Sección Corbata (II)

—Un par de papeles plegados que llevaba ocultos en un doble fondo de la maleta, varias fotografías, las notas de mi primer viaje a Subotica, un cuaderno pequeño con aforismos de escritores por los que siento gran admiración y dos cartas de D.K. Es lo único que pude conservar de aquellos años, además del recuerdo que ahora comienza a emborronarse como si alguien desde la distancia estuviera garabateando sobre mi memoria.

El resto, el resto de documentos, fue destruido. Ellos los destruyeron. Arrancaron las páginas delante de mis ojos, ignorando cualquier tipo de súplica: aún veo la cara de Gerard, sus dedos embutidos arrugaban los párrafos y descuartizaban las libretas, una a una, más de diez años de mi vida, deleitándose con los desgarros de mi escritura, de mi trabajo, mi esfuerzo, mis emociones, riéndose todos como hienas, mis manos atadas: ni siquiera podía implorarles. Me patearon el estómago y caí de rodillas frente a ellos. Me obligaron a mirar la destrucción tirándome de los pelos hacia atrás. Quemaron cualquier migaja de historia que hubiera podido recuperar con la unión de los pedazos y, tras la humillación, se marcharon dejándome en medio de la desolación más absoluta. No sé cómo me localizaron, no sé cómo pudieron entrar en la casa. Probablemente me seguían desde hacía tiempo. Nunca más volví a verlos. Ni siquiera la frustración y el deseo de justicia que, de un modo persistente, ha atormentado durante estos últimos años mi ánimo, me han motivado jamás a buscarlos. ¿De qué hubiera servido? Ver de nuevo sus rostros no hubiera hecho más que intensificar el odio y la frustración. La venganza es inútil. Solo me quedan varias frases, un libro y estas fotografías con las que, quizás, si tú me ayudas, podamos recuperar aquella parte de mi vida. Eso es lo único que me importa ahora.

Necesito respirar, hija.

(Silencio cuarteado: el sofoco aprieta la tráquea y el silbido del aire, al atravesarla, anuncia un nuevo ataque de tos que arañará los castigados alveolos, microfisuras que sangran más allá de la conciencia).

Berta miraba a su padre. Las lágrimas le quemaban las mejillas desde hacía rato, su boca se refugiaba detrás del jersey, subido hasta la altura de las orejas para ocultar los espasmos de sus labios que la voz entumecida de Martín Balbuena le producían.

—Siento tener que contártelo así, sin más sutileza que la que mi voz de viejo me permite, pero las historias ya son lo suficientemente subjetivas como para que, además, ocultemos los hechos que aún podemos rememorar sin temor al engaño. El pasado no existe, ya no duele, lo ocurrido siempre permanecerá en un tiempo remoto y lo único que se combate al recuperarlo es la incapacidad de olvidar.

El hombre le indicó con un movimiento rápido de la cabeza dónde se encontraban esos folios, esas páginas manuscritas, pulcramente dobladas y guardadas dentro de un cajón de madera junto a recortes de periódicos, cartas sin abrir, cartas casi transparentes de tan manoseadas, tarjetas de visita, cajas de cerillas sin usar, fotografías manipuladas con rotulador y otros vestigios de una búsqueda que, Berta no se atrevía siquiera a pensarlo, no tenía aparentemente ningún sentido.

La hija de Martín Balbuena anotaba las frases que, entre las profundas respiraciones del hombre, iban reconstruyendo los viajes, las anécdotas, los comentarios, las pistas que lo llevaron hasta Carter, un hombre, un apellido que, desde que su joven mente recordaba, había visto en sobres, manuscritos y paquetes que enseguida desaparecían porque, nada más recibirlos, su padre los agarraba, los apretaba fuerte contra el pecho, como si se trataran de valiosos objetos, tesoros llegados desde los más inaccesibles lugares, y se encerraba con ellos en su habitación para examinarlos del mismo modo que los enamorados leen y releen las cartas de sus amantes. Lo que Berta no sabía, en el momento de iniciar la transcripción, era que aquel mismo apellido, aquel hombre misterioso, iba a penetrar en su vida del mismo modo que lo había hecho en la de su padre, otrora un reputado historiador, y jubilado de la gente y del tiempo desde hacía cinco años.

