Era un París habitado por nadie más que Oliveira y ella, o eso parecía. Pudo ser otra la trama, pudieron existir otros capítulos –no hechos– si Lucía no hubiera huido en busca de Rocamadour, que se fue para siempre. Cada vez es una lectura diferente: volver a la Rayuela es encontrarse con otro de esos tantos libros que Cortázar avisó en la guía de su biblia particular (y tres estrellitas que equivalen a la palabra FIN). ¿Cuál es el misterio que se cuece entre las páginas numeradas como si fuera un juego? La ausencia. No. La presencia. Tampoco. Las dos que se vuelven una y la misma cosa, pero eso es tema para más adelante. Rayuela es un juego, sí, pero es el más serio de todos, pues es jugando como el ser humano es plenamente eso: humano; y lo es sólo cuando consigue de verdad jugar (la idea es de Schiller). Jugar en todo y comprobar que, al final, mientras más amor recibe, más egoísta, más ignorante se vuelve el hombre: regresa a su infancia, a la crueldad de los niños. Oliveira fue amado con esa entrega que sólo las mujeres entienden y que no saben explicar. Luego son traicionadas, y por eso Lucía tenía que irse.

En Rayuela hay dos fugas: primero, una mujer que escapa, que desaparece huyendo del equívoco del amor a un hombre; segundo, un hombre que corre en dos direcciones opuestas: Horacio es como un animal que deambula por las calles, de madrugada: huye del recuerdo de Lucía y al mismo tiempo la busca. Recibió la más dura lección: que en lo que se fue, en lo que ya no se tiene, vive el mayor arrepentimiento, el continuo pensamiento acusador: no te di tantas cosas y ahora es tarde.  Y no hay nada peor que demasiado tarde, dice Bukowski. Oliveira, obsesionado con tanta filosofía, amaba más de lo que nunca entendió, y era éste su problema: que tanto entender lo cegaba. Es la historia del ilustrado frente al romántico: tanta ciencia y tanta cirugía helada del pensamiento le robaron al corazón lo más importante: el instinto de adentrarse en el mar, de ir a lo profundo de la noche, a la jungla que está más allá del mero cuerpo de una mujer. De ir a ella entera.

Lucía, a la que no llamo como debo por miedo a que aparezca, era clara y yo no supe verla. «Abría unos ojos preciosos que le cortaban la metafísica a Gregorovius», según nos cuentan. No supe verla, pero la veo en todas partes y en cada una hay una parte de ella. Oliveira es un hombre barbado y caminante que salta de un puente a otro, bailando loco de sombra a sombra en la Cité, tendiendo piolines de colores que son una trampa mortal y una cárcel al mismo tiempo. ¿Se puede habitar en algo así? El amor no es una casa, sino un manicomio.

El libro es en sí mismo un ejemplo de lo lúdico, del salto que nos lleva de un lugar a otro en París, la broma cruel y tierna al mismo tiempo, que Cortázar ideó y en la cual braceaba tan cómodo, como si fuera la pileta del country. Hay en sus páginas repletas de broma un sentido que se intuye y que goza, improvisando, de la calle a la cama; hay algo en todo este revoltijo de pintores que a saber tú si existan, entre tanto autor de nombre impronunciable; entre todo esto hay, inconfundible, algo concreto: ella nunca está ausente aunque no esté.

Tengo una mujer a la que le arde el pelo como una torre, allá a lo lejos. Lo sabemos: siempre estamos hablando de ella, aunque no mencionemos su nombre. Cada acto y cada palabra los harás como si te estuviera mirando, es ahora cuando buscarás su aprobación, aún en la soledad de la cama te recostarás pensando en qué pasaría si entrase por la puerta y te viera ahí, durmiendo. Te acomodas de la manera más propia posible según lo que quieras despertar en caso de que mágicamente venga. Y piensas lo que ella pensará: ahora que he aparecido aquí y estoy entrando a tu habitación, habré de mirarte con los labios entreabiertos y ese gesto de inocente angustia, o de recia concentración, o de abandono sin remedio que tanto me gustó siempre y que no te mencioné nunca para que nunca lo hicieras a propósito, porque si algo amé de ti fue tu naturalidad. Eso pensamos y sabemos que el amor se ha convertido en un artificio, en una locura, en un llamarla sin decirle ven. Y todos lo sabrán aunque no lo sepan. Lucía, lo peor de que te largaras es que no te fuiste. No la llamo como debería, aunque espero verla tras cada puerta.

Rayuela es una mujer suspendida sobre la calle no por tablones, ni siquiera por dos hombres. Acaso por uno que no la alcanza y que igual no la deja ir. La ignorancia de saber dónde está, a dónde fue, la mantiene en vilo. Cortázar fue extensamente sádico en esto, una herida olorosa a tabaco quemado: la incertidumbre que termina en una habitación con las luces apagadas, con una ventana que da al patio de la locura. Hemos hecho el viaje sin notarlo, pero ¿a dónde nos dirigíamos en primer lugar? Horacio tal vez nunca lo sepa, pues lo llevaron a donde no quería. Estará mirando por aquella ventana los malévolos ojos verdes de un loco y los ojos asombrados y tristes de Talita. Y entonces, como tanto, si no todo en la obra, el principio se mezclará con el fin y volveremos a saltar con un pie y con otro, de un capítulo a otro, tal vez al que no se escribió; y estará en la imaginación una mujer que corre por las calles de Buenos Aires, de Estocolmo, de Madrid y de Bagdad; corriendo a veces y a veces detenida en algún piso húmedo para escribir entre el sudor y enviar, presta, otra misiva que nunca llegará pero que será todas las noches insomnio, y en ella una pregunta sin respuesta: ¿encontraría a la Maga?