1. Gotham City es el infierno. Proyectada para que siempre fuera de noche; cimentada sobre las peores pesadillas de los hombres; levantada con materiales viejos y decadentes: la ciudad es un rosario de vidas sin futuro, supervivencia al borde del caos, locos disfrazados y ruina moral. Es séptimo con sobrepeso, miopía, acné y un fondo de armario diseñado por tu madre. La creó Bill Finger años antes de escribir novelas porno baratas y morir  alcohólico: juntó su porvenir con las experiencias del Bronx de la gran depresión. Hasta el nombre da mal fario: cuenta la leyenda que lo encontró en unas guía de teléfonos del bajo Manhattan, se supone que es una perversión del holandés y significa “campo de cabras”; el horror, señor mío, el infierno; o el fantasma de la antigua Nueva Ámsterdam vengándose a base de podredumbre. No le cambie nunca el nombre a una ciudad, son monstruos viejos y peligrosos. Se conocen planes para dulcificar Gotham: a partir de la serie de televisión del gran Adam West (que su servidor recuerda con amor infinito) se intentó una remodelación más amable de la cuidad: suburbios limpios, calles soleadas, una comisaría de estilo neoclásico, ni un papel por el suelo, salones, joyerías y una troupe de descerebrados criminales con trajes relucientes y planes descabellados, Batman, Robin, Batwoman, Batperro y ese duendecillo llamado Batmito. Y no digo que no fuera bonito mientras duró, pero no duró, no podía durar; hay una ley que rige con mano de hierro las utopías, paraísos y arcadias: deben construirse desde cero, sin pasado. Un grupo de soñadores en una tierra virgen, e incluso así, casi nunca funciona. El Hades  no puede ser limpiado y olvidado, sigue allí: rezumando tranquilamente, esperando su momento para llegar a la superficie de nuevo y, así, extender un caos renovado y mejor.

2. David Mazzucchelli, el dibujante con más letras repetidas en su apellido de toda la industria, fue uno de los artífices, junto con Frank Miller, del retorno del mal a las calles de Gotham. El vehículo era  Batman año uno , un intento de actualizar el origen del Caballero Oscuro auspiciado por DC Comics a finales de los ochenta. Se trataba de remodelar al personaje desde abajo: plumazo a todo lo pop y a todo lo camp y lo kitsch y lo irónico y asentamiento de la gravedad, la heterosexualidad culpable y Ronald Reagan; ya le dije que cuando el infierno vuelve, lo hace con toda la artillería. Predilección por el pulp colorido aparte, debo reconocer que la miniserie es una auténtica barbaridad de guión y un despliegue de potencia narrativa de aúpa; para quitarse el sombrero. El gran David apellido-a-prueba-de-corrector-de-Word estaba al inicio de su carrera e hizo lo que cualquier novato inteligente y con dotes haría: copió. No pasa nada, todo el mundo lo hace; Dante sableó a todo quisqui para montar el averno; a ver, no se inventa uno solo todas esas cosas ni aburrido en el exilio. David Mazzutodolodemás rebuscó en el pasado para encontrar los cómics de El Zorro de Alex Toth y descubrió allí una mina de oro. El señor Toth fue uno de los dibujantes con más elegancia que se pueda recordar: sus personajes suelen emerger de fondos negros como si hubieran sido esgrafiados, sacados de las sombras; además, tenía una predilección por los vulpinos, pues dibujó a otro personaje de la edad de oro de los comics: The Fox, una elegante silueta enmascarada, un predecesor de personajes como Spiderman o la Pantera Negra. Con todo esto en mente, David, llamémosle solo David, hizo uno de sus mejores trabajos: la historia de cómo Bruce Wayne y el comisario Gordon llegan a Gotham y su relación con la ciudad es sobrecogedora. Cada uno tiene que hacer suya la urbe, conseguir sobrevivir en lo más crudo del crudo invierno. Para ello, deberán convertirse en demonios e incluso uno de los dos vestirse como tal. Fascina, como lector, asistir a un momento clave de la simbiosis de una ciudad con su elemento más representativo: primero la ciudad, luego la ciudad con una sombra amenazante, recortada sobre la noche, encaramada a una gárgola, un demonio guardián.

3. Los urbanistas infernales tienen en Dante su hito máximo, aunque antes que él hubo una auténtica caterva de amables organizadores del subsuelo del mundo. Francesc Eiximenis fue uno de ellos. El sabio medieval creó una logística y un aprovechamiento de recursos malvados que ríase usted del ejercito prusiano: condes, arcontes, legiones, príncipes, mandos intermedios, secretarios y subsecretarios: una auténtica administración, casi una corporación (casi, porque ni el diablo es tan malvado).  Yo, en la vena de estos mapeadores de lo maravilloso, he imaginado un personaje, un lector de cómics de unos cuarenta años, sentado en su despacho, con una enormidad de papeles distribuidos sobre una antigua mesa de Scalextric. Su plan, repartido por innumerables Din-A 3, es hacer el perfecto, más extenso y mejor razonado mapa de Gotham que se pueda imaginar. Pienso que lleva años trabajando en ello, tomando notas de cada cómic de Batman, de cada sala de fiestas, ático con recepción, estación del tren elevado, almacén en desuso, feria de monstruos decadente,  piso sin calefacción o antro de music hall oscuro. Creo que tiene las paredes del estudio forradas de litografías, algunas de ellas reproducen portadas de Detective Comics, la primera cabecera que alojó las aventuras del señor de la noche; otras, more argumento, reproducen frescos románicos llenos de monstruos, calderos, leviatanes y behemoths. Una de las paredes, empero, la ocupa el mapa en construcción, con sus puntos fijo: la Mansión Wayne con su batcueva, el asilo Arkham para dementes peligrosos y el callejón del crimen donde mataron a los padres del futuro enmascarado; a su alrededor, rellenando los espacios contiguos a esa triangulación: los lugares blandos, las tierras incógnitas, imprecisas, tentativas de cualquier mapa. Los supuestos puntos donde nació y murió Robin, los jardines botánicos donde reina Poison Ivy, los museos de arquelogía con estatuas de la diosa Bast, esperando a ser robadas por Catwoman, en definitiva: la maravilla y el horror, el, creo que queda claro, infierno.

4. A Bruce Wayne le pegan las empresas imposibles, al fin y al cabo él es el protagonista de una de ellas: erradicar el crimen, vencer al mal, no es muy diferente de subir una piedra cuesta arriba para toda la eternidad, montar una ópera en el Amazonas, encontrar las fuentes del Nilo o escribir de nuevo El Quijote sin haberlo leído. Borges es el rey de todo eso, sus fantasías lo son sobre todo por cuestión de escala, me parecen locuras de agrimensor: el mapa a escala 1:1, el libro infinito, la construcción exacta de otro mundo. No por nada Morrison le rinde homenaje en Batman Inc. o en Crisis Final, no por nada se le venera en Las ciudades oscuras de Schuiten y Peeters: es un peso pesado de la imaginación, para encontrarle rivales deberíamos recurrir a Dante o a Heródoto o a Pynchon o a Plinio o a Jack Kirby o a Marco Polo. Los demás somos un poco como el personaje que inventé para esta columna: delimitamos una región de la fantasía y nos entretenemos en trazar sus calles, cafeterías, colmados y sucursales bancarias. Aunque no hay lugar para la queja, amable lector; sigue siendo más divertido que ser un escritor realista, se mire por donde se mire.