Ese hombre, el Carter que yo conocí, temblaba. Estoy seguro de que se estremecía, sus manos agitaban el vaso cada vez que se lo aproximaba a los labios y en más de una ocasión presentí que el líquido acabaría en su pecho. Temblaba. Sí, nadie puede negarme eso. Temblaba y el temblor era su gesto distintivo, su marca, su señal. Así me lo habían corroborado decenas de fuentes, incluido D.K. cuando por fin nos conocimos, en persona, en Belgrado, tras varios meses de persecución consentida, de años de acoso epistolar amigablemente consensuado. Le debo tanto a D.K. Pero luego te cuento eso.

Era agosto, eso sí lo recuerdo perfectamente, era el mes de agosto cuando Carter y yo nos encontramos por segunda vez, después de una primera coincidencia fortuita en un pequeño pueblo de Vojvodina, y en esta segunda entrevista mis dudas, al menos temporalmente, se disolvieron por completo gracias a ese temblor de ningún modo fingido. Quedamos en una terraza de la Piazza del Popolo, de Ravena, era agosto, en Italia, y su estremecimiento no se debía al frío. No, no era de frío. Hacía calor, mucho calor.

Me ahogo, hija.

Berta se acercó a su padre, le ofreció un trago de agua, pero el hombre lo rechazaba como si fuera un niño pequeño al que obligan a comer puré de guisantes. El agua era para los peces, mejor whisky, allí, en el armario hay una botella, sí, ya sé que sabes, hija, para el tiempo que me queda, no seas tacaña, un poco más. Ah, así sí. Gracias.

—Recuerdo, eso también lo recuerdo, que su frente se perlaba enseguida y usaba, para secarse el sudor, un pañuelo azul turquesa que, pese a la extravagancia del color, no desentonaba con su personalidad y me atrevería a decir que incluso le daba un toque de sofisticación muy divertido. Fumaba mucho: si con la mano izquierda se esmeraba en no volcar el tinto de su copa cada vez que se le antojaba un sorbo y, con esa misma mano, alternaba la bebida con el pañuelo para evitar que se le empapara el cuello de su camisa, con la derecha siempre sujetaba un cigarrillo de la marca Simphonia. Es un vicio execrable, me decía al retirar de los labios sus dedos temblorosos y anaranjados. Detestaba el hábito, el olor, el sabor, tanto como lamentaba haber iniciado a otros muchos en aquella adicción a la nicotina porque fue él, según me dijo, quien le ofreció su primer cigarrillo al joven Danilo K., cuando se conocieron en una de las reuniones del consejo editorial de la revista Vidici, al que el escritor yugoslavo perteneció hasta 1960 y a la que Carter, decía, fue invitado en más de una ocasión.

—Danilo, me decía Carter, estaba siempre nervioso, lo que se podía malinterpretar como irascibilidad, especialmente si se le llevaba la contraria en sus opiniones literarias. Se tomaba muy en serio su trabajo y ya por aquellos años había empezado a escribir su primera novela. Una tarde, en un café, mientras conversaban sobre la Historia universal de la infamia de Borges, recién leída por el joven escritor, Carter le ofreció un cigarro para que se calmara, porque así los usaba él, como si cada bocanada de humo expelida arrastrara los nervios y las angustias, y así fue, de la forma más inocente y tonta que uno puede imaginar, como el joven Danilo comenzó a fumar. Mea culpa, repetía cabeceando. Dice que le recomendó hacerlo despacio, disfrutando de cada sorbo que le diera al cigarrillo; aquello, le prometió, le ayudaría a concentrarse en las noches de insomnio: todos sufrimos el insomnio, Marton, y todos sabemos lo desesperado que uno puede sentirse al no poder detener el torbellino que se desata en la mente cuando el sueño no llega para aplacarlo, se justificaba.

Cuando nos despedimos aquella tarde, nuestro contacto se redujo a una correspondencia más o menos fluida que, sin embargo, nunca me permitió deshacerme de ese pequeño pinchazo por el que poco a poco se escapa la satisfacción de la que te hablaba al principio. Hija, de nuevo me ahogo. Lléname el vaso, por favor.

La tarde avanzaba en la casa de los Balbuena, si bien solo los relojes advertían el paso del tiempo, perfectamente ajustados a las oscilaciones del isótopo 133 del átomo de cesio. Nunca nadie los programó para medir otro tipo de tiempo. Por la ventana entraba la oscuridad de la noche y las voces de los niños se habían apagado para dejar paso a los gritos de quienes no entienden de horarios ni respetan el descanso del vecino porque nunca, probablemente, han paladeado el silencio. El silencio absoluto.

