Juan Villoro (1956) es narrador y periodista, reconocido por sus novelas El disparo de Argón (1991), Materia dispuesta (1997) y El Testigo (2004), entre otras, y por sus crónicas reunidas en volúmenes como Dios es redondo (2006). Su trabajo ha sido reconocido con premios internacionales como el Herralde de Novela, el Rey de España, el Ciudad de Barcelona, el Vázquez Montalbán de Periodismo Deportivo, el premio Iberoamericano de Letras José Donoso y el Antonin Artaud. Actualmente es profesor de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) e invitado en las de Princeton, Yale, Boston y Pompeu i Fabra de Barcelona. Colabora regularmente en los periódicos La Jornada (México), El País (España) y El Periódico (España), y en publicaciones como Letras LibresProcesoNexos, Reforma y la italiana Internazionale.

 

Buscando una excusa para preguntar sobre política y literatura, encontramos que John Banville dice «El único deber de un autor es escribir buenas novelas. Si se intenta mezclar arte y política puede que el resultado final sean malas artes y una mala política». ¿Por qué crees que en ocasiones se considera que la política y la denuncia social son temas menores en la literatura?

Stendhal decía que la política suena en la literatura como un disparo en un concierto. El gran problema es el de someter la imaginación a una ideología, pero eso no significa que los temas políticos deban quedar fuera de la escritura. Lo decisivo es que la concepción política no restrinja la imaginación. Los máximos dramaturgos alemanes del siglo XX dan una lección al respecto: Bertolt Brecht fue abiertamente político y Heiner Müller, que padeció la censura socialista, fue implícitamente político. Es imposible no hacer una lectura política de Franz Kafka. Nadie ha descrito mejor que él la forma en que el totalitarismo invade la vida íntima y en que la persecución del Estado hace que la condena anteceda a la culpa. Viniendo de México, donde el mismo partido estuvo en el poder durante 71 años y ahora regresa luego de 12 decepcionantes años de un gobierno de derecha, es difícil no tener una idea política de la realidad. No creo que todo escritor deba reparar en esa dimensión de la vida, pero a mí me parece evasivo no hacerlo, siempre y cuando eso no coarte la imaginación. Pocas cosas hay más deprimentes que un autor con agenda de partido.

En este sentido, entonces, ¿cuál crees que es el deber de un escritor?

No se puede prescribir un papel idéntico para todo mundo. La ética es una decisión personal. Hay espléndidos escritores que dan la espalda a su circunstancia y espléndidos escritores que se nutren de ella. Quizá por haber escrito muchas crónicas no creo en la indiferencia, pero la idea del compromiso sartreano me parece caduca. No debes defender otro ideario que el de tu propia conciencia.

En el contexto de la narrativa mexicana, ¿qué opina de la perspectiva que se da, sobre todo en la novela, del fenómeno del narcotráfico en los últimos años?, ¿qué cambios, si los hay, ha habido en el tratamiento y en el enfoque de dicho problema?, ¿dónde quedan los escritores que no abordan el narcotráfico en su literatura?

He escrito crónicas sobre el tema y me parece extraordinario que en el país más peligroso para ejercer el periodismo, según Reporteros sin Fronteras, no se haya suspendido la búsqueda de la verdad. Al mismo tiempo, la literatura también ha caído en la creación de estereotipos muy similares al discurso del expresidente Felipe Calderón, que consideran que los narcos son como extraterrestres con camisas de Versace que vienen a comerse el hígado de la gente, bárbaros descomunales, y no lo que realmente son: personas como nosotros. El mayor desafío moral del mal consiste en entender que no es obra de monstruos sino de personas normales. Es lo que sorprendió a Hannah Arendt durante el juicio de Rudolf Eichmann. Aquel colaborador de los nazis tenía alma de burócrata rutinario. Recientemente publiqué en Babelia una nota sobre dos novelas que escapan a los estereotipos y entienden el narco como un deterioro de la vida común, que existe desde hace mucho: Contrabando, de Víctor Hugo Rascón Banda, y El lenguaje del juego, de Daniel Sada.

