En los dos últimos años he sido testigo de un curioso espectáculo: la multiplicación de mis canas. Todo comenzó con la extraña aparición de un cabello blanco que se abría paso, no sin esfuerzo, asomando medio cuerpo, entre la enramada de cabellos negros de mi cabeza. Su manera repentina de presentarse, la elegancia de su atuendo, su plateado fulgor y textura me sugirieron, desde el principio, que su propósito era hacerse notar, anunciar la llegada de una nueva etapa y subrayar, por paradójico que parezca, la vida. Me gusta pensar que cada cana es una huella que dejaron las múltiples experiencias, malas o buenas; un premio por haber decidido vivir, amar, sufrir, perder, volver a intentarlo. Las canas son vestigios del tiempo. No una afrenta: una distinción por haber ido y regresado varias veces sin abandonar el recorrido. También quiero creer que las canas son propias de alguien que un día se fue a un largo viaje y, muchos años después, con otro temple, otra mirada, otro caminar, sosegadas las pasiones, volvió con una mochila al hombro cargada de vivencias por compartir; tantas que a su regreso se dijo de él o ella: ha vivido.

Cada mañana, frente al espejo, me parece descubrir una nueva cana. No me molesta, sólo advierto su reproducción. Las canas tienden a ser sociables: no saben estar solas. Normalmente, a la llegada de una siguen otras y otras. El necio que emprenda la tarea de eliminarlas una por una pronto entenderá lo inútil que es su empresa. Como si al despojarnos de una cana brotaran tres más alrededor. Escuché decir a una amiga que su papá, al llegar del trabajo y recostarse, le regalaba un peso por cada cana que encontrara y desterrara de su cabeza. Tenía mucho dinero o pocas canas, lo ignoro, pero a ese ritmo sólo se puede marchar hacia la ruina. El dinero se acaba, las canas no. ¿Por qué decir adiós a las canas, por qué incomodarse con la canicie? “Ponte de pie antes las canas y honra el rostro del anciano”, se puede leer en el Levítico (19, 32). Contrario a lo que se piensa, las canas confieren cierta galanura, seriedad, demandan respeto y pregonan, en algunos casos, sabiduría. A mí me llegaron las canas y me encuentro feliz con ellas; todavía no la vejez, y a la sabiduría he dejado de esperarla (todo indica que esa señora no pasará por mi casa).

En su ensayo “Senilidad y postmodernidad” (La Jornada semanal, 15/01/2012), Fabrizio Andreella reflexiona acerca de lo que implica sobrevivir en un cuerpo anciano acicateado por las fantasías, las imposturas estéticas y los deseos de la actualidad. Para el anciano, las arrugas de su rostro, la blancura de su cabello y la flacidez de sus músculos son prácticamente una delación (que padece como algo intolerable y vergonzoso), un señalamiento de desajuste entre la naturaleza y los valores cuasi religiosos de juventud, perfección y belleza. Nada que la medicina, los cosméticos, los productos milagro y todo tipo de prótesis no pueden remediar u ocultar. La vejez ha dejado de ser sinónimo de sabiduría, experiencia, trayectoria, orgullo; hoy la vejez “se enfrenta con el reto grotesco del performance”. El viejo se siente incómodo consigo mismo, quiere verse y sentirse joven. ¿No debería ser al contrario? “Un cuerpo que relaja los músculos, que cede los cabellos y los dientes, que se despide de las pasiones, que desnuda el alma de su decoración corporal, ¿no es acaso una maravillosa confesión de haber vivido intensamente, sin esconderse a los ojos de los hombres y a la mano del destino?”. Yo creo que sí.

Quienes ocultan sistemáticamente su canicie, como si se avergonzaran, revelan el desagrado que les causa la edad, su desdén por el futuro y un culto a los años ya pasados. En el mundo arrogante de hoy miramos al viejo como un desarraigado del presente, un estorbo en el aquí, en lugar de beber toda su experiencia. En una conversación, en una convivencia, el joven aprende del viejo tanto como éste de aquél. Mientras uno aporta el ímpetu y la pasión, el otro la calma y la historia de su vida. Catón el Mayor, en pluma de Cicerón, expresó: “La carrera de la edad es certera y el camino de la naturaleza, uno solo y, además, sencillo: a cada fase de la vida se le da su propia oportunidad, y así la debilidad de los niños, la arrogancia de los jóvenes, la seriedad de la edad adulta y la madurez de la vejez tienen algo de natural, que debe tomarse a su debido tiempo”. Si en algo han sido sabios los sabios de todos los tiempos es en obedecer a la naturaleza. Recibamos pues, con los brazos abiertos, el advenimiento de las canas.