La mañana de un sábado 5 de junio, en un acto de lucidez extrema, en una verdadera lección de inteligencia, valor y sabiduría, mi mujer tomó sus cosas y me dejó. Cargó con todo, subió al auto con calma, encendió el motor, me miró de reojo, mostró la palma de su mano izquierda en señal de despido, metió reversa y se fue para no volver. Me quedé solo y estupefacto, escuchando música e inundado de libros y revistas en el desconcierto total. Ahora que lo pienso, debió ser espantoso vivir conmigo, cohabitar mi desorden. La recordaré sobre todo por esta hazaña. No he conocido mujer más avispada y sensata como la que se fue esa soleada mañana, la que desapareció en ese elegante coche oscuro. Guardo en mi memoria su partida; el momento en que se disolvió una vida que se pretendía común. Según Lichtenberg “el amor es ciego, pero el matrimonio restituye la vista”. Ella vio todo con claridad. Por eso se marchó, anticipándose, llevando consigo su porción de la derrota.

“Amar es una decisión”, reza la simplicidad de los manuales de autoayuda; y sus lectores lo repiten con tierna ingenuidad. No: amar, amar a otro es estar poseído por una de las pasiones más antiguas: el amor. ¿Acaso nunca han estado bajo el influjo de esa hermosa y diabólica maldición que nos hace sentir vivos de verdad? Es absurdo decir que el amor depende de una decisión cuando se trata de una llama inesperada que nos incendia por dentro. Dice el sabio Pascal: “Algunos se preguntan si hay que amar. Eso no debe ser una pregunta: sólo puede sentirse. Acerca de eso no se elaboran conjeturas: tan sólo se es proclive…”. De repente uno queda como atrapado por el otro, por el resplandor de su mirada. No lo decidimos: caemos enamorados. El enamoramiento es una caída. Una sonrisa de la persona amada, un mensaje, una palabra al oído, incluso su silencio o el vago recuerdo de su rostro, hace añicos nuestras más firmes convicciones y nuestra aparente quietud. Nos alejamos de todo y de todos porque la mujer o el hombre amados nos colman, reciben con amor nuestro deseo (o creemos que lo reciben). “El amor debería salir a recibir al amor con los brazos abiertos”, subrayó Stevenson.

(He llegado a creer que el amor perfecto, el más puro, es el que nunca fue ni será correspondido. Mi experiencia en el amor se ha forjado, más bien, por los sueños, por la persecución de alguna que otra quimera. He amado y he sido amado; pero apenas un par de veces se ha tratado de la misma persona. En lugar de trofeos, desde temprana edad atesoro fracasos. Quizás a estos accidentes deba lo fantasioso que soy: he desarrollado la manía de soñar, antes que estar, con mujeres. Y no me avergüenzo. “Aunque permaneciéramos mudos y callados como piedras, nuestra pasividad ya sería una acción”, escribió Jean-Paul Sartre.)

Para mí no hay nada más placentero que atestiguar el instante en que los ojos de una mujer enamorada comienzan a brillar; el momento en que sus manos y su rostro anuncian una progresiva agitación interna; uno percibe de lejos su respiración. Me permite leer en sus ojos mi propio enamoramiento. Ella me refleja, me devuelve lo que estoy sintiendo y padeciendo. El cuerpo tiene su propio discurso; hay que estar atentos cuando habla, cuando se nos declara en silencio con la pura elocuencia de los actos y los gestos. “Sólo quien anda interesado entiende su lenguaje” (Pascal). No es difícil equivocarse o ilusionarse, pero vale la pena saltar al desbarrancadero. Es emoción en estado puro. Sin embargo, les advierto: a la hora del amor, la mujer que cuida demasiado las apariencias y el qué dirán, que pone frente a ti una lista de requisitos y deberes para cumplir, no está enamorada sino interesada. Ha pensado y calculado mucho: tiene ambiciones e intereses. Cuando la pasión es total, ¡quién demonios se pone a reflexionar! Un enamorado puede incluso ignorar o ser indiferente a la abyección de su amado. Los ejemplos de esta loca pasión alimentan la vida cotidiana, las páginas de la literatura y la historia del poder político.

Hay malas noticias: el amor es también una locura transitoria, pasajera. “Los días de los amantes también pasan” (Rafael Cadenas). El transcurrir de las horas, los minutos, los segundos, el tiempo pues, debilita al amor. Ocurre lo contrario con la amistad: se fortalece y se renueva con el paso de los años. Si un matrimonio subsiste, lo intuyeron Montaigne y La Bruyère, es porque aceptó las condiciones de la amistad, algo mucho más sólido y duradero que la pasión del amor. Si están enamorados y quieren un consejo les ofrezco uno de Ovidio: Pierdan el tiempo al antojo de su amada [o]. Así no los abandonarán.

…al dejarme casi, casi se te olvida
que hay un pacto entre los dos.
Por mi parte,
te devuelvo tu promesa de adorarme,
ni siquiera tengas pena por dejarme
que ese pacto no es con Dios (1).
 
(1) Álvaro Carrillo, “Se te olvida” (citado por Manuel Cruz en Amo, luego existo. Los filósofos y el amor, Espasa, 2010).