Barro: polvo de agua, cadencia develada por el ojo. Harina de sol con aliento, memoria de la ceniza: Hombre.

Ay. Él, que con ojo despierto e iluminado, siente fascinación por el abrasivo de la vida. Con su humanidad encima, el dolor corre fatal por sus vetas, se quiebra en un crujir de hueso, carne, nervio, sangre. Un golpe turbio desemboca en pulso. La nostalgia del carbono retumba por el hueco de su alma, extiende su luz por los sentidos; leñosos, albos, brunos, escarlatas. Viaja de antemano a todo lo que el hombre no es, para abrir el mundo y habitarlo en todas sus grietas o en ninguna.

Desciende a la madre ineludible, pega el oído y escucha su vaho de polvo: le dice que no está solo, arriba se libra la batalla del sílice, helio se derrama, rasga la noche. Que se cuide, que se cuide el hombre de saber la alquimia que ha de permitirle la belleza del acero, para descansar ahí su blanda humanidad, para revestir lo frágil de este mundo.

Sí, sí, mi antepasado, que descubre el vértigo en la redondez de la gravilla, y aprende a pelar su cáscara, para comer la almendra de la tierra, con imaginación desvela la otra cara de la luna y echa la rueda sobre la geometría; el plano, el cuadro, el punto albo y su extensión: la línea. Así. Sobre paralelas busca el infinito, hasta encontrarse cumbre.

Ah, la impaciencia por alcanzar lejos, lo que está tras la bruma, ilegible, inverosímil allá en el horizonte, de donde llega nomás la luz que hiere: reverbera el eco de su opresión en la pupila, la mirada baja a los pies y al hombre, para no romper los huesos en la piedra, para no ir al hoyo rompiéndose los huesos.
Oh, la urgencia de la ceniza; forma que a todo soplo se hace eternamente otra. El hombre llega exhausto al cementerio, donde flota el eco de la combustión en que queda su nostalgia, consumido hasta la raíz busca la roca madre, y solo atina un halo de luz.
El aura verde rompe el músculo. Del corazón asoma la larva de la muerte. Un soplo purulento sale por la grieta, late nueva la palabra en otros cuerpos, otras voces en la caja de resonancia de la vida, siempre en fuga, hacia el punto ciego.

El alquimista hornea, en el crisol intuye el torrente de la sangre, y bajo la luz del delirio, acopla tiras de hojalata para entubar largamente el aire, el gas, el agua, la vida. Prisionera del cilindro, sometida a fuego de la leña, en su desesperado intento por salir del émbolo, sisea. Aleteo de vapor sobre el pistón, embruja a la mecánica angular de la biela, pacientemente armada, latigazo tajante sobre el cigüeñal de esa sinfónica de hierro. La locomotora percute los caminos de acero. Ahí, el motor, brío de metal, caballo desbocado en la fuerza elástica de su espuela de agua.

¡Ah!, el viento sacude la melena de humo, magnifica la cabeza negra; resopla, dilata sus belfos y quema la gamarra, estremécela piel de la forja, se escucha el golpeteo de casquillos sobre la vía circular, crepitan boñigas de carbón ferviente. Fustigado por la imaginación y el apetito de grandeza del hombre, se salta el redil del potrero rumbo al mineral, codiciado alimento. Penosa carga en la alacena del ténder, Rick Hard en la grupa, absorbe el brillante zumo de la muerte, turbio reflejo apenas se adivina, sobre el rostro de los padres de la máquina. Se estremecen. Huyen de los días de las minas del siglo xviii, el espíritu de la Gran Bretaña monta sonriente y decimonónico sobre su Blucer negra, rumbo a Killingworth y su carbón de roca.

El sonido despierta a los durmientes, resopla entre los rieles, silba, se eleva y cesa, suspende el aire y se repite, truena en el émbolo, engancha la manivela que jala, suelta un track que encadena el fierro, se mueve al compás de su concierto que es tren, fábrica de eco. Cruje lento, esforzado, el brazo de la barra, completa el círculo, ya imparable traquetea hasta ser un ronroneo, bicho de metal, cíclope tragado por la veta. Se mueve pesado, sonámbulo. La bestia despierta en Stockton, eriza su lomo gaseoso a los ojos de la curiosidad; vagón de primera fila, pese a las negras advertencias, de que al vértigo de sus veinte kilómetros por hora, pueden saltar los globos oculares, comprimir pulmones. Y a la llegada a Darlington, florecer vísceras y abortos. Miedo en paquetes ocupa los andenes.

