Enrique Vila-Matas nació en Barcelona  en 1948. Su particular visión de la literatura mezclada con la de la vida se refleja de un modo especial en la trilogía formada por Bartleby y compañía (2001), El Mal de Montano (2002) y Doctor Pasavento (2005), obras que le han hecho merecedor del reconocimiento del público como una de las voces más interesantes y originales de su generación. Entre los premios que reconocen su trabajo se encuentra el Rómulo Gallegos, el Herralde de Novela, el Ciudad de Barcelona y el de la Real Academia Española, entre otros muchos. Es colaborador habitual del diario El País. Un placer tenerle con nosotros.

 

Usted ha pasado de imaginar colectivos de escritores (los shandy, los bartlebys) a formar parte de grupos de escritores reales (la Orden de Finnegans) ¿De dónde nace la necesidad o la voluntad de compaginar su escritura con la de otros? ¿Qué cosas les unen y que cosas les separan en el interior del grupo?

Ya el famoso “Je est un autre” (Yo es otro) de Rimbaud hablaba de una interioridad capaz de todas las transformaciones. Como si para Rimbaud la escritura necesitara salir de sí misma y literalmente dispersarse.
Fue para escapar de mi claustrofóbico “yo” por lo que muy temprano me dediqué a crear grupos afines a mis diferentes personalidades. Así surgieron los suicidas, los shandys, los bartlebys, los montanos, los pasaventos, los finnegans de Dublinesca, etc. Tengo algo de todos ellos y al mismo tiempo no soy ni un suicida, ni un shandy, ni un bartleby, ni un montano, ni un Pasavento y ni un finnegans de Dublinesca. Bueno, esto último –finnegans- lo soy por partida doble, porque lo soy también en la vida real: cada 16 de junio me reúno con finnegans de carne y hueso y tengo que deciros que hay tantas diferencias entre nosotros que ahí -a diferencia de lo que me ocurre con la escritura y ya no digamos cuando escribo sobre los finnegans y con ello logro salir de mí mismo y literalmente dispersarme- me veo obligado a recuperar mi “yo”.
Si a alguien le interesa conocer en serio las diferencias entre vida y literatura debería tener en cuenta esta experiencia que os cuento, tener en cuenta este detalle: sólo cuando escribo logro dejar atrás plenamente mi “yo”. En la vida real me cuesta más dispersarme.

El escritor israelí Yehuda Amikhai reflexiona en su poesía sobre la vaguedad de la salud y la precisión de la enfermedad, ¿el canon propio podría ser el diagnóstico que se procura un escritor?, ¿cuál es el proceso?

Hay días -como hoy, lo siento- en que no estoy en modo alguno de acuerdo con la idea de canon y sí con la idea de Ricardo Piglia de que la literatura no se organiza jerárquicamente, pues la literatura es una sociedad sin Estado. Lo que sí existe son gustos personales, tendencias que hay en uno a interesarse por un tipo de literatura más que por otra, pero jamás -como hacen algunos críticos o ex críticos nacionales- a tratar de imponer los criterios o lo que es lo mismo: a decir “hay que hacer esto” o “hay que hacer aquello”. Después de todo, no habría que hacerles mucho caso a los que tratan de imponer algún tipo de escritura excluyendo a las demás, porque es de mendrugos no defender que han de existir múltiples formas de literatura, tantas como formas de vida. Además, como no hay Estado, es absurdo el papel de policías de la literatura que adoptan algunos críticos, ya que, si lo pensaran mejor verían que, teniendo en cuenta que no hay Estado, no pueden imponer unas leyes que no existen y menos aún emplear la violencia –lo que llaman dureza- para ello.
Alguien dirá: le resultan incómodos los críticos. Pues no. Porque me gustan los que son verdaderamente inteligentes y sobre todo saben leer, me gustan mucho. Me encanta, por ejemplo, el espectáculo de alguien tan perspicaz como el crítico Edmund Wilson en los años 30 diciendo que Kafka no valía un pimiento porque el pobre era muy infantil y no se atrevía ni a cruzar el umbral de la habitación en la que se estaban sus padres. Lo mismo dice ahora Safranski, el gran crítico alemán, pero lo dice para demostrar la grandeza de Kafka. ¿Qué sucede ahí? Pues que Wilson se equivocó al no captar la importancia de Kafka, pero tonto no era, sabía leer muy bien (supo ver perfectamente a Kafka), y eso es algo que no está al alcance del setenta por ciento de los críticos que conozco.

