Antes del despiece, soberano lector, permíteme que gaste unas líneas en despedir de Tiro al Pato a don Pablo Esguevillas, que se nos va a montar otra sección locuela e interesante, sin duda. Aunque no disfrutaremos de vecindad Tiro-al-patistíca no puedo más que desearle lo mejor. Don Pablo, tocaremos juntos las maracas en un latin jazz Ensemble. Dicho esto, vamos al tajo.

1. Repartidas por las montañas Catskills, como restos mustios de piña en la pizza hawaiana de ayer por la noche, quedan las carcasas de una serie de complejos vacacionales que florecieron desde mediados de la primera década del siglo veinte hasta el nefasto momento, allá por los setenta, en que viajar en avión empezó a estar al alcance de las clases medias. El más icónico de todos ellos se llamaba Grossinger’s. Era un paraíso que atendía a familias enteras huidas del calor agónico de la urbe de Nueva York, ofrecía circuitos de aguas termales, campos de golf e incluso pistas de nieve artificial; se organizaban todo tipo de actividades con monitores y las veladas culminaban con baile y orquestas en vivo (el gran Tito Puente tiene un disco llamado Cha cha whit Tito at Grossinger’s). Nos encontramos, amado lector, ante uno de los eslabones que conectan las ferias de muestras decimonónicas con Disneylandia: lugares fuera del tiempo, utopías diseñadas para contener una población flotante de ociosos abúlicos que buscan a la vez descanso y entretenimiento. Como acostumbra a suceder con todas las arcadias, no nos dimos cuenta de su magnificencia hasta que desaparecieron, o hasta que quedaron abandonadas. Así ha sido desde la Biblia, cuando Adam y  Eva perdieron la pulsera-todo-incluido del paraíso y les echaron al triste y mundanal mundo y de golpe fundaron en la humanidad la comprensión  que se habían terminado las vacaciones y que tocaba ganarse el pan en unos términos contractuales poco favorecedores.

2. La época moderna en que nos ha tocado vivir a usted y a mí, amable lector, nos permite disfrutar casi a la vez del esplendor y su ruina. Haciendo que primero valoremos un objeto y luego, en el momento de su obsolescencia, nos encariñemos con él. Es una forma de relación curiosa para con el mundo, que presupone un grado muy bajo de sentimentalismo, sobre todo si no se quiere sufrir. Y como tanto usted como yo tenemos sentimentalismo para dar, vender, regalar y hasta reciclar, no le recomiendo que lea libros sobre el actual estado de los resorts de las Catskills. Mirando las imágenes de uno de ellos: Grossinger’s city of refuge and Illusion, uno acaba llorando por lo que fue, por lo que es y por lo que podría haber sido, uno se imagina a sí mismo allí de niño, correteando entre viejas que fuman cigarrillos mentolados y observando con incredulidad los tatuajes que asoman en los antebrazos de los cocineros, recibiendo besos de madres que huelen a coctel exótico, aprendiendo los pasos de los bailes de moda, o descubriendo las primeras lecciones sobre anatomía comparada entre sexos mientras reseguimos las marcas blancas que dejan los bañadores. Aquí no se trata de recrear ninguna experiencia ballardiana del no-lugar, ni memeces por el estilo. Se trata de disfrutar de la nostalgia del esplendor, aunque sea un esplendor falso, kitsch y de papel maché; hubo un lugar, solo que se fue. Llorar un pasado peor es una de las grandes gimnasias de nuestro tiempo. Platón derramaba lágrimas por la Atenas de Pericles, pues veía en ella una autenticidad perdida. Nosotros, afable lector, nos conformamos con una pena de segundo orden, que se concentra en lugares sin especial relumbre moral, sin ni siquiera visos de edad de oro; lugares que fueron epígonos de la vulgaridad más tremenda, que fueron comunes y corrientes, y que devinieron míticos por otras razones: la principal de ellas es que solo nos queda su ruina para recordarnos que el presente no es eterno, que es la aburrida antesala de dentista del pasado.

