¿De quién es este cuerpo que tanto amamos?
Salvador Elizondo
Tu cuerpo será tal vez una pregunta sin respuesta
Salvador Elizondo

Cada uno es la potencialidad de su propia muerte y así debería ser para que fuese posible la conservación de un mínimo de justicia, escribió Juan Pablo Orígenes, de camino a la frontera. El suicidio debería ser el único crimen posible; la eutanasia, la única complicidad.

Esa noche íbamos caminando sin rumbo por las calles recién tocadas por la llovizna. Era una noche sin esperanza, y sin esperanza no hay misterio. Pero si es verdad que el misterio es el refugio de la indolencia, como escribió Rossi, entonces nosotros íbamos sin esperanza y sin pena alguna por no tener a nadie esperándonos en algún lugar, sin pena por haber perdido a todos los que una vez nos esperaron, dijo Strogowski, sin pena de estar completamente solos todos nosotros. Cuando la llovizna se convirtió de pronto en tormenta, como si estuviéramos en el Trópico lejano, como si estuviéramos soñando y el sueño nos llevara de vuelta a aquel punto donde la selva y el desierto se encuentran en la frontera de algunas lluvias torrenciales, de algunas sequías llenas de polvo y huesos, en el vértice ocular de los huracanes y donde los ríos secos quitan toda la sed del mundo, atravesamos casi corriendo el umbral dibujado bajo un luminoso letrero amarillo con letras rojas de tipografía manuscrita. Dentro, de pronto más oscurecido todo, vimos que en unos pocos metros cuadrados había una barra, un enorme espejo, algunas cuantas butacas de algún viejo teatro abandonado (alguien dijo que se parecían a las butacas del viejo Teatro de Apolo, incendiado hace años) y, al fondo, algunas cuantas mesas, todas diferentes, y ninguna silla se repetía. Más adentro, pero apenas había que dar unos pasos para llegar, estaba la cocina, algunos cuantos clientes, el eco de una música desconocida. Poco más había en el lugar. Sería sólo hasta que nos sentamos y prestamos atención real al sitio, que vimos en las repisas, en los muros, en cualquier superficie que lo permitiera, en algún dintel improvisado aquí y allá como muescas en las paredes, en ménsulas abruptas como cimas de pequeñísimos acantilados, en nichos arrancados al antiguo yeso, una extraña disposición abigarrada de numerosas cabezas de muñecas. Sólo cabezas: avejentadas y sucias, desprendidas del cuerpo, lejos seguramente del cuerpo, cabezas de distintos tamaños, algunas con pelo, otras con la melena arrancada: una y otra vez cabezas sin cuerpo por todos lados, con los ojos abiertos o sin ojos, como un cementerio de la infancia y de todo aquello que es irrecuperable: un santuario de la decapitación.

Madame Jazmine, así se llamaba el sitio, era una prostituta que vivió en el Barrio del Raval a principios del siglo xx. Cuenta la leyenda que su cuerpo siempre tenía aroma de flores, que su belleza era cautivadora, que empezó a los quince años y que llegó a dirigir un prostíbulo tiempo después; que tenía los ojos verdes y la piel morena, que soñaba con la princesa Scheherezade (preludio acaso de un ala de su destino), que empezó a leer los arcanos del Tarot porque siempre tuvo miedo del futuro, que dormía sola, en la habitación del último piso, y que amó a un poeta, a un boticario coleccionista de fósiles y a un pintor vanguardista, en ese orden, casi por partes iguales. Creo que en aquel momento todos pensamos en la historia de Alba Urrutia, contada en algún otro libro, aquella prostituta bruja que desapareció un día, sin dejar rastro, y que se parecía tanto a Ximena Ríos, la famosa cantante, quien también desapareció semanas después del último gran desborde del Arroyo de los Perros.

Era verano cuando el hijo de Madame Jazmine desapareció. Ella se despertó, poco antes de las primeras luces del amanecer, con un suspiro que no le cabía en la garganta. Supo leer, en las últimas estrellas, como sólo las madres lo saben hacer, que aquel hijo suyo le iba a partir el corazón.