Sol, destello de diamante entre los poros, sobre el afán relumbra el movimiento, curtido por la sal, queda a vivir en obrero de la vía.
Savia de luz humedece la retina, el rielero eleva el zapapico y el cielo se derrama sobre su desnudo torso. El golpe del martinete se ahoga en la ciénaga; armón a vuelta de rueda, trecho a trecho cubre la piel palúdica del pantano.
Ya corre el acorazado de metal, carga incansable los sueños de hombre, que empieza a no parecerse a sí, perdida la noción de la distancia, desentendido del tiempo, sin freno a la mano, abandona al que cae, busca delirante la felicidad en la algarabía de la metrópoli, anhela ser detenido por la bulla, débil es su eco cuando llega a la estación final, una sombra vacila. Desea llenarse a la luz de los mecheros, por donde acecha, entre las flamas, el halo insomne de la muerte.

El eco del silbato sacude el monte, recorre lomas, penetra los barbechos, se aplana en herbajes, atora resonancia en la arboleda. Una serpiente bordea entre linderos de piedra, llega como un suave tintineo al arrabal. Es el sonido del dinero. El último murmullo se acurruca, duerme provisional entre papeles, estudios, levantamientos, futuras concesiones.
En el ancho territorio el tiempo detenido acumula rompe acelera. En alguna parte de la piel se descubre se tantea se estudia. Barretas penetran como bisturís. Comprimiendo el territorio, cautela en mapas pone precio desde el catecismo de los números. Se calcula la compra, la expropiación, el robo. Un viento desconocido inicia la causa extraña.

Cuadrillas de hombrecitos barren cerros, caminan sobre ríos. Hinchadas las orejas entre los enjambres palúdicos del cieno; otra vez la lucha contra el abandono de la muerte, contra el péndulo de la temperatura. La vida se juega entre su palpitar oscilante. Aplastado por el hexágono macizo de la barra, el rielero yace en el fondo del pantano. Ahora sí: señoras y señores –de pie sobre un durmiente en algún punto de este páramo–, declaro inaugurada la punta de la vida. ¡Vengan las planchas, los rieles y los clavos, que ya nos duele el tiempo y la pachorra, el hartazgo de inmensidad, la miseria arañándonos la espalda.

Piara de cerdos: un empedrado de antera rosa navega sobre el camino real. Atrás, las mulas cargan el bastimento. Paraderos de corrales engarzados al camino por entre los llanos y las montañas, dan mantenimiento al jamón y la manteca, antes de descender a los rastros de la Compañía del Jesús Mío en la ciudad. ¡Alabado sea el Señor que creo estos boludos seres de nalgas jamonosas, para mantener rozagantes y cachetones a Vuestros Obispos!
¡Benditos sean los cerdos, embajadores de la basura y de la mierda coleccionistas de la cisticercosis, distribuidores del tomatillo! Barrenos de los solares, con su abocinada trompa nos hacen el barbecho en su frenética búsqueda de lodo. Estos son primos de los rechonchos atrincherados en la hacienda. No importa si no están gordos: lo estarán cuando sean corachas repletas de aguamiel.

Las servilletas se lucen jardín sobre el armón, la flor de las tortillas riega su fragancia, hojas bordean la tela. Habas en salsa, entre el ojo del fuego hierven como una pupila inquieta. Remanso la hora del almuerzo, oasis el pulque, su savia mece al ferrocarrilero. El rayo inminente del silbato hiere el cerebro, salvar las herramientas de la línea es el guiño utilitario de la muerte. El golpe colorea de rojo el reverso de la vida. Pingajos cuelgan de los huesos triturados, el paliacate y el sombrero ya sin dueño, la cuota al drama del progreso. Los muertos del pueblo a los que se lleva el tren, pero se quedan para siempre, habitan las cruces del camino: Saturnino, Indalacio, Donanciano. Aire, murmullo, oscuridad para el ánima.

La nieve: percibo la escarcha, su gélido olor me produce un sentido de orfandad, e imagino que su blancura es como la del tapete de mi casa en Cracovia: el peluche nace en el rabo del ojo, calienta mi mejilla mientras veo la llanura que se corta por el machetazo de luz en la ventana. Aquí no puedo ni sentarme. Los ensambles de la madera en las paredes del vagón son surcos de tortura: trampas que simulan el paso del aire mientras uno se pone violeta… «Entre lo blanco cuadrillas de hombres ondean el escoplo, a pulmón en inteligencia salvan los abismos con los puentes, hoyan la distancia con el túnel, ¡Hail!»… Alguien, ya vencido, clava su hombro en mis costillas, la única ventana del vagón, me regala, allá lejos, pequeños rombos de cielo. Da pánico sentir cómo el organismo abandona mi alma, pero los demás cuerpos me mantienen arriba. Del piso emana una neblina amarilla. Todos estamos unidos por el infortunio… «Dedicado el ferroviario, atiende el camino sobre el frío, en él avanza, como una pesadilla, neurótica y seseante, esta máquina de muerte: Reichsbahn, ¡Hail!»… Se respira un aire extraño, al fin podré sentarme en Auschwitz, ya siento el viento cálido y su rumor industrioso.