Recordar es convertirse en un pez dentro de una pecera; aunque ésta siempre sea igual, sumergido das vueltas en el mismo sitio mientras la vida ocurre alrededor. Así el pasado se acumula y aunque la pecera nunca crece, nosotros seguimos nadando indiferentes al mar, hasta que un día la pecera se desborda y morimos de realidad.

 

Falso es que el tiempo lo cura todo. Mil años no sanan la herida que no tuvo los cuidados adecuados. El tiempo lo cicatriza todo: ésta es una aseveración más justa, más realista. Pero, ¿qué es una cicatriz sino una pérdida de continuidad del material con el que estamos tejidos? ¿Es acaso una cicatriz otra cosa que una alteración de nuestro organismo? No lo es, y, por lo tanto, nada que cicatriza está curado, sólo perdido entre el endurecimiento y/u obscurecimiento de nuestro material primordial. Curarse significa liberarse de toda marca y uno sólo cura olvidándose del tiempo y concentrándose en la vida.

 

Esto es lo que pasa con muchos amores: se equivocan. Los amantes lo saben, los amados también, pero nadie hace nada, y al final, el amor se convierte en veneno y el veneno en recuerdos y los recuerdos en lamentos y los lamentos en fantasías. Si yo te quiero pero sólo te fantaseo, si yo te odio y te deseo, si yo me alejo y me quedo contigo, estamos haciendo el amor por adicción: tú eres mi heroína y yo soy la vena por la que corres para llenarla de vida y entonces existir, pero no somos, ni de cerca, amantes, sino drogadictos, y los drogadictos matan como el amor no lo hace: a sangre fría y sin compasión.

 

De todo se recupera uno. Lo digo de verdad, de todo se recupera. Desde el golpe más quedo hasta la laceración más profunda. Y no sé; no sé exactamente de dónde proviene esa fuerza regeneradora —podría ser del ego, podría ser de la ignorancia o tal vez tan sólo de la falta de vocación para ser mártir. No sé yo de dónde, cómo o para qué se pone uno de pie luego de sangrar de rodillas, no lo sé, pero sé que uno lo hace, como igualmente sé que, menos, más o igual de desgraciado, uno se hace también más fuerte, más valiente, menos ingenuo, y en general, se aleja de lo etéreo —y me gustaría aquí decir “del cielo”. Pues uno no ve la tierra como tierra, como minerales y polvo, como plantas e insectos, hasta que no tiene que voltear a valorar su propio sangrado, porque nada más a partir del abismo se planta uno en su naturaleza. 

 

El tiempo, ¿cómo te lo digo?, no olvida. De todos los seres que conocerás a lo largo de tu vida, el tiempo es el más vengativo, cruel y resentido, pero sobretodo, y esto es sumamente letal, el más paciente.

 

Cuando un río inhóspito se llena de piedras, muere o se convierte en lago. Pero si alguien lo ve cambiar ya no será ni lago ni río: su estado será confuso y aún sin morir estará muerto. La vida es así: se suele asesinar lo que la mente no consigue clasificar.

 

Hay días que no pesan, que se liberan en el manantial del tiempo como un pez sencillo, gris o azul, con escamas corrientes y boqueos constantes. Yo miro esos días en su recinto líquido y los aplaudo. Pero luego están esos otros días, esos peces dorados y gordos que te muerden los dedos de los pies cuando los quieres remojar en las aguas del recuerdo; son esos peces pesados los que dan coletazos y te mojan los cachetes y te salpican la boca con agua amarga. A esos dorados días, que quise más que ningún otro en mi vida, no los aplaudo, sólo los miro pasar, esperando a que algún día me inviten a beber de sus aguas nuevamente.

 

Encuentro divertida esta edad en que uno piensa que no es el autor de sus poemas, temblores ni deficiencias. Esta edad, entre los veinte y  —espero— los treinta, donde todo parece estar influenciado por el clima, el amor y el desamor, sin que ningún otro vector venga a significar nada al cuerpo. Me fascina la fascinación que sentimos por el sexo entre los otros, el amor de nosotros y la rabia hacia todo. Estoy gratamente escandalizada por las deficiencias de sentido común y por los rebeldes asaltos de fanatismo aficionado. Me gusta esta década, o el inicio, al menos, de ella. Me gusta creer que la entiendo y aún así no entender cómo la vengo sobreviniendo. Pero sobretodo, lo que más me conmueve, es la tonta manía de ignorar la resignación y juzgar al resignado. Si yo tuviera que dar un título a este capítulo, no llevaría nombre sino cita e iría en letras grises e ilegibles a cada pie de página, para que lo pudiera leer aguerridamente sólo aquél que caiga y tenga todavía las ganas de levantar la cara. Mi pie de página, de cada página, diría: anda, que mañana mueres.  

 

Hay cosas que se consiguen poco a poco, por ejemplo la sanación o el tiempo que toma en convertirse la condensación en lluvia; y así se explica fácilmente a qué me refiero cuando digo que hay cosas que se consiguen poco a poco. Uno se rehabilita no de un golpe, no con una idea o por un amor, uno se levanta porque ya se está ahogando en el charco de su propia miseria. Uno se rehabilita así y sólo de esa manera: jodido y nada más. Y después de llover, de sanar, uno entiende que hay cosas que nada más no pasan, pero que no hay más qué hacer sino ignorarlas, aunque ni de poco en poco uno las olvide. Es esa es la esencia de rehabilitarse.

 

Encuentro un defecto en civilizar al humano: enseguida comienza a fingir ser gente.

 

Todos los poemas debieran empezar con un dolor profundo, de esta manera no perderíamos el tiempo leyendo de sentimentalismos absurdos y fútiles. Todos los poemas deberían empezar de esta forma: como una cachetada en el rostro, como una mordida en la mano que acaricia, como un beso rechazado, como un viento salino que lame la herida. Con embargo (amplio embargo) no pasa así, y los poemas en su mayoría comienzan de igual manera que un amor: llenos de falso idealismo. Socavando y sobajando el precio de un corazón, los malos poetas ofrecen lo mismo que los malos amantes: lágrimas frías e impulsos vacíos.

 

Lo que me impresionaría sería encontrar a alguien que tuviera imaginación para equivocarse.

 

El deseo del hombre de regresar al paraíso no es nada más que la nostalgia de volver al tiempo cuando todavía no lo era.

 

El tiempo es un engaño. No hay tiempo ni días ni minutos. No hay tiempo atrás o adelante; está sólo la existencia, que es toda la misma, pero que nos recuerda la vida cuando hacemos algo que valga la pena recordar. Y esa es la verdadera medida para contar nuestros pasos por el mundo, los recuerdos difuminados en el pasado, otorgando un matiz de relevancia a la incógnita de nuestra existencia. Ni la vida ni el tiempo tienen utilidad alguna; son esos precisos ojos, aquella justa mañana y ese exacto sol los que nos salvarán del fuego eterno. Nada más.