Y te quedas como inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo
de la noche
Gonzalo Rojas

Lo infinito, murmuró,
pero solo encontró silencio.

El mar podría ser infinito, pensaba callada, sin atreverse a preguntarle a él su opinión: el silencio si quisiéramos o pudiéramos, también el silencio podría ser (el silencio deja de ser silencio en el momento que alguien lo nombra y quizás, Alejandra, quizás tenías razón y sólo la muerte, pero no, claro…) y justo en ésas andaba, reflexionando muda, cuando Él, que sabía cómo leer las pupilas, comenzó a tirarle entusiasmado de las manos para evitar que una nueva idea los distrajera:

—¡El mar! Vayamos a la playa, ¿quieres? —le propuso sin hablar.
—Bien —respondió Ella, también sin sonido, y trepó de un salto a sus hombros.

Tampoco hubo palabras durante el resto del viaje. A ambos les gustaba jugar con los límites del mutismo para susurrarse después los secretos mientras dormían. Aquella eternidad afónica duró poco pues el crujido de sus pisadas fue disolviendo el silencio hasta que éste pereció, definitivamente, con el siseo áspero de las olas de Ocata_________________cada vez_____________ más fuerte. (El mar tiene límites: ahí, donde llega el agua… sube por la playa, luego se detiene…, precisamente ahí, en ese punto, donde se detiene… dura apenas un instante, por ejemplo, allí, después desaparece, pero si se consiguiera detener ese instante, cuando el agua se detiene, precisamente ese punto, donde se detiene el agua… y sí, también, esos límites, los límites del mar son a su vez límites del silencio).

—Sentémonos aquí, donde el rumor de la sal pueda impregnarnos —coincidieron los dos, aún mudos—. Y cerca de la orilla, pero refugiados de la posibilidad de desaparecer bajo la espuma, se sentaron sobre la toalla celeste: juntos, tan juntos, que sólo respiraba uno, y así callados, en el silencio acompasado, se hundieron en el horizonte hasta que, de repente, Él interrumpió;

—Mira los ojos del mar.
—¿Los ojos del mar?
—Sí —pensó—, los ojos del mar. Del mar que te arrebata con su espuma… y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo de la noche, y me besas lo mismo que una ola… ¿Qué? Ah, sí: ¿dónde dirías que tiene el mar los ojos? ¿Los ves?

El guiño lo delató y Ella le pidió que le mostrara la respuesta antes de que su mente comenzara a imaginar esferas gigantes observándolos desde el horizonte que los tenía secuestrados, esferas enormes colgando de alguna nube o flotando sobre el Mediterráneo.
En su memoria, Él abrió el libro por la página 85 y recitó sin emitir sonido alguno:

«Los barcos son los ojos del mar, centenares de barcos, centenares de ojos, y pensarás que por qué entonces los naufragios, las tormentas, los tifones, todas esas cosas, pensarás: ¿para qué tragarse entonces esos barcos, si son sus ojos? Y yo te preguntaré, o mejor te preguntará Dood: ¿es que tú no cierras nunca los ojos?».

Océano mar, de Alessandro Baricco.

Él asintió, animándola a lo inevitable, y se tumbó bocabajo. Usted no tema, bromeó desconociendo o quizás ignorando a propósito el terrible efecto de aquellas palabras, sin levantar la cabeza, ya enterrada en sus brazos, Yo me quedaré aquí a su lado mientras lee. Y, sin más, se durmió para seguir soñando con sus conceptos y sus arqueologías y Ella, Ella se fue hacia la Posada Almayer, donde comienza la historia de este libro.

Llegó a la posada por casualidad, después de dar varias vueltas sobre sí misma y girar a la derecha en la primera curva que apareció sobre su cabeza.

Hasta allí se puede llegar a pie, leyó ya en las primeras páginas, «bajando por el sendero que llega de la capilla de Saint Amad; en carruaje, por la carretera de Quartel, o en barcaza, bajando por un río» que desemboca en aquel recodo, detrás de los matorrales por los que acaba de saltar el perro blanquito de orejas grandes, por allá va, ya lo veo, el mismo que hace un rato creían ciego. La joven llegó a la posada por casualidad, como Bartleboom, pero en su caso después de dar varias vueltas sobre sí misma y girar a la derecha en la primera curva que apareció sobre su cabeza. Andaba un poco desorientada —por las vueltas más que por el giro— cuando una señora hermosísima que se retocaba el rojo de los labios mientras la miraba, le advirtió que por la tarde cerraban la puerta delantera: Debes entrar, si es que quieres entrar, por la puerta que hay en este lateral. La hubiera obedecido de no ser porque no había ninguna puerta más que la que tenían delante, así que cuando la mujer cerró los ojos para arreglarse la máscara de pestañas, se acercó a la entrada principal y agarró con fuerza la aldaba, con fuerza porque era casi tan grande como un niño de diez años, y golpeó un par de veces la madera.[/sumario]

(Silencio)
Con un gran esfuerzo, consiguió mover el aldabón una tercera vez.
(Silencio)
Nadie responde.
(Silencio)

—Mm, despierta, acompáñame, que tengo miedo.
—Tranquila, mujer. No es una historia de miedo, no te la imagines a tu manera y sigue leyendo la novela tal y como es —le dijo con una sonrisa mediana, pero sin abrir los ojos, concentrado en no perder el recorrido que una nueva idea trazaba en su mente.

