Sección corbata IV

Y aunque no haya hecho nada: soy un hombre.
Y aunque no haya convencido a nadie:
sigo siendo un hombre
Hugo De Sanctis

Hacia finales de la primera década del siglo XX, Alceste De Ambris conoció al poeta Gabriele D’Annunzio en el número 47 de la Piazza del Gesù, en Roma, donde tenía sede la Serenísima Gran Logia de Italia del Alam, de los antiguos masones libres. El edificio, el Palacio Cenci-Bolognetti, donde corre el viento como el Diablo, según dicen los mitos populares, albergaba primero las reuniones del partido de la Democracia Cristiana y más tarde las de la Logia del Alam. De Ambris se unió al grupo, del que ya formaba parte D’Annunzio, que ya tenía una importante agenda de contactos con individuos poderosos e influyentes, y se trabó ahí una amistad que duró varios años, pero que acabó luego del asunto del Estado Libre de Fiume.
Pasaron semanas antes de que Asdrúbal Pedro recibiera la carta en la que se explicaba el incidente de Fiume, así que trató de investigar por su cuenta. Casi no se enteró de nada. Básicamente se dedicó a buscar el rastro de Stepanov y la casa de Martín Balbuena. Quería hablar con él, pensó que sería más fácil enterarse de las cosas, pero fue por entonces cuando se enteró de la muerte del historiador. Tuvo la sensación de que la historia iba a quedar incompleta, de que la curiosidad no quedaría saciada. Fue entonces cuando pensó en Balbuena como en un gigantesco gato gordo y lechero, y se dio cuenta de que era tarde para ir al funeral o al cementerio: el entierro había sido el día anterior: Asdrúbal Pedro estaba leyendo un periódico viejo. Aún así se acercó al Cementerio Civil de la calle Leyva Solano, y buscó la tumba de Balbuena, como si quisiera cerciorarse de que en verdad había muerto, o como si quisiera corroborar la teoría del felino obeso mediante el tamaño de la tumba. Pero el sepulcro de Balbuena era un sepulcro normal, de tamaño normal, de proporciones normales, no era más ancho de lo habitual, ni más largo, ni cuadrado, y quizá hubo en el Aprendiz una especie de decepción, tanto por la improbable gordura del historiador como por la imposibilidad de completar la historia de las cartas. Semanas después, sin embargo, cuando se empezaba a decidir por el abandono del asunto, recibió otro paquete. La misma letra, la misma firma, el mismo nombre con letras mayúsculas en el frente del sobre: «Carter».

Entonces supo Asdrúbal Pedro que las cartas que contaban una historia escrita o compilada por Martín Balbuena no eran enviadas por él y no buscaban hacer su historia, sino la historia de ese tal Carter a partir de las historias de otros personajes igualmente desconocidos para el Aprendiz. ¿Quién enviaba, pues, las cartas? Podría ser Stepanov, pero no había razón para que el Mago no le dijera a Asdrúbal Pedro que se trataba de él. ¿O sí?, ¿cuál podría ser la razón de un obligado anonimato entre viejos amigos? Sin resolver ninguna de sus dudas, el Aprendiz volvió a la carga con la historia de Alceste De Ambris, la Gran Logia, D’Annunzio, y el Estado de Fiume.

Luego, en el paquete recién enviado por el desconocido remitente, Asdrúbal Pedro encontró una veintena de páginas escritas a mano y con una letra muy pequeña en la que reconoció los trazos de Balbuena, y donde el historiador explayaba una larga reflexión sobre la transmutación de las ideas desde la Carta del Carnaro en los lineamientos fundamentales del fascismo italiano. El Aprendiz se quedó dormido mientras leía aquellas páginas: le importaba la historia, no la reflexión. Pero soñó con las palabras de Balbuena en boca de Alceste De Ambris. Se despertó antes del amanecer y terminó de leer el texto del historiador. Ahí descubrió, en las últimas líneas, hacia dónde lo estaba llevando Martín Balbuena: en la escritura de la Carta de Carnaro, que fue la constitución que De Ambris escribió para el Estado Libre de Fiume, y que D’Annunzio se dio a la tarea de embellecer con su voz de poeta, había una clave importante: la música.

