paisaje, la gente y uno mismo eran un descubrimiento continuo.

Drumheller está ubicada muy al norte de Banff, aunque relativamente cerca, hablando estrictamente en distancias canadienses. El paisaje se vuelve plano y muy diferente a las fortalezas de roca que rodean a Banff y el camino avanza entre campos de trigos extensos e intensos. El color dorado del campo se confunde en el horizonte con el cielo azul pizarra que, luego de varios y lejanos incendios forestales, ha adquirido un tono casi sepia. El cielo luce gris, como si estuviéramos dentro de la celestial concha de un inmenso ostión. Las espigas ondean al viento y las oleadas no parecen modificarse. A veces aparece alguna granja perdida entre el vendaval de espigas y un pequeño bosque de pinos, semejante a una isla, en medio de un luminoso mar amarillo en movimiento.

José Teodoro, amigo canadiense a quien acuso de que su país es tan insípido que no tiene monstruos como el nuestro, fue quien organizó la expedición, ya que él vive cerca de estos rumbos. Es nieto de españoles y habla castellano con poco acento. Partimos en dos camionetas y atravesamos varias carreteras, paisajes de película gringa como El Mago de Oz y establos tipo el Gallo Claudio, hasta llegar a Drumheller. En una de las tantas paradas en una gasolinera le dije que, luego de tanto andar vagando bajo el cielo boreal, lo menos que esperaba era que los dinosaurios estuvieran vivos y no fuera a tratarse de una bola de huesos polvorientos en una vitrina. Ya sus vecinos gringos los han clonado, añadí para hacerlo enojar, y le comenté que incluso los ponen a trabajar en el cine bajo la dirección de Steven Spielberg.

Drumheller vive gracias al pasado y eso se nota desde antes de llegar, viendo cómo los lagartos anuncian los más diversos negocios en cada letrero premonitorio. Las calles de la ciudad y las tiendas presumen muchas esculturas de dinosaurios, algunas muy realistas y otros con caras más estúpidas que la de Dino Picapiedra. En la plaza principal del pueblo un tiranosaurio Rex, más parecido a Godzilla que otra cosa, domina el paisaje. Mi amigo Gerardo Montiel le tomó unas fotografías alucinantes, usando un filtro verde, con los niños jugando muy tranquilos a sus pies. Aquí el paisaje se vuelve desértico y el museo está en las afueras, donde se extienden las llamadas Badlands y se ven las minas de carbón mineral donde se hallaron las osamentas. Canadá tiene en esta ciudad el museo de dinosaurios más grande del mundo. En este país, ninguna cosa es pequeña.

El museo está lleno de todo tipo de monstruos. Me impresionó la sección de los dinosaurios acuáticos, donde uno entra a una oscuridad iluminada por luces submarinas y pueden verse los esqueletos montados arriba y abajo, entre una grabación de chillidos y aterrorizantes sonidos de mar. Las quijadas de los tiranosaurios todavía tienen los dientes amarillos y no es difícil imaginarse a otra bestia atrapada entre las dentelladas… De niño yo tenía un libro de animales y, antes de saber leer, mi padre se sentaba conmigo y yo siempre quería quedarme en la parte dedicada a los dinosaurios. Y en la página siguiente —recuerdo perfectamente el libro, lo tuve durante muchos años— había unos venados de gruesos cuernos atravesando un lago frío, entre montañas llenas de nieve, venados de piel gris manchada de blanco, así como los que había visto esa mañana al bajar al desayuno.

Afuera del museo se extienden las Badlands, un paisaje desértico, semilunar, muy parecido al que conocieron los monstruos. Puedes caminar por ahí, siguiendo unas veredas, y es sorprendente la sensación de estar atrapado en otro tiempo. Los cortes geológicos son precisos y los anuncios te enseñan a reconocer las capas, entre ellas algunas de carbón mineral en estado puro y de óxido de hierro. Los farallones se elevan con firmeza y, después de haber visto a los dinosaurios en su limbo, uno parece temer que aparezcan en cualquier momento para estremecer las terrazas de arenisca con el eco de sus pisadas. Le dije a José que pude sentir a los dinosaurios caminar sobre la tierra atormentada. Las yerbas amarillas brillaban en lo alto del horizonte, parpadeando bajo el sol vespertino, como si fueran una pantalla que al atravesarla te hiciera llegar al pasado o, quizás, al futuro.