Está bien: empezó de nuevo y lo hizo siguiendo el mismo camino, esto es, siguiendo el primer libro de los tres que componen la novela. Lo cierto es que en la puerta de la posada Almayer no hay llamador y en la recepción, abierta a los caminantes, esperaba una niña, la niña Dira, casi del mismo tamaño que el aldabón que ella había imaginado. Con un tono demasiado adulto para su voz le preguntó sus datos y sus intenciones. Las más ingenuas, como siempre, le respondió con una sonrisa pequeña, y anotó su nombre en un libro que sus pequeños brazos, de un blanco casi translúcido, consiguieron levantar con dificultad de un atril de madera. Pl…Plasson, Ann Deverià, Ismael Adelante Ismael Prof. Bartleboom, Elisewin, Padre Pluche y… hasta ahí logró descifrar la caligrafía infantil de la pequeña dama: eran los nombres de los huéspedes de la pensión y, aunque ella no tenía la menor intención de quedarse —“el último tren sale a las once, recuerda”—, siguió leyendo.

Lo primero, entonces,
lo primero fueron sus nombres.
El nombre de cada uno de ellos, nombres de un lugar lejano donde, probablemente, se cultiva la nostalgia que Ella ya empezaba a sentir, una nostalgia prematura de color celeste, de respiraciones imbricadas al final de la noche, de respiraciones contenidas, respiraciones exhaladas. Nombres de pintores, escritores, de hombres y mujeres enfermos de amor, nombres de niños fantasmagóricos, niños ángeles, nombres de personas que buscan y se buscan en el mar, en el océano, en un lugar que no existe como tampoco existe lo que llamamos orilla, porque la orilla desaparece con cada ola para volver a nacer de nuevo con la siguiente, como le ocurre al tiempo, un segundo mata al otro y así una y otra vez, sin descanso, como la vida, qué dura la vida y qué dura la vida.

Una nostalgia prematura de color celeste, de las respiraciones imbricadas al final de la noche, de las respiraciones contenidas, de las respiraciones exhaladas.

Lo primero fueron sus nombres y lo segundo fueron sus obsesiones. Plasson quería pintar, ¿de qué color es el mar? Parece fácil responder, todos inventaremos tonalidades en las que nunca faltarán el verde, el azul, el gris, el blanco, porque así lo hemos aprendido, porque así nos lo han dicho, porque así creemos verlo. No. Es necesario mirar bien: ¿de qué color es el agua cuando lame nuestros pies desnudos; y la arena cuando el mar se la traga; de qué color es el arrullo de la espuma o el de las ondas que dibujan las olas? Ése es el color que busca Plasson, ese color que no se puede ver, al menos no sin buscarlo. A su lado, algunas tardes, acudía Madame Deverià, una mujer hermosa, la misma que me decía que la puerta, una mujer, imagino, enferma también de melancolía, esa enfermedad que detiene el tiempo de quien la sufre, y es ella quien le explica al profesor Bartleboom, al hombre de los límites, al hombre que sueña con un amor que aún no conoce, a él, le revela uno de las definiciones más bellas del sentimiento, de la certeza de estar ante la persona esperada. Luego llegarán Elisewin y el Padre Pluche, en busca de un remedio para la hiperestesia emocional de la joven y hay más, hay más personajes, más huéspedes en esa casa, pero eso viene luego y no se puede, no se debe revelar. [/sumario]

Lo primero fueron sus nombres, lo segundo sus obsesiones y lo tercero fue un naufragio. Un naufragio terrible, de la fragata francesa Medusa, con supervivientes que se desgarran y devoran entre ellos cuando el hambre los enloquece, con la desesperación de saberse víctima y verdugo al mismo tiempo pero no poder hacer nada para evitarlo porque el hambre, el frío, la noche, la locura y el miedo, el miedo clavado en los ojos de los que se miran entre ellos. Después: una promesa, un juramento, una amenaza.

Lo primero fueron sus nombres, lo segundo sus obsesiones, lo tercero un naufragio y lo cuarto son Los cantos del retorno, de los que no, tampoco se debe hablar para no desvelar lo desconocido a quienes aún no quieren saberlo. Por eso tampoco se debería hablar de las dimensiones del mar, del océano, mejor imaginémoslo eterno, porque en el momento que se habla, en el momento que se nombran sus límites, el mar, el océano pierde su profunda inmensidad.

—Igual que el silencio —despertó Él, justo a tiempo para cerrar la sombrilla, inútil desde hacía horas en las que el sol había abandonado al cielo, a tiempo para ayudarle a sacudir y doblar su nostalgia prematura.
—El sol ha abandonado al cielo, el cielo abandonado…
—El último tren es a las once —le recuerda mientras golpetea con el dedo índice el hombro de Ella.
—El cielo también es infinito —responde mientras deja que Él le coloque un mechón desobediente tras la oreja derecha, la otra mano sujetando su cuello, entonces cierra los ojos y es en ese momento, apenas en ese instante, cuando lo comprende todo: el océano, el mar, el silencio, el cielo, lo infinito, lo mismo que una ola.