Sección Corbata III

Mi casa es tan grande
que no la imaginarían
ni los ciegos
Hugo De Sanctis

Al parecer, Martín Balbuena había iniciado, quién sabe cuándo, una investigación que tenía que ver con la instauración de una colonia anarquista en Paraguay en la que estaba involucrado Macedonio Fernández, a quien Balbuena admiraba y sobre quien había escrito numerosas páginas, entre ellas, la crónica de un encuentro en el que Macedonio le explicó el asunto de la colonia anarquista.

Esto lo había descifrado Asdrúbal Pedro, el Aprendiz, cuando abrió el sobre amarillo que al parecer le había enviado Martín Balbuena. Semanas o meses después de la desaparición de Stepanov, cuando sucedieron los misteriosos hechos de la calle Estrella, Asdrúbal Pedro, que lo presenció todo, recibió el primer sobre. A partir de entonces llegaba a su casa cada tanto tiempo un nuevo paquete, y comenzó a configurar tanto la historia de Balbuena como la de aquel personaje escurridizo llamado Carter. En el camino, sin embargo, había un censo de personajes más que abundante.

No supo, al principio, por qué y cómo fue que Martín Balbuena comenzó a enviarle aquellas largas cartas llenas de notas, fotografías, recortes de periódicos, genealogías extrañas. Tampoco se puso a pensar demasiado en cómo dio con él: Asdrúbal Pedro conocía, por referencia, la relación entre Balbuena y Stepanov, pero nada indicaba que él pudiera terciar en aquello de alguna manera. Y sin embargo, las cartas seguían llegando.

Como le gustaban los mapas, hábito que había adquirido gracias a Stepanov, Asdrúbal Pedro comenzó a trazar el orden de los papeles como si se tratara de un viaje, como un periplo que cobra forma en las paredes de la casa, aprovechando los portarretratos, las grietas del yeso, los clavos abandonados, las ventanas. Lo primero fue, así lo decidió el Aprendiz, aunque tomarlo como eje faltara a la cronología básica, la fundación de la colonia anarquista en Paraguay, donde alguna vez participó el escritor argentino Macedonio Fernández.

Los resúmenes históricos de aquel suceso, encontrados en la prensa, en cartas o en algunas biografías de los participantes, explican que un grupo de intelectuales argentinos se plantearon la fundación de una colonia anarquista en el Paraguay, a finales del siglo XIX, en los terrenos de cultivo que eran propiedad de la familia de Julio Molina y Vieda, uno de los integrantes del grupo junto a Arturo Muscari, Jorge Guillermo Borges y el propio Macedonio Fernández. Los datos son escasos, pero la investigación llevó a Balbuena hacia un nombre más: Alceste De Ambris.

De Ambris nació el mismo año que Macedonio Fernández, curiosidad, a decir de Balbuena, que agradaba al porteño. Se conocieron, según cartas que referenciaba el historiador y que no incluía entre el montón de documentos enviados al Aprendiz, entre Arturo Muscari y Guillermo Borges, durante la época de la colonia anarquista. En aquel tiempo tenían 24 años, y De Ambris se había exiliado primero en Francia y luego en Brasil debido a las represiones antisocialistas del gobierno italiano. Durante su estancia en Sao Paulo trató de establecer contacto con grupos afines a sus ideas y por un azar conoció al sindicalista portugués, exiliado también en Brasil, de nombre Antonio Sanabria Reis. Fue él quien lo puso en conocimiento de una serie de proyectos de colonias socialistas y anarquistas que comenzaban a tener auge entre los hijos educados de aristócratas latinoamericanos. Uno de los proyectos de los que Sanabria Reis le habló era la colonia anarquista establecida en Paraguay.

De Ambris viajó al Paraguay porque era el único proyecto más o menos establecido por aquel entonces: el resto apenas comenzaban a planificarse, y decidió partir hacia allá acompañado de Sanabria Reis. Al llegar, luego de días de viaje atravesando una selva prehistórica, encontraron que la colonia no era otra cosa que tres hombres viviendo en una casa, fumando y leyendo, discutiendo ideas y hechos que les quedaban muy lejos como para poder incidir en ellas de alguna manera. Guillermo Borges, en pleno enamoramiento con Leonor Acevedo, no emprendió el viaje hacia la colonia. De Ambris se decepcionó, pero Sanabria Reis, que era un excelente orador, contagió a todos de una esperanza imposible, de una voluntad implacable, y los animó a perseverar en el intento: se paró sobre un tocón que usaban como mesa para jugar al ajedrez, con la cuadrícula pintada sobre las circunferencias que marcaban la edad a la que murió el árbol, y comenzó un discurso que, según las referencias de Balbuena, duró casi una hora.

Al amanecer, según cuenta Balbuena, Sanabria Reis y Alceste De Ambris partieron de vuelta a Brasil. La esperanza de la colonia anarquista se esfumó, y los argentinos volvieron a su país. Pero la historia de Balbuena no siguió a Macedonio, ni se acabó ahí, sino que fue tras el rastro de De Ambris que volvió a Italia en barco.

¿Qué pruebas proporcionaba de esto Martín Balbuena? En una de las cartas explicaba que en los archivos de la Liga Italiana para los Derechos Humanos, organismo que hizo pública la muerte de De Ambris en 1934 en su segundo exilio francés, encontró dos ejemplares del diario socialista La montaña, publicado en Argentina, donde había algunos de los primeros textos de Macedonio Fernández. Balbuena asumió que aquellos papeles pertenecieron a De Ambirs, y que los conservó de su estancia en América.

«Quizá sea que la instauración de una colonia anarquista, comunista o como sea, se parezca mucho a la instauración de una dictadura, salvo, en todo caso, la obligación violenta de los regímenes totalitarios», escribió Balbuena, que siempre agregaba a las cartas una suerte de conclusión, de valoración final a manera de estudio histórico, como si todo aquello fueran las fuentes de una tesis doctoral que nunca escribió o que nunca terminó de escribir. Y estas palabras le sirvieron a Asdrúbal Pedro para enlazar la historia de la colonia anarquista paraguaya, como quizá le sirvió a Balbuena alguna otra cosa aún no descubierta por el Aprendiz, para llegar al intento de De Ambris por fundar un Estado libre, humanístico y esperanzador: el llamado Estado Libre de Fiume.