De Tiempo en vuelo

HE VUELTO A RECOGER LAS FLORES SECAS,
la piel negra de olvido de una fruta
que después de morder tímidamente
el verano tiró por el camino.
Así como la vida deja un rastro
de estaciones, como la estela
de cuerpos insepultos
que sigue a un general en retirada,
yo abandoné estos pastos crecidos a mi sombra
aquí y allá, como hongos en la página
que puso amarillenta la pátina del tiempo,
cansado de estar bajo la lluvia
y el musgo que desplaza sus ejércitos
de siglos, sentado como un ídolo
que fue primero un hombre
viendo cómo se abrían paso
las grietas en el techo y en los rostros,
y que a fuerza de mirar al pasado
un día despertó sal, austera piedra,
los ojos huérfanos como los clavos
donde colgó un retrato
y esa mirada asida por el mármol
en plena postración ante la sangre
como tienen algunas esculturas.
Pero volví. Porque era necesario
decir estas palabras, porque nunca
escuché a nadie hablar de tu cabello
que ondula como el trigo castigado,
porque he visto con qué sabiduría
tus muslos y tus pechos cobran forma
en los calientes hornos de la edad,
y por tus ojos, donde muy temprano
el sol regresa intacto de la muerte.

TODA CAMA VACÍA ES UNA ÍTACA.
Habrá de volver quien la ocupaba,
pensamos ya sentados en el borde.
Es la cama de alguien, nos decimos,
y aguzamos el oído por si ladra un perro,
presas se un temor inmemorial
a los porqueros y los osos.

Pero eso no sucede
en esta cama de hospital,
este ataúd sin cuerpo
que alguien cubrió por la mañana
con la conciencia incrédula del mago
que oculta a las miradas
su cofre de la muerte.
Quizá para evitar el susto
a los que llegan,
para que nadie piense
en quien dejó la vida
justo donde ahora otro combate
contra el dolor o la agonía,
los hospitales cubren las camillas
con la bandera de un héroe
extraviado en lejanos mares
de donde no podrá volver;
y las paredes, camilleros,
cirujanos, cubrebocas, los ojos
de algunas enfermeras,
la yerbabuena incluso,
suya frescura asciende del jardín,
el horizonte antes del alba, todo
adquiere la verdura de lo eterno.

*

 

a Gerardo y Marilú

LAYLA NACIO CÁNCER, EN EL PENÚLTIMO DÍA DE JUNIO,
cuando el primer ciclón del año amenazaba
las costas de Tampico

y en las calles se evacuaba de emergencia
a los desprotegidos.
La esperábamos después, pero llegó
al peso adecuado una semana antes del parto,
como las frutas que no pueden esperar
y se caen a las primeras lluvias,
ansiosas por sentir contra su piel
el barro pegajoso de la vida.
Así nos la entregaron –lo digo a la distancia,
pues nos separaba un país bárbaro
para el que nosotros tampoco estábamos
ni de lejos preparados–, cubierta
de un lodo de otro mundo,
del que llegó para quedarse en éste
y olvidar
la verdadera calma.

No abrió los ojos en todo el día,
no se atrevió. Decidió mejor mirar
hacia dentro de sí misma.
Pero va a abrirlos. Pronto.
Se abrirán como dos flores pequeñas
en la noche, cuando no la vean,
cuando el sueño y la luz sean
únicamente para ella.

¿Cómo explicarte
lo que verás? Acaso ocurrirá muy rápido,
como en un obturador
en que la luz entra de golpe
y deja en el camino una imagen muy borrosa
que se aclara lentamente
y cede al empuje de las demás.
Como entra la vida al cuerpo. Como entró el aire
que echó a andar tus pulmones
con un olor a sándalo y a lluvia,
y ese olor es uno de los mejores
olores de este mundo, ya verás.
Te sentarás un día frente a una ventana
a ver llover, sin saber a ciencia cierta
que recuerdas este día nublado,
y sentirás la lengua de la lluvia
como la de un perro que se acerca a ti con
mansedumbre
y te lame amorosamente el brazo
y sigue su camino.
* De Tiempo en vuelo