Los verdugos cuentan las perforaciones. La noche avanza sin contratiempos y la media luna es un foco débil que ilumina apenas el campo sin orillas, un llano estático y despojado al que le han quitado todo artificio. Ese rasgo intercambiable de la geografía en la que se mueven no les permite nunca recordar dónde lo han hecho la última vez. Se han acostumbrado a vivirlo todo como un comienzo perpetuo.

Contar las perforaciones es la parte más fastidiosa del procedimiento. Hoy le han dejado disparar al novato, pero también lo hacen contar. Al caer, el cuerpo hizo una rara contorsión y el torso y las piernas quedaron en sentido opuesto; el torso de espaldas al cielo y a la media luna. De una patada, el novato pone al cuerpo boca arriba. Comete un primer error, probablemente el único: si la metralla entró por la espalda, convenía invertir la posición de las piernas, no la del torso. Eso hace pero ahora la patada no va a alcanzar, según parece concluir tras calcular la fuerza de su pie con un par de golpes en el aire. Se ayuda entonces con las manos: la derecha hace fuerza sobre el hombro derecho, la izquierda empuja desde la rodilla derecha. La maniobra —el volver atrás, la rectificación en la que tiene que incurrir— debe de avergonzarlo, porque se insulta en voz baja llamándose por su nombre de pila. Algún veterano advierte la desprolijidad, pero lo deja hacer sin decir nada. Es ansiedad, no impericia. Ha disparado bien, además, y en el grupo circula determinada expectativa.

Ayer, en la jurisdicción vecina, establecieron una nueva marca: cuarenta y cuatro perforaciones. Un número que merodea el inverosímil, pero aparentemente certificado por el reporte forense. No es habitual esperar a la confirmación del peritaje para validar el récord de turno. Como en el golf practicado entre buenos amigos, la honestidad en el registro de las estadísticas es el comportamiento transparente que todas las partes involucradas dan por descontado. Pero circunstancias extraordinarias —una marca que se ubica catorce perforaciones por encima de la anterior— desplazan la vigencia de la honorabilidad y exigen otro tipo de verificaciones. Es la primera vez que el récord cae tan cerca de casa, además, y los verdugos parecen entusiasmados con la posibilidad de que la suerte se desplace por propiedad transitiva.

Con el tiempo, se ha estandarizado cierto protocolo. Se le pide a la víctima que corra en línea recta, ofreciéndole diez segundos de gracia. Algún verdugo cuenta en voz alta y, al oír ocho, el tirador descarga sobre la víctima la ráfaga de ocasión. Puede ser, también, a la cuenta de siete; o nueve. Nunca diez, porque la víctima —lo han comprobado— se detiene y el primer disparo la derriba inevitablemente. Tampoco por debajo de seis porque sería juego sucio: la víctima está todavía demasiado cerca. El tirador dispara hasta que las dos manos de la víctima tocan el suelo: un criterio imperfecto que obliga a una atención extrema e induce al error. Aunque en ningún procedimiento hay observadores externos que actúen como contralor, el apego al protocolo se presume ampliamente generalizado. Si la víctima sobrevive a la ráfaga, el tirador interrumpe la agonía disparando sobre la nuca una última bala, que luego no cuenta como perforación.

Hoy no hubo disparo complementario. El novato cuenta las perforaciones usando como puntero un cigarrillo apagado. Los verdugos lo rodean en semicírculo y uno de ellos —Soria— habla para deshacer el silencio que se ha impuesto desde el fin de los disparos. Un par de veteranos lo adivinan anecdótico y estropean rápido la simetría del semicírculo, alejándose hacia donde han estacionado los autos que iluminan la escena con sus luces altas. Soria evoca la monotonía del procedimiento cuando el juego no existía: detener los autos sin apagar los motores, colocar a la víctima de rodillas y dispararle en la nunca con alguna pistola de calibre pequeño. Una bala, una sola bala, dice Soria y ríe alargando la carcajada que finge, pero ríe solo porque nadie finge con él.

Un par de verdugos asisten al novato por indicación de Soria. Quitan lo que queda de la camisa de la víctima y echan agua sobre la espalda para despejar la sangre y conseguir un panorama más claro de las perforaciones. El novato no habla, pero tampoco cuenta. Primero, hunde el cigarrillo apagado en alguno de los agujeros para medir la profundidad de la perforación que elige. Después, señala con el puntero una perforación en el omóplato derecho. Debajo del orificio, ha descubierto un pequeño tatuaje. Con el cigarrillo apagado ahora sobre la piel, recorre el trazo de la araña tatuada en negro: la bala pegó cerca pero el dibujo sobrevivió, intacto. Soria aplaude un par de veces para aturdir al novato y quitarlo del trance en el que ha caído. Los verdugos que lo asisten, en cuclillas junto a él, lo palmean por turnos para indicarle que lo relevan.

El novato se pone de pie y Soria lo incorpora al semicírculo. Aunque prolonga su divagación de circunstancia, parece especialmente concentrado en la apariencia casi frágil del novato en uno de los vértices. No tiene referencias precisas sobre él. Su legajo es ejemplar y esos legajos —los ejemplares— suelen ser siempre una página en blanco. No entiende por qué lo han transferido a su jurisdicción —cuatrocientos kilómetros al sur de la capital, ocho mil habitantes, víctimas de tercer y cuarto orden: uno de los muchos agujeros negros del interior. Además, acaban de comprobar que dispara extraordinariamente y a un talento así nunca se lo quitarían de encima en la ciudad; pero de la capital sólo llegan órdenes, nunca explicaciones.

