De ‘Hialurgia’

III

Todo emigra y se detiene.
El ojo se vuelve contemplación estática
desplegándose en los exilios de la mente.

Dolor que se deshoja apenas
como un silencio sin memoria.

Elidir de las cosas que se han perdido,
calladas demasiado tiempo
como piedras.

Ensaya la lluvia en el suelo
un rompecabezas muerto:
el crujir seco del otoño sobre la piel,
las estaciones que cambian de color como semáforos.

Nubes cancerígenas deshojándose.
Hialurgia arreciando como plaga
en las abiertas fauces del tiempo.

Un cascar undosamente martillea
la tertulia del invierno.

En una combustión sin imagen
el silencio se posa como otra ciudad.

La naturaleza busca perpetuarse en el acto,
pare sus metáforas, despliega en caras enconadas
la heterogénea sinergia que repite el amor
hasta crear universos.

 

IV

Ojo y lluvia,
uno convierte al otro.
En un ruego interior,
en las liturgias de la sangre,
las fotografías son espejos muertos.
Mientras se emborracha el tiempo
la ciudad cae a pedazos.
En un acto aparece la expansión,
relatividad que crece como pulpo
vertiginosamente en la sangre.
Peces diminutos se revientan en la piel,
mientras los niños juegan
y marca la lluvia en sus ojos
un camino sin retorno.
—Sé que el temor al tiempo es algo natural,
que nada de amigable hay en esta agua
que transcurre su temporada fugaz—.

 

(Fragmentos del poema Dime qué somos donde las estaciones se ensamblan, editado por el Ayuntamiento de Culiacán, Sinaloa, México, en 2014. Publicados con la autorización del autor)