De Ajedrecístico

 

Ve del reloj sólo el reflejo en los espejos de agua. Conoce el abismo como a sí mismo. Una valija es abandonada en la banca del parque, mientras por el altavoz se busca al hombre que posea el boleto de admisión a este recorrido de estigmas. En la ciudadela hay un hombre herido por un trozo de azogue. Esta es una estación acetílica, donde la sangre es el hilo conductor hacia la vida.

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Se movieron las piezas, la incertidumbre reina. No se ha encontrado valor numérico para el transcurso del tiempo, el hastío es un invasor. Nada parecido a la tristeza, nada parecido a la nada. Las avenidas son el refugio perfecto para el viajero, todo está en el escaparate.

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En la ciudadela, cualquier canción mal aprendida es el acorde puntual para entonar la vida. Cualquier acto de fe se desvanece en un santiamén. El viajero ve a través del cristal la perfección del olvido; nada devolverá la cordura, todos los caminos lo llevan al incumplimiento de las promesas.

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Se ha apuntado el camino del mañana, la guía me deja en esta jaula de luz. Estas manos realizan el malabar inútil de afinar el grafito, de plasmar la última línea que busque el exilio. Tiembla. El pueblo se ve sumergido por el estruendo fatídico de los altavoces. Nadie se salva del recuerdo. Esta hora se ha quedado íntimamente guardada cual cicatriz es remarcada con el tiempo.

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Yo soy el viajero. Iba de paso; sin embargo, me convertí en habitante de esta ciudad-derrumbe. Alguien pronunció mi nombre pero no volví la vista, nada podía ser petrificado. Ninguna vereda llevará a otro sitio; todas las catástrofes están cumplidas. Aquí los rastros del crimen son lo único verdadero.