Dejar la poesía (y otros poemas)

Dejar la poesía

Por restar mientras que tú sumas.
Por llenarte de pájaros la mesa.
Por llevarte adonde no sabes salir.
Por castigarte sin hablar.
Por decirte: estás solo.
Porque le rindes cuentas.
Por preferir que cargues
con su dolor de siglos
cuando te sientes nuevo.
Por su imán descabellado.
Por la sed que produce
cuando finge ser agua.
Por su vida paralela.
Por hablarte
cuando quieres dormir.
Por su orgullo de bestia descarriada.
Porque mira a la muerte 
con el rabo del ojo
cuando canta oh belleza.
Por no dar explicaciones.
Por suficiente.
Por insuficiente.
Por beberse la sombra de mañana.

Rápido

Le sujeta una mano mientras duermen.
La luz de la mañana va a ese punto
abriéndose en las hojas de los árboles.

Alguien suelta en la calle
un anuncio de rosas en rebajas.
Se abrazan, se separan
bajo la bomba de calor de julio.

Del encuentro de anoche,
sólo un resto vibrante
de intuirse, mirarse y estar cerca
bajo la luz de espuma de una cascada roja.

Tienen el domingo y sus embates
y su fragor de puerto con escamas para ellos.
Venga, déjale estar, conciencia de lo breve.

 

Los asientos traseros del autobús

Las nubes, que son de hilos negros,
se pegan a las ganas de salir
y al cristal empañado.

Poco a poco, la noche me adormece
y me empapa su tinta
y rellena los brazos,
el algodón del pecho, la bolsa de la lengua.

 

¿Pobre Cervantes?

Si se deja la piel en el intento,
si combate sus límites,
si cae y se levanta,
si el tiempo le succiona
pero él resiste ahí,
una vez y otra vez
punteando lo oscuro
con luz que encienden sólo
las palabras, no me da pena.
No más que tú o que yo
con nuestro nuevo día,
esa porción de venga, de quizá,
llena de estambres vivos
y de cielos cruzados
buscando, a ver, por dónde.

(De Limpiar pescado. Poesía reunida, Visor)