De regreso fuimos a Calgary, a través de una carretera donde podía verse un sol intensamente rojo poniéndose al lado derecho, y una luna llena, ascendiendo al lado izquierdo, los dos muy lentamente, a lo largo de casi todo el extenso camino. Por unos cuantos minutos estaban juntos y se veían del mismo tamaño y con idéntico resplandor. Calgary fulguraba plena de luces al llegar y José Teodoro nos llevó a un restaurante de comida hindú atendido por silenciosos naturales de dicha región del Asia, extravagantemente decorado con pinturas de Miguel Ángel Buonarroti, Leonardo y Botticelli, además de adornos con ajo y demás detalles de la gastronomía de la península itálica.

Salimos en plena noche a conocer las librerías de segunda mano. La mejor de ellas tenía cosas raras y le regalé a una de las canadienses una edición chafa de El último de los mohicanos, de James Fenimore Cooper, libro cuya trama ocurre en Canadá y que en México leemos como un clásico, mientras que aquí sólo uno de los canadienses del encuentro conoce. Al pagar, me di cuenta de que un gordo y gigantesco gato siamés me miraba sentado a un lado de mí en el mostrador, a gusto sobre su canasta, elegantemente custodiando la máquina registradora y una agenda con el rostro de Oscar Wilde, que me miraba igual de malicioso. El gato parecía estar hecho de plata y arena, además de presumir un antifaz negro que le cubría los misteriosos ojos. Por un momento, me acordé de las miradas de los tigres dientes de sable que había visto de frente en Drumheller, y continué tratando de imaginar las cosas que habían presenciado aquellas criaturas, varias horas atrás, varios kilómetros atrás, varios milenios atrás.

Caminamos por el barrio de Kesington y regresamos a Banff por la madrugada. Más tarde, al revisar los libros en mi cuarto —todavía tuve el humor de llegar y ponerme a verlos, es algo que nunca he podido evitar con los juguetes nuevos— vi que me habían regalado un separador de cartulina con el logotipo de la librería, oculto discretamente entre las páginas. Éste tenía el dibujo del mismo gato del mostrador, retratado a vuelapluma de un solo trazo, durmiendo plácidamente en su sagrado santuario de libros y sueños hechos polvo. Un gato feliz en una biblioteca que simboliza la inmortalidad, el silencio y la elegancia, oficiando como un sacerdote en el recinto sagrado de los libros… Por algo decía Plinio el Joven que las librerías son una galería de muertos, donde al abrir cualquier libro se ponen a platicar con nosotros; y, también por algo, los antiguos egipcios acostumbraban llevar gatos al interior de sus tumbas…

Tal vez, de los tigres dientes de sable que rugieron en la tierra y ahora se han convertido en polvo y moléculas de carbono, nada más nos queda hoy la reconstrucción en los museos y la mirada inteligente de los gatos. Y tal vez, algún día, nada más quedará de nosotros la sombra de unos libros viejos, cubierta de otro polvo y de otro olvido, donde sólo serán tocados por las pasos de ese gato que todos tenemos oculto en el más confortable rincón de nuestra memoria. Una biblioteca donde siempre estará tu padre a tu lado con un libro para enseñarte cómo es el mundo y para que algún día puedas salir a conocerlo… Y conocerás y podrás tocar venados silenciosos en la nieve, y a dinosaurios combatiendo a gritos bajo el agua, sin importar que se hayan extinguido y que ahora se encuentren muy lejos, escondidos casi en la cima del globo terráqueo bajo un cielo alucinado por la luz de los incendios forestales. Todo es posible si sales con un libro a la mano. Y también sin olvidar aquello que te enseñaron una vez dentro de tu casa.