La ausencia dura siempre, decía Gil Paz, pero las incógnitas alrededor de una ausencia pueden tener fin si se averiguan los motivos de la marcha, del viaje o de la desaparición: el arma de los regímenes políticos es la conjugación eterna de la ausencia y la ignorancia: no saber a dónde se llevan a los desaparecidos tiene un doble carácter de arma represiva: no será posible erigir un santuario en su memoria mientras sus cuerpos no aparezcan (acaso porque nos negamos a su muerte definitiva, y les otorgamos una suerte de suspensión vital que se cerraría si un día les levantamos un monumento), y entonces la condición humana nos orilla a buscarlos y descuidar, porque la tristeza y el amor son tan grandes, la lucha que los llevó a la muerte; y porque si la incógnita persiste, si no hay respuestas, siempre puede humillarse públicamente a los ausentes acusándolos de renunciación, abandono, cobardía o complicidad criminal, escribió Gil Paz, así piensan Ellos, los que se los llevan, los que nos arrebatan a los nuestros.

Durante los dos o tres días que duró la ausencia del hijo de Madame Jazmine, se dijo que había huido con una muchacha joven recién llegada al burdel; se dijo que estaba escondiéndose en una casa que su madre tenía en la costa, porque los acreedores lo buscaban; se dijo que estaba en una clínica, rehabilitándose de una adicción a los ansiolíticos; se dijo que había conseguido cobrar esa herencia del padre desconocido, y que se marchó al extranjero; se dijo que no había que preocuparse, que de vez en cuando se enzarzaba en juergas que duraban días o semanas, que ya aparecería. Se dijeron tantas cosas y había tantas respuestas que al final todas y ninguna parecían posibles, pero Madame Jazmine no dijo nada. Una mañana, entonces, al tercer día, el cuerpo de aquel muchacho apareció en los lindes de la casa de su madre, abandonado quizá durante la noche, decapitado.

Finalmente, la madre, enloquecida por la muerte del hijo y la forma de la muerte del hijo, y por haberlo visto ella misma ahí tirado en la calle, y por tener que enterrarlo así, incompleto, sin la cabeza que nunca aparecería, empezó a deambular por las calles de la ciudad y se sentaba, dicen, en una banca en la Rambla de las Flores, cada tarde y hasta bien entrada la noche, o hasta que el llanto era tal que un par de gendarmes venían a llevarla de vuelta a su casa porque asustaba los turistas, acunando entre los brazos un muñeco sin cabeza, preguntando si alguien había visto por ahí una cabeza sin cuerpo. Todas las ciudades tienen sus fantasmas vivos.

Desde la cabeza de Juan Bautista, entregada a Salomé; o la de Holofernes, decapitado por Judith; o la de Agostino Tassi decapitado por Artemisa Gentileschi en la pesadilla de una pintura del siglo xvii; hasta la cabeza de Santo Tomás Moro, que rodaría antes que la cabeza de Ana Bolena; o la cabeza de Goliath luego de la batalla con David; la cabeza de Charlotte Corday después de la muerte de Marat, y la de Robespierre, mordiendo el aire, y la de María Antonieta, pidiendo perdón al verdugo por haberle dado un pisotón, o la de María Estuardo, que no vio a la multitud enardecida gritando hasta la ronquera; hasta las cabezas de las tresmil esposas del sultán; o la cabeza de Lavoisier, que parpadeó veinte segundos después del corte para que sus alumnos pudieran verificar hasta dónde llegaba la conciencia de la cabeza separada del cuerpo, y todas ellas, con sus nombres propios, recortadas también en las fotografías impresas en enciclopedias y diccionarios de personajes, todas ellas, como las cabezas reducidas de Míster Taylor, estaban ahí, desprendidas del cuerpo, en el lugar que hoy, después de tantos años, se llama Madame Jazmine. Nosotros, dijo Strogowski, pensamos en las cabezas enjauladas que se colgaban de los árboles para amedrentar a los rebeldes: cabezas como pájaros enjaulados y, aunque no parecía lógico, alguien contó que la idea de explicar la locura como tener pájaros en la cabeza viene de aquellos castigos: la rebeldía era la locura, la rebeldía conducirá, pues, a tener pájaros morando en la cabeza pendiente del ramaje y las raíces aéreas. En la guerra de independencia, dijo otro, los insurgentes capturados en la batalla eran decapitados y las cabezas se exponían en jaulas y picas en lo alto de las torres de vigilancia, en los fuertes, en los puentes y en los caminos. Nosotros, hoy, dijo Strogowski, seguimos acunando en los brazos un cuerpo sin cabeza: el País. La cabeza sigue sin aparecer.