Normalmente se dice que el libro, como objeto, corre el peligro de desaparecer ante la publicación electrónica; sin embargo, quizá lo que está en peligro de extinción son los lectores, ¿qué piensa de esto?, ¿puede deberse a las crisis económicas, a los recortes en cultura y educación, a la masificación de los medios electrónicos?, ¿o es que no se trata de una desaparición del lector, sino de un cambio en el hábito de la lectura?

Los lectores siempre han sido una minoría. En todas las épocas ha pasado lo mismo, y siempre ha habido profecías apocalípticas sobre el fin del libro. Es algo bastante ingenuo, tomando en cuenta que nuestra cultura está inmersa en la letra como nunca antes, basta ver la importancia que tiene en la computación, Internet, los mensajes de texto, etc. Hay sitios y épocas en que se venden más libros que en otros pero el árbitro de la cultura no es el mercado, son las personas que no dejan morir ciertos mitos, ciertos temas, ciertos libros. Por otra parte, es obvio que el libro electrónico y el libro en papel son compatibles y servirán para gratificaciones distintas. El plástico no acaba con la cerámica: le da otro uso y otro valor.

Para un escritor que continuamente cambia su residencia ¿cómo se preserva el arraigo con el origen?, ¿se intensifica esa «aventura de volver a casa», como en la Odisea, o se diluye el influjo del viaje?, ¿la distancia idealiza el origen o proporciona perspectiva?

No tengo esa experiencia porque he vivido en México la mayor parte de mi vida. Viajo mucho pero siempre regreso ahí. Tengo casi 57 años y he pasado tres años en Berlín, tres en Barcelona y dos semestres académicos en Estados Unidos, es decir que llevo medio siglo en México. Por lo demás, el sentido de pertenencia es una construcción cultural. James Joyce estaba obsesionado con Dublín y la habitaba mentalmente, pero vivía en el exilio. En cambio, Julio Verne circulaba en mundos imaginarios sin salir de Francia.

Usted ha dicho que le habría gustado ser poeta, pero que le sobraron palabras, ¿qué poeta, o qué tipo de poeta, le habría gustado ser?, ¿por qué?

La poesía condensa la literatura en forma impar. Los narradores requerimos de muchas palabras para llegar al efecto poético, que es común a todas las artes pero requiere que distintos recursos se pongan en juego. Mi novela El testigo es un homenaje a mi poeta mexicano favorito, Ramón López Velarde. Leo y releo a Pessoa, Eliot, Vallejo, el Neruda de Residencia en la Tierra

¿Cree que existen fronteras reales entre los géneros literarios o que puede hablarse más bien de una frontera entre realidad y ficción?

Creo en las formas. Incluso en las instalaciones de arte contemporáneo hay una retórica discernible. Hacer arte es encontrar la libertad entre restricciones formales. Esto es muy evidente en el soneto, menos evidente en la novela y menos aún en una instalación, pero el desafío se cumple en todos los géneros. En ocasiones, se producen hibridaciones interesantes, como la mezcla de narración, memoria y ensayo que se da en Magris, Sebald o Pitol. Estoy escribiendo un libro sobre la ciudad de México en esa clave.

Se dice que en su juventud Carter fue un sobresaliente portero, y que incluso llegó a competir por la titularidad en el arco con Albert Camus en el R.U.A. de Argelia, durante un breve paso de su familia en el país africano, ¿cómo se zanjó esa famosa disputa?

Albert Camus jugaba de portero porque es la posición en la que menos se gastan los zapatos. Su abuela lo golpeaba salvajemente si desperdiciaba su calzado de ese modo. Camus vivía en una pobreza absoluta. Carter tuvo oportunidad de quitarle el puesto, pero se enteró de la historia de Camus, vio sus zapatos a punto de despedazarse, y se dejó anotar un gol imbécil para no competir con él. A veces, la derrota puede ser un gesto de nobleza y compañerismo.