De Ambris compuso dos partes fundamentales de la Carta: el anarcosindicalismo a base de pequeñas corporaciones de obreros y trabajadores (pescadores, carpinteros, profesores, etc.) que tenían voz y voto en las decisiones del Estado, y la conformación de Fiume como una república democrática directa. Las nueve corporaciones fueron idea de De Ambris, un sindicalista de corazón que quizá reconoció en aquellas diferencias de oficios y necesidades las mismas diferencias de la noche poco conocida que pasó en la colonia anarquista del Paraguay. Hacia el final de la Carta el último apartado se dedica a un elemento inusitado en una constitución: el establecimiento de la música como ley fundamental del Estado de Fiume. Un rasgo único, especial, que terminaba de distinguir la voluntad humanista de De Ambris. Sin embargo, fue D’Annunzio quien agregó una décima corporación: la de los hombres supremos: los poetas, los artistas, los intelectuales. El poeta percibió que en la democracia directa que proponía De Ambris él no tenía lugar como hombre de poder: debía unirse a alguna de las corporaciones existentes y desarrollar y ejercer un oficio. Pero D’Annunzio no estaba dispuesto a ello, y creó la décima corporación, la de los Individuos Superiores. Ahí empezó la separación entre el poeta militar y el sindicalista.

Asdrúbal Pedro consideró que el asunto de los gallos de D’Annunzio era una soberana estupidez que probablemente se le ocurrió a Balbuena en algún momento de lucidez química: el historiador había muerto de cáncer y, según pudo averiguar el Aprendiz, los últimos días los pasó en el sopor inducido de los fármacos. Quizá entonces había escrito esa «última» carta donde hablaba, largamente, del odio de Gabriele D’Annunzio a los gallos. Después iba a descubrir que las cartas, que no estaban fechadas, no se correspondían en absoluto con el tiempo con el que él las relacionaba: un periodo entre la desaparición de Stepanov y la muerte de Balbuena. Las cartas, iba a descubrir más adelante, las había compuesto el historiador mucho tiempo antes, y su envío tampoco tenía ninguna correspondencia con la vida de Balbuena o con la historia del Mago, sino con una especie de plan que, eso sí, no descubriría fácilmente.

El asunto de los gallos y D’Annunzio era largo. Balbuena contaba con una fuente histórica como evidencia: una segunda edición italiana de la Carta, revisada y corregida por el poeta, en la que la imagen del canto del gallo al alba no aparecía. Pero la explicación de Balbuena era más bien especulativa, y tenía que ver con la relación que mantuvo el poeta con las actrices Eleonora Duse y Sarah Bernhardt.

La relación con Eleonora no tenía gran importancia en el asunto, salvo que D’Annunzio, en medio de una de esas rupturas constantes de su relación, se encontró en París con Sarah Bernhardt y, no se sabe si a manera de venganza a Eleonora, mantuvo una fugaz relación con la francesa, eterna rival de la italiana. Poco se sabe de la relación entre Sarah y D’Annunzio, pero Balbuena afirmaba que se trató de un tormento profundo para los dos, sobre todo para el poeta. El historiador refiere una anécdota, cuya fuente es una dudosa entrevista realizada a un lejano descendiente del fotógrafo francés Gaspard-Félix Tournachon, llamado también Nadar, quien fuera amigo de Sarah Bernhardt a la que retrató en numerosas ocasiones, incluso desnuda, en la juventud.

En medio de los revoltijos amorosos del poeta y las actrices, D’Annunzio se enteró de que al morir el marido de Bernhardt, ella misma talló en piedra un busto que adornó su sepultura. Fue entonces que el poeta, quizá en una de esas conversaciones de cama, después de hacer el amor, sincerándose, le explicó que él siempre quiso ser médico, que soñaba con gobernar Italia y que odiaba profundamente a todo aquel no fuera nacionalista de corazón, nacionalista italiano, desde luego, lo que incluía a la propia Sarah. Se dice, pues, que le pidió a ella, a quien él decía amar tanto, que se encargara de tallar un busto majestuoso para su sepultura, porque la guerra se aproximaba, la guerra siempre estaba cerca, y tenía un hondo miedo de morir en combate, vaticinando quizá aquel accidente en que perdió la vista de un ojo diez años después de aquellas noches con la actriz. Incluso, D’Annunzio consiguió entregarle a Sarah un bloque de mármol de buen tamaño para que diera forma al monumento: un enorme bloque de mármol blanco, casi sin vetas. Por aquel tiempo, Sarah Bernhardt era la estrella indiscutible del teatro y la musa fundamental de D’Annunzio, para quien él escribió, especialmente, poco después de la muerte de su marido, Jacques Aristidis Damala, la obra “Città Morta”, que Sarah interpretó estupendamente. El tiempo separó a los amantes y el poeta volvió con Eleonora Duse, rival escénica de Bernhardt. Fue entonces cuando D’Annunzio reescribió la “Città Morta” adaptándola a los requerimientos escénicos de Eleonora, que no sabía que él había escrito la pieza pensando en Sarah Bernhardt.