Entonces, Soria cambia de preocupación. Lo inquietan ahora las cuarenta y cuatro perforaciones de la víspera y esa inquietud consigue, al fin, despertar algún interés entre los verdugos del semicírculo. Comenta lo difícil que resulta quebrar marcas en el interior: poco entrenamiento, armas deficientes y recursos escasos. Sobre todo, hay menos víctimas y los huecos temporales entre un procedimiento y otro han llegado a prolongarse durante meses. No es fácil, dice Soria: no es nada fácil.

Omite toda referencia a la estrategia que impulsa para hacer frente a la escasez: la fabricación de víctimas. Ha de suponer que el novato lo sabe porque, aunque no lo ha confesado entre los hombres de su cuadrilla, es una práctica que ha importado de la ciudad: allí también, hace algún tiempo, las víctimas mermaron dramáticamente y el mecanismo de la fabricación fue la única alternativa viable para prolongar la vigencia de los procedimientos. Incluso calcó puertas adentro de su jurisdicción la sentencia de justificación que le oyó decir al superior suyo de la capital: los errores confirman las certidumbres. Convertida en eslogan célebre dentro de la cuadrilla, la frase cuelga ahora, entre marcos, en el despacho de Soria.

Al margen del semicírculo, un verdugo instala una mesa plegable, una lámpara portátil y una máquina de escribir. Comienza a teclear. El novato, que se ha escurrido del semicírculo, lee por encima del hombro cómo el verdugo taquígrafo escribe lo que no pasó. Se atreve a señalar una debilidad en la recreación, pero el verdugo taquígrafo lo interrumpe a medio decir, sin prestarle mayor atención. Es papeleo, le responde desprogramado, sin apartar los dedos de las teclas: y al papeleo ya no lo lee nadie De los dos verdugos que relevaron al novato, sólo uno cuenta; el otro recoge los casquillos de las balas y los clasifica —la plena coincidencia de casquillos y perforaciones, además, es otro indicio para certificar el recuento. Hay un último verdugo en acción, ajeno al cónclave del semicírculo: enciende una camioneta y la conduce marcha atrás con las puertas abiertas, acercándola al cuerpo de la víctima.

Soria procura elaborar hipótesis alternativas sobre los sucesos de la jurisdicción vecina y la nueva marca, en la esperanza, tal vez, de contener la diáspora que sufre el semicírculo que ha construido alrededor de la víctima y el verdugo contador. Admite que no alcanza a explicarse qué hombre de la cuadrilla de Morello es capaz de meterle a una víctima cuarenta y cuatro perforaciones. Entre nosotros no hay talento, dice, repitiéndoles a los hombres de su cuadrilla lo que alguna vez escuchó en referencia a él. Qué poco talento tiene, le había dicho aquel superior de la capital que lo acabaría introduciendo en la estrategia de la fabricación luego de que Soria le trasladara formalmente su inquietud por la ausencia de víctimas. Soria quiso saber desde cuándo aplicaban el método de la fabricación. Y supo que, de algún modo, la estrategia había formado siempre parte de los procedimientos. Los errores confirman las certidumbres; ahora vaya y haga lo que tenga que hacer, le dijo al despedirlo el superior de la capital. Soria volvió aliviado a su jurisdicción: los procedimientos no iban a desaparecer.

Los verdugos del semicírculo copian la desconfianza de Soria y pasan revista a los implicados para intentar imaginarse algún culpable individual —el contador, Morello, el tirador. Soria, en cambio, arriesga otra transferencia súbita desde la ciudad —semejante a la del novato— como su versión más elaborada. Y agrega poco más, aunque insiste con su hipótesis: no hay en la cuadrilla de Morello hombre capaz de semejante proeza.

Veintinueve, grita el verdugo contador —una perforación por debajo del récord que ayer quebraron los de la jurisdicción vecina. El novato asiente, marcial, pero los demás aplauden desordenados. El novato no lo sabe, pero en la cuadrilla nunca habían pasado de las dieciocho perforaciones. Gente sin talento. Soria palmea la espalda del novato, salteándose él también cualquier rigor de formas. Además, murmura su nueva obsesión: cuarenta y cuatro perforaciones.

El semicírculo se desarticula. El par de verdugos en cuclillas —el contador y el recolector— se ocupan del cuerpo de la víctima y lo transfieren a la camilla metálica que el verdugo conductor ha dejado junto a ellos. Entre los tres, luego, lo introducen en la camioneta y cierran las puertas. El verdugo taquígrafo desarma el escritorio de campaña, aunque el informe ha quedado por la mitad —y así, por la mitad, se lo extiende a Soria, que lo enrolla con desinterés para guardarlo en uno de los bolsillos traseros de su pantalón. Agrupados en un bloque compacto, los verdugos caminan hacia los autos en los que han venido.

Antes de abrir la puerta que le corresponde, Soria se clava en seco —los tacos de las botas hundidos de pronto en la tierra húmeda; un aplauso hueco que obliga a todos a voltear hacia él. Tienen que haber sido dos tiradores, dice: estos hijos de puta hicieron trampa. Y se ríe, prolongando por segunda vez la carcajada que finge en soledad y se alarga para extenderse sin obstáculos sobre el campo sin orillas. También van a olvidar dónde lo han hecho hoy, la próxima vez.