Más pronto que tarde, el único medio de contacto con casi todas las personas es la mentira: uno miente para asegurar el lazo, para poner a salvo la imagen propia de la nada que lo habita, pues de otro modo, es decir, poniendo por delante la verdad, las relaciones estarían condenadas al fracaso. La mentira, al igual que la prohibición, está en la base de la cultura. Ignoramos que hay mentiras más que porque poseemos un puñado de verdades, algo así como un tribunal del veredicto en nombre del cual desmentimos y conocemos las mentiras. Sin embargo, y porque al creer a ciegas se corre peligro, el reconocimiento expreso de una verdad supone algo más que la existencia de un hecho o una idea incontestada, implica al mismo tiempo interrogación, duda, ruptura con la inmediatez de lo verosímil, el descarte elemental de una posible mentira. Un animal no miente, el hombre sí, y a veces con tal descaro y maestría que habría que incluir el acto de mentir entre las bellas artes. Por eso, soy partidario de conceder al embustero la dignidad que siempre se la ha negado pues nadie podrá objetar que mintiendo se alcanzan grandes e envidiables proezas. Quien alza airoso su figura a base de mentiras ha sabido que detrás de la apariencia no se esconde ningún abismo; supo que el abismo es él y que por tanto no hay caída, puesto que uno es desde que nace un ser caído.

Sucedió hace tiempo; hará unos años. Ella me dijo muchas cosas: me habló de una vida juntos y me vendió la idea de que todo era posible. Yo, ingenuo o más bien ofuscado por la miserable fragosidad de la pasión, en algún momento le creí —y le creí como un niño se cree a punto las palabras de su madre. Pero todo fue una mentira. Al principio, confieso, la idea de escribir sobre la mentira desde el despecho no me convencía, pero después me dio por pensar que una situación como el desamor es privilegiada para hablar de ciertos temas —tal vez porque las palabras saben distinto y se ven cosas que en otro estado no se ven, no lo sé.

Pues bien, dicen algunos que a veces uno miente sin ser consciente de ello. Yo no lo creo. (Tampoco me detendré a hablar sobre la ridícula y a veces hasta nefasta idea de «mentira piadosa»; una mentira es una mentira, y punto). Mentimos sabiendo siempre que lo hacemos. A ella, por ejemplo, a esa chica que pretendió llevar por delante la verdad, también yo le mentí; es más: le mentí sistemáticamente, y ahora, quizás envalentonado por la distancia, por el hecho de saber que no volveré a verla ni muchos menos hablar con ella, digo que lo hice porque creí que así socavaba el secreto convencimiento de que aquello, lo que había nacido entre nosotros, era imposible, y, por lo tanto, de que todo cuanto hiciéremos por estar juntos era inútil, una forma inocente de jugar al absoluto. Entonces, ¿por qué continuar? ¿A razón de qué uno avanza mentira tras mentira sin medir las consecuencias? Si ella y yo supimos desde el principio que entre nosotros no había futuro, ¿por qué hicimos lo que hicimos? No es difícil saberlo: porque la debilidad por la mentira —y lo diré así con premura— no es cosa de unos pocos; atañe, es parte intrínseca del comportamiento humano.

Pero, ¿qué significa mentir?

Contrario a lo que uno podría imaginar, mentir dista mucho de abandonar la segura y precisa protección de la lógica, no tiene nada que ver con ir en contra de la verdad, se trata, más bien, de explotar al máximo sus más férreos reglamentos; de hacer de sus leyes una enmarañada paradoja; de forjar una verdad cuya solidez no se resquebraje al menor cambio de temperatura; de hacer de la apariencia el signo inequívoco de lo real. Qué difícil tarea. No por nada son cosa extraña los perfectos mentirosos: rara avis entre tanto hipócrita de ocasión, entre tanto aficionado a ese arte exquisito de la mentira. Por otro lado, una mentira, por muy audaz y denodada que sea, se comporta siempre como un organismo vivo: nace, muere y entretanto se reproduce. Hay que cuidarla y atenderla como tal si uno se ha propuesto beneficiarse de sus garras y espolones; no se queje ni desista: domar a las fieras y ponerlas a nuestro servicio nunca ha sido empresa fácil.

Al dilatado horizonte de la credulidad humana se le antoja que la mentira sea vista con recelo; hay que condenarla porque atenta contra la moral, pero esto sólo se debe a un accidente histórico: tanto platonismo causa una tremenda resaca metafísica. Y así es, pues ¿cómo evitar decir mentiras si muchas veces a uno se le ocurre decir cosas con el único afán de apagar su sed de certidumbre? Se necesita creer en algo aunque después se sepa que ha sido mentira. Yo me lo imagino así, que sin mentiras, la vida sería un dulzón y fastidioso espectáculo de burda felicidad. ¿Por qué? Estoy seguro que cada uno de nosotros tiene más de una respuesta. Quien no se rebaja ante el candor maléfico del miedo a ser descubierto mintiendo, a ese hay que darle un trofeo, convocarlo a que suba al pódium al que sólo asciende el tipo de canallas por quienes sentimos —muy a nuestro pesar— cierta simpatía, porque es un hecho incontestable el que haya vilezas que no dejan de avivar en nuestro interior un secreto beneplácito.

Pese a que siempre habrá un moralista dispuesto a reprochar cosas como estas, pienso que, aunque uno no lo quiera reconocer, mentir nos recuerda la impotencia de adueñarnos completamente, de una vez y para siempre, de nuestro propio ser; nos pone, también aunque no lo queramos ver, ante el factum decisivo de nuestra existencia: la libertad de elegir ser el que se es. Veamos. Yo no pedí venir al mundo, no fue en virtud de mi propia voluntad el que ahora exista, y ante la imposibilidad —en lo que a mi existir, en lo que a mi origen se refiere— de que nada pueda hallar que a su vez pueda suponerse basado en mi propia decisión, hace que mi vida sea expulsada de la oscuridad de su origen a la claridad —no obstante relativa— de poder ser lo que yo proyecto ser. Así, mentir está dentro de mis posibilidades, y miento porque algo me impide decir de una vez y para siempre quién soy. Todo lo demás es silencio, sí, un silencio abrumador que viene después de la pregunta de por qué estoy aquí.

Mientras uno crea ser un arrecife solitario en el que nada se oye salvo el eco de una mentira original: la que me hace creer que en realidad tengo consistencia, las cosas quizás serían más fáciles. No lo sé. Pero creo que conviene a veces mentir para que al final, como me dijo alguna vez un colega, uno no llegue a viejo con las ilusiones intactas, para que la edad no sea una bocanada amarga y las cosas no sean vistas a través del arcaduz corroído del arrepentimiento.