De la nostalgia

En el volumen 4 del Boletín de medicina, cirugía y farmacia, publicado por la Sociedad Médica Oficial de Socorros Mutuos en 1838, se define la nostalgia como una enfermedad, un conjunto de síntomas a los que son propensos los marineros. Pero no se manifiesta en todos por igual: aquellos navegantes que se criaron mecidos por las olas, arrullados por el rompiente y que mojaron sus manitas infantiles en la espuma, sienten la necesidad imperiosa de viajar, de dejarse llevar por la corriente marina. En cambio, los hombres que se han visto obligados a ejercer de marinos durante varios años por necesidades económicas echan de menos la placidez de sus trabajos en el campo, sus aldeas, sus familias: el mareo, los vértigos, las cefaleas y los vómitos son dueños de su cuerpo, y la nostalgia, de su voluntad. También sufren de nostalgia los estudiantes que están lejos de sus familias, y aún más los refugiados políticos y los emigrantes en general. Un caso extremo de nostalgia lo padecen los soldados movilizados para ir al frente, que además tienen sobre ellos la espada de Damocles del riesgo de lesión o de muerte en el campo de batalla.

Rafael Alberti dedicó su libro Marinero en tierra (1925) al dolor que sentía por la añoranza de su Puerto de Santa María -el pueblo gaditano donde nació y vivió una infancia junto al mar- mientras estaba en una localidad de la sierra segoviana convaleciente de una enfermedad respiratoria.

Si mi voz muriera en tierra
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera.

La nostalgia, del griego clásico νόστος (regreso) y ἄλγος (dolor), es un sentimiento que puede experimentar cualquier ser humano en cualquier etapa de su vida y se describe como la añoranza de un momento, situación o acontecimiento pasado. Es, como su etimología indica, un dolor, el del que echa de menos un estado, una edad, una condición vital o a unas personas; incluso se puede llegar a echar en falta un miembro de nuestro cuerpo que ya no se tiene, no tanto por su obvia utilidad como por la sensación de pérdida, de algo que era propio y que jamás se recuperará. Es la sensación de encontrarse emocionalmente incompleto: el manco necesita su brazo y puede sentir nostalgia de él incluso si ya ha nacido sin ese brazo.

Cuando era adolescente, tenía la fantasía de haber querido vivir en los años 60. Llegué a sentir una cierta nostalgia de esa época, la cual yo sólo conocía por fotografías, películas y documentales y, cómo no, por el blues y el rock and roll. Al llegar a la universidad, en los 80, añoraba no haber podido vivir una etapa como la de mayo del 68 francés. Mi facultad de letras me parecía un lugar de lo más burgués y anodino. Lo más bohemio que allí encontré eran el bar y las salas de estudio, en donde aún se permitía fumar.

En el fondo, también concibo la nostalgia como una dolencia, no sé si como una enfermedad, pero sí como algo que te paraliza unos instantes o unas horas, o días, según el caso. Es algo que te impide disfrutar de los placeres de la vida con normalidad. La nostalgia se puede relacionar con la angustia, si bien no llega a afectar de igual manera a quien la padece. A mí me resulta preocupante, a veces hasta angustioso, el progresivo deterioro de nuestro planeta. Cada verano intentamos llevar a nuestros hijos a conocer algún espacio natural destacado de España o de países europeos de nuestro entorno. Me resulta inevitable pensar, ante la contemplación de un hermoso paisaje, que será la última vez que lo veamos todos juntos así. La nostalgia, que se llega a convertir en algo angustioso, es doble: nunca más volveré a estar con estos niños porque, si volvemos al cabo de unos años, ya serán adolescentes o adultos jóvenes; me trae a la memoria la antigua teoría de Heráclito y las aguas que no volverán a ser las mismas. El río habrá cambiado y también los bañistas. Es la nostalgia por algo irrecuperable: la infancia, ese paraíso perdido de Milton, y la inefable belleza natural de nuestro mundo.

Un lugar al que siempre he querido viajar es la Costa da Morte en A Coruña. Cuando el Prestige la inundó de toneladas de chapapote, la nostalgia del viaje que no había hecho era muy dolorosa. Y fue lacerante ver esa costa y esos pájaros ebrios de alquitrán, languideciendo mientras unos extraños extraterrestres enfundados en máscaras y monos blancos pringados de cabeza a pies se dejaban la piel y la gente en la calle entonaba el «Nunca mais».

Llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera
y nombradla capitana
de un blanco bajel de guerra.

Esa voz de Alberti es de niño, porque sólo un militar, un loco o un niño perciben el bajel de guerra como algo hermoso. Los niños ven belleza en lugares u objetos insospechados, igual que sienten miedo de cosas que a nosotros nos parecen ridículas. Y la infancia, como la pequeña patria, es el mayor anclaje de la nostalgia. Cuando mis hijos duermen, sobre todo la última noche de las vacaciones de verano o de Navidad, la nostalgia está servida: les arropo sin que lo sepan, les acaricio el pelo y me torturo, sin quererlo, contando los años, las efemérides sin cumplir que nos quedan de su niñez. Porque no estoy añorando mi niñez, sino la suya, y siento angustia por los ratos en que no hemos podido jugar, por las excursiones que no hemos realizado y por los planes que no hemos llevado a cabo. Toco la ficha de las camas elásticas que se quedó sin usar, en el fondo de mi monedero. Tal vez algún día volvamos a esa feria de Asturias y localicemos a la señora de la caseta de los cochecitos. Pero Biel será demasiado mayor para querer subirse y me mirará con desaprobación, y a mí se me pondrá un nudo en la garganta. Como ahora. Oigo el sonido de las olas del mar de mi infancia, veo el blanco de la espuma, echo la última mirada a la playa de aquellas vacaciones que quisiera atar y guardar doblada en el bolsillo para cuando el invierno sea largo y duro, porque el mar, en invierno, huele mejor.