3. Grossinger’s, empero, fue especial. Quizá no destacó por su arquitectura ni fue nido de poetas malditos ni vio nacer a nadie importante ni se firmó, en definitiva, ningún tratado en su sala de actos; pero para una gran masa de población fue el paraíso. Esa gran masa fue la población judía. En una época donde los establecimientos hoteleros no eran receptivos al pueblo elegido de Dios, Grossinger’s y el resto de complejos vacacionales de las Catskills abrieron sus puertas, sus brazos y sus cocinas Kosher a todos los Singer y los Shemets, los Gursky, los Mitelpunkt, los Avivi y los Kiriaty, que llegaron con sus mareas de yarmulkes, sus recetarios salvados de progroms rusos, sus maldiciones masticadas en yiddish, y su manía de probar la comida del vecino; y la jugada les salió redonda. Incluso se puede encontrar publicidad sobre recepciones de Bar Mitzvah publicadas en prensa directamente en hebreo, con fotos de rabinos mirando a cámara como estrellas del rocanrol que prometen ritmo y swing para sus recitados de la Torá. Grossinger’s significaba además una oportunidad dorada para la juventud judía, aunque el mensaje no apareciera explícitamente en los folletos, el boca oreja era claro: vente para aquí si quieres conocer a un buen chico judío y así evitas casarte con el primo Alter; vente para aquí y no te casaran con la prima Esther; vente y a lo mejor no acabas con el hijo fofo y granudo del socio de tu padre; o al menos, ven y te aseguramos nueve noches de pasión con un camarero fornido, que harán más llevadera la vida con el hijo del rabino de tu sinagoga y su perpetuo olor a col hervida y arenque encurtido.

4. El otro día estaba yo en una barbacoa discutiendo de magia egipcia (no es algo que me sucede tan a menudo), y me explicaron la teoría detrás de la maldición faraónica, permítame el apunte: se requería un mago poderoso que recitaba conjuros en cadena, día tras día, para cargar de poder un lugar funerario y así hacer caer de golpe los peores poderes sobre el incauto que profanara la tumba. Si existe una teoría de la maldición, podemos establecer una teoría de la bendición: se requiere un narrador poderoso, o un grupo de ellos, que escriban sobre un lugar, día tras día, año tras año, para hacer que, cuando leamos sobre él, caiga sobre nosotros, pobres incautos, su poder beatífico. Grossinger’s tiene un verdadero conclave de narradores cargando de poder sus abandonadas instalaciones; apuntamos una lista, incompleta, de ellos: con el número uno concurre Will Eisner en su gran Contrato con Dios, un canto melancólico al descubrimiento del amor y el sexo durante un verano en las Catskills, aquí Grossinger’s se llama Grossman’s y se nos presenta aún lejos de su esplendor, pero lleno de su significado; con el número dos llega Art Spiegelman con Maus, para mostrarnos las Catskills en los primeros ochenta a través del retrato de su padre, superviviente de Auswitch, un retrato de paz, cierta decadencia y cartones de bingo; llegamos al número tres con Thomas Pynchon y V., donde narra un episodio de amor de verano, de nuevo, entre una rica heredera y Benny Profane, el hombre yo-yo, aquí destaca el retrato del comedor decorado con banderas sionistas y a los veraneantes bailando el Dirty Boogi (por cierto, aquí Grosinger’s se llama Scholzthauser’s); en el número cuatro hay que mencionar a Jonathan Ames y su Despierte, señor!, un hilarante retrato de un resort rescatado de la ruina, reformado como centro de artistas, en medio de una Catskills que parecen post apocalípticas; y coronando esta lista, con el número cinco, el más efectivo de los conjuros: Dirty Dancing, una historia de amor prohibido y sudoroso a ritmo de proto perreo, una auténtica delicia, amable lector, que yo imagino protagonizada por un médium que pasea por las ruinas de Grossinger’s (en el film Kellerman’s) y contempla escenas de fantasmagórica felicidad protagonizadas por espectros, parientes de los que pueblan el hotel de El resplandor. Conjuros que cargan lugares de poder, ventanas al paraíso perdido del verano eterno del amor, que nos permiten imaginarnos allí, con tupés imposibles y camisas de bolos, persiguiendo a Judit, a Anna, fumando Camel por prescripción facultativa, aprendiendo a bailar el cha cha cha con el gran Tito Puente, y sin perder el tiempo en hacernos fotos y colgarlas en Instagram.

Post Data: Justo al dar por terminada esta entrega de Tiro al Pato ha llegado a mi conocimiento que las montañas Catskills son el hogar de Rip Van Winkle, el hombre que, poción mágica mediante, durmió veinte años en un bosque perdido entre las montañas. Mejor santo patrón del resort no puede encontrarse. A él, representante de la larguísima tradición de gente que duerme durante largo tiempo, nos encomendamos: que la bella durmiente, los siete durmientes de Éfeso, los durmientes suspendidos de Ulises 31, Fry de Futurama, los protagonistas de Ubik, el Capitán América y Rip Van Winkle nos concedan un lugar fuera del espacio y lejos del tiempo donde nuestras ensoñaciones vivan felices y coman en bufets libres.