Si la escritura es la enfermedad, ¿qué es el libro?, ¿qué es la lectura?

No sé si la escritura es la enfermedad. Pero supongamos que lo es: entonces puede que el libro, al igual que leer, sea un signo de salud.

Sophie Calle intentó llevar al extremo la relación entre realidad y ficción con la propuesta que le hizo a usted y a Paul Auster, entre otros, ¿escribir de esa forma para un lector concreto le hizo replantearse la relación con sus lectores o su propia experiencia como lector?

No tuve la sensación de escribir para Sophie Calle, sino de haber traspasado una línea roja y de pronto estar fuera de la escritura. “Es muy peligroso lo que ella te ha propuesto porque te ha dejado fuera de la literatura”, me advirtió una gran amiga y le agradezco que me avisara tan a tiempo.

¿En qué manera la sobreabundancia de información modifica nuestra experiencia con la ficción?

La ficción se ha tenido que reconvertir. Sebald es un ejemplo de alguien que pone al día las tesis renovadoras (en su momento) del autor de El Lazarillo de Tormes. Hace pasar por verdadero, por real, algo que no lo es en absoluto. Ese engaño cada vez es más difícil y algunos han logrado mantenerlo gracias a la invención de nuevos artificios.

Usted ha utilizado las conferencias y las lecturas públicas como medio de creación literaria, ¿lo ha hecho también con las entrevistas?

Sí. No me gusta cumplir sólo un trámite, no me gusta perder el tiempo. Puede que en la respuesta a una pregunta se oculte algo que no había pensado hasta entonces y que la pregunta me ha hecho descubrir.

En una entrevista, el historiador Martín Balbuena afirmó haber leído una biografía de Enrique Vila-Matas escrita por un autor serbio en la que se narra el encuentro entre usted y Carter. ¿Cómo fue ese encuentro? ¿Cuál fue su reacción cuando Carter le dijo que “no podemos elegir lo que escribimos”?

Pensé que se trataba de una consigna para asaltar el edificio de Ferias Comerciales que teníamos enfrente y traté de adivinar cuál era la contraseña, de modo que le dije: “Me acaban de echar de McDonald’s por negarme a llevar falda escocesa en plena promoción de su nuevo sándwich McHaggis”. Y Carter me miró creyendo que estaba loco y ya en todo el resto del día me fue imposible convencerle de lo contrario. Le vi hasta apenado, como si hubiera volcado grandes esperanzas en mí y se sintiera decepcionado. La última vez que le vi estaba rodeado de los ciento cuarenta y siete gatos de la Residencia Ernest Hemingway de Cayo Hueso, Florida.

En dicha biografía se le atribuye a Carter la siguiente sentencia: “(…) ese aprendiz de escritor debería ahorcarse porque descubre que escribir bien es intolerablemente difícil. Entonces alguien debería salvarlo sin misericordia, y su propio yo debería obligarlo a escribir tan bien como pudiera mediante el resto de su vida. Así al menos tendría la historia del ahorcamiento para comenzar”, ¿qué piensa de esto?

Me suena a Hemingway. ¿Sabía que Carter hacía lo imposible para no parecerse a Hemingway? Estaba obsesionado por parecerse a Francis Scott Fitzgerald. Pero cada vez que abría la boca, se alejaba un centímetro más del gran Scott. La última vez que lo vi parecía salido directamente de El viejo y el mar, ese libro tontísimo que le valió el premio Nobel a su sosías.