—Papá, dejémoslo hasta mañana. Ahora necesitas descansar.

—Mañana es un tiempo imposible para quienes respiramos con tanta dificultad. Mañana quizás me haya olvidado de cómo hacerlo o, mucho me temo, me haya cansado de hacerlo. Mejor sigamos hoy, hasta que los tendones de tus manos aguanten las palabras de este pobre viejo, hazme ese favor, ¿sí? Come algo, relájate el tiempo que necesites y vuelve cuando estés preparada para seguir con la historia. Yo, mientras, intentaré desenmarañar nombres y fechas para que esto vaya adoptando un poco de coherencia.

Davidovich, gritó de repente el hombre. Davidovich, Davidovich, Davidovich, repetía con una respiración hecha jirones. Berta escupió sobre el plato el trozo de tomate que acababa de morder y corrió hacia la habitación en la que su padre había permanecido, obligado por la enfermedad, durante los últimos cinco meses. El cansancio lo había derrotado y eran sus sueños quienes se rebelaban en forma de imágenes y palabras. Acariciándole la cara, la joven lo despertó, tranquilizándole, recordándole que todo había acabado, que había sido una pesadilla, que ya estaba en casa, Tranquilo, papá, ya ha pasado todo, ellos no vendrán, yo estoy contigo, yo te protegeré.

Desdobló uno de los papeles y encontró una carta dirigida a Danilo K., con la respuesta manuscrita en el reverso de la página. En ella, su padre interrogaba en francés sobre el protagonista de uno de los relatos que el escritor serbio había publicado a mediados de los setenta:

«… le ruego que no se moleste si mi carta le parece un atrevimiento, en ningún momento pretendo infravalorar su creatividad ni su estilo literario: sus textos me parecen impecables y celebro la existencia de escritores como usted que revitalizan el arte literario de una manera tan extraordinaria. Le escribo porque tengo razones, basadas en varios años de ardua investigación histórica, para pensar que la creación de uno de sus personajes está inspirada en la vida de una persona real, un hombre a quien, por motivos que en otra ocasión podría detallarle y prometo que lo haré en próximas —y, confío, prontas— comunicaciones, busco encarecidamente desde hace varios años. Si es así, si me confirma mis sospechas sobre su existencia, sería usted una pieza clave en mi trabajo, en mi vida, en la Historia, porque quizás, si consigo convencerle de la importancia que esa persona tiene para la investigación que desarrollo, quizás, insisto, podría ponerme en contacto con ella o, al menos, indicarme cómo podría localizarla. Le agradezco de antemano su atención. Cordialmente, Martín Balbuena».

En el reverso, con una letra cuidada y perfectamente legible, también en el idioma galo:

«Querido Martín, no me molesto por su insinuación. La ficción siempre está basada en la realidad y, por tanto, no interpreto como insulto que sugiera que la vida de Boris Davidovich podría estar inspirada en una persona real. Por supuesto que lo está. Sin embargo, no quisiera darle detalles sobre su verdadera identidad ya que, como usted entenderá, me siento comprometido moralmente a preservar su intimidad y el correo no es, desde hace años, un medio seguro para estos intercambios informativos. En marzo visitaré durante un par de semanas Kerkabarabas, el pueblo de mi familia paterna. Estaré encantado de recibirlo allí si el desplazamiento le resulta posible. Le dejaré un mensaje en la oficina de correos con mis señas. Saludos cordiales, Danilo K.».

La otra carta era mucho más extensa y estaba escrita a máquina por el serbio. Tras leerla pudo intuir la pregunta de su padre, la ansiedad que sentía por despejar las incógnitas sobre aquel personaje, cuya existencia tan solo había confirmado con palabras, y que le seguían despertando en medio de la noche. Comprendió que la búsqueda había quedado incompleta, que aquel encuentro entre Carter y Martín Balbuena fue solo el principio de un camino que ella tendría que completar. Se lo debía a su madre, a su padre y a ella misma. En la respuesta del serbio subrayó tres datos: una fecha: 1938; un lugar: Montana; un nombre: Robert Jordan.

Continuará.