El estreno de la obra fue un éxito, y Eleonora se convirtió, como antes Sarah, en la musa del poeta. Pero entonces, poco antes de que terminara la primera década del siglo, Sarah escribió una carta a D’Annunzio en la que le recordaba el pacto con respecto al mausoleo y el busto que ella estaba tallando. Le dijo que ya lo había terminado y que se lo enviaría. El poeta pensó, quizá, que la relación volvía a su cauce y se planteó escribir una carta a Eleonora para dejarla y anunciarle su regreso con Sarah, pero D’Annunzio siempre fue un paso por detrás de las dos mujeres.

Saraha Berhnardt había escrito a Eleonora contándole que la “Città Morta” se había escrito originalmente para ella: le envió una copia del libreto original, fechado y dedicado por D’Annunzio, y Eleonora pudo comprobar los cambios que el escritor realizó para el texto que ella había representado ya tantas veces. El odio que había entre ellas tomaba forma en el lugar compartido del poeta, y fue a través de él que cada una ejecutó una suerte de venganza.

Aunque hasta ahí se justificaba la idea, con un embrollo quizá innecesario para Asdrúbal Pedro, de que D’Annunzio sentía una aversión por los gallos y que no habría escrito él aquella frase en la Carta del Carnaro, Balbuena, como buen historiador, continuó con la última parte del relato de la venganza de los amantes.

La carta que D’Annunzio escribió a Eleonora Duse para terminar con la relación pensando en que volvería a los brazos de Sarah Bernhardt ya había sido enviada aún antes de que el poeta recibiera la estatua del gallo y, con ella, la decepción del amor reencontrado. Terminó, por tanto, la relación con Eleonora también. No volvió el poeta a saber de ella sino hasta unos cinco años después, ya durante la guerra, cuando recibió otra caja de madera, está sí bastante grande, enviada por Eleonora.

Junto con la caja recibió una carta de la actriz, donde le hacía una retahíla de largos y antiguos reproches que quizás estaban dirigidos en parte a él y en parte a Sarah Bernhardt. Le reclamaba, según explica Balbuena, que en su carta original de ruptura señalara tantas veces la necesidad que él tenía de volver «al cuerpo y el alma de Sarah», y le decía que justamente era ella, Eleonora, quien lo ayudaría a cumplir con tal regreso. D’Annunzio debió sentir el horror más profundo cuando leyó aquellas líneas y vio la caja. Pensó en el cuerpo de Sarah, aplastado y doblado de forma inverosímil adentro de aquella caja, y se aprestó a abrirla rápidamente, como si intentara salvarla. Dentro, después del grito, encontró una larga, acartonada y pálida pierna de mujer, con los dedos, y casi el pie entero, negros y podridos por la gangrena.

En 1915 Sarah Bernhardt sufrió las largas y dolorosas consecuencias de un accidente sucedido en escena en Río de Janeiro diez años antes, y la pierna derecha tuvo que ser amputada. Se dice que un médico con aires de director de escena le ofreció una cierta cantidad de dinero para mostrar la pierna embalsamada en un acto de magia o de drama científico. Bernhardt se negó, pero fue Eleonora Duse quien, sabiendo todo aquello, apostó fuerte y compró la pierna al encargado de una funeraria que debía enterrarla según indicaciones de Sarah. La pierna, como explicó Nadar a Balbuena, acabó siendo enviada a D’Annunzio, que tal vez pudo reconocer en ella esa carne que algún día fue tibia y firme junto a su propio cuerpo.