No soy sino un cadáver sin nombre, leyó Gil Paz. El animal decapitado vive un tiempo, correteando enloquecido por el desierto, quemándose las patas sin de verdad sentirlo, regando su sangre en la arena y las piedras mientras la cabeza, tirada en el suelo, parpadea viendo a su cuerpo que se aleja y que cae, por allá a unos metros, agotado de una rebeldía imposible. La muerte plantea una pregunta sin respuesta. La desaparición ofrece la herida de lo especulado, de lo posible, de la posibilidad de lo que antes creímos imposible. La ausencia establece una deuda con el tiempo. La amputación, la decapitación, anulan la constante de una búsqueda sin fin, decía Gil Paz, nadie buscará la cabeza porque temen de su gesto último, de su última mirada de dolor y pena.

Por eso, dice Gil Paz, sólo puede torturar quien ha resistido la tortura: el profundo cerebro del reptil, herido en su misma gestación, está listo para morir matando. Y mientras yo caminaba por las calles de aquel Trópico, línea imaginaria alrededor de la garganta, pensaba en el Madame Jazmine, en las cabezas de aquellas muñecas que abarrotaban el lugar, escrito su nombre, el nombre de este País, con letras rojas de sangre iluminadas, y pensaba en las palabras de Gil Paz, que iba diciendo que antes en aquellos tiempos al animal le bastaba con la desaparición, con la incógnita que siembra el desasosiego en el corazón de los que buscan al desaparecido, Pero hoy el miedo tiene más detalles, ya no es un discurso escrito, ya no es un cuerpo oculto, su síntesis es más precisa: no basta con la ausencia, decía, ya la zozobra de la duda no es una herida útil porque conduce a la indignación y la indignación es un motor vital, una intensidad móvil: lo que esa violencia busca es el estatismo mediante la imagen, la paralización de la voluntad al ofrecer la consecuencia y no la duda, la definición y no la posibilidad del regreso: una imposibilidad de reacción porque la reacción exige como condición necesaria primera el poder asumir lo que sucede, y ¿quién es capaz de asumir una violencia como ésta?, decía Gil Paz, ¿quién tiene fuerzas así para alzar la voz indignada? Por ahora estamos sentados en la calle, todos, al borde del precipicio, acunando entre los brazos un cuerpo sin cabeza: hoy sabemos lo que pasa con los desaparecidos.

Como en el Madame Jazmine, en el País hay un altar de cabezas mirándonos desde los caminos, desde todos los puentes, colgantes como higos ennegrecidos y maduros, desde las milpas y los matorrales, desde los ríos espumosos y espesos llenos de peces adormecidos por el vapor de la sangre, desde las astas abanderadas con el pelo ondeando al viento, desde el espejo de los mares, desde la bahía flotando como boyas que marcan la distancia más lejana, desde lo alto de los árboles, como frutas rebosantes de un jugo y una pulpa que riegan la tierra. Las cabezas nos vigilan, pero no es ésa su función: su función es que seamos nosotros los que atentos a su mirada no apartemos de ellas nuestros ojos. Son ellas las que dicen, con sus bocas podridas de pescado, Mírame, no te olvides del futuro.

La estadística, dijo Gil Paz, es una forma de la antigua profecía: es la profecía de la modernidad: en la estadística reside hoy la previsión de nuestros posibles futuros. Para establecer una estadística es preciso eliminar las peculiaridades de cada caso, deslindarlo de su individuación: dotarle de un formato estándar que lo iguale a un esquema previamente establecido en el que pueda encajar, y que su esencia termine de borrarse en la multitud sin cara, en el bulto sin cabeza. Una muerte se borra con otra muerte. Cien muertes se borran con sesentamil. La memoria, sin embargo, la mirada de los que nos han robado, no se borra con nada, escribió Gil Paz. Ahora, lo que Ellos no esperaban es que todos los cuerpos que deambulan por el País buscando su cabeza se han encontrado: los desaparecidos vuelven desde sus miedos, los descabezados respiran por la garganta rota, los que esperamos, lo que buscamos entre la desesperanza, los que ya no esperábamos nada, los que no podíamos dormir, los que no podíamos volver, los que luchan por nunca irse, todos, ahora, también estamos despiertos. Esta mañana empieza un viaje diferente: el futuro ya no estará escrito. Ahora todos estamos Enfermos. Ahora el libro y el viaje se encuentran, salen a la calle y ya no ofrecerán paciencia. No hay mejilla que valga. No hay silencio ni bruma. El viaje nos ha encontrado. Lo imaginado ahora cobra forma.