Sección corbata V

He muerto por esto mismo muchas veces,
para que vivieran miles
Hugo De Sanctis

Perdido entre tantas digresiones, Asdrúbal Pedro no comprendía el asunto de los gallos, la música, D’Annunzio, el Estado Libre de Fiume, las dos actrices y Carter. Aquello, pensó, era puro delirio. Sin embargo, la mente de Martín Balbuena era una especie de laberinto de múltiples salidas, una suerte de entramado enloquecido que siempre llegaba a tener sentido: la clave de todo aquello era, pues, la música. La música como eje fundamental del desaparecido y breve Estado Libre de Fiume.

Para Balbuena, el apartado final de la Carta del Carnaro, dedicado a la música, no pudo haber sido escrito por D’Annunzio, que si bien era sensible a todo el arte, tuvo poco que ver en la redacción del cuerpo completo de la Carta. Pero tampoco pudo estar escrita por Alceste De Ambris, porque su dedicación política y su mente sindicalizada lo alejaban de todo arreglo estrictamente jurídico. Entonces, se preguntaba Balbuena, ¿quién incluyó a la música como elemento fundamental del Estado Libre de Fiume? La respuesta no podía darla sin otro rodeo.

Martín Balbuena había dejado la investigación a medias hasta que, tiempo después, se encontró con una referencia al Estado Libre de Fiume en torno a una micronación fundada hacia los años noventas del siglo XX en las aguas del lago Atitlán, en Guatemala, sobre una plataforma de perforación que buscaba yacimientos de gas para una compañía de la antigua Yugoslavia.

Ahí podían encontrarse algunos descendientes de croatas que a su vez fueron descendientes de aquel pedazo de tierra en la costa del Adriático que perteneció a tantos países y donde D’Annunzio y De Ambris fundaron el Estado Libre de Fiume. El nombre de aquel país casi imaginario que tenía por territorio una plataforma de excavación era «Argutendida». Balbuena viajó a Guatemala para investigar sobre el terreno aquellas informaciones. Lo primero que llamó su atención y que lo obligó a relacionar el asunto de la micronación con la Carta del Carnaro fue que también en Argutendida se contemplaba a la música como ley fundamental del Estado.

El informe que escribió Martín Balbuena es como sigue:

«Argu-te-ndida», del checo «Argos» y del albanés «la Cándida». El nombre, pues, significa «Argos, la Cándida». Se trata de una micronación al oeste de una de las desembocaduras del Usumacinta, situada en una antigua plataforma de excavación que perteneció a la ya desaparecida compañía yugoslava Novski Blaga i Pretraživanja, en uno de los extremos sur del Lago Atitlán, donde la profundidad alcanza los cuatrocientos metros. La plataforma, abandonada en 1981 tras la muerte de Tito, permaneció en desuso por un tiempo indefinido, hasta que en 1997 una expedición de la empresa Croata Svjetlo i Snaga, planeaba recuperar las instalaciones. El «presidente para toda la vida» de Argos, la Cándida, es un ex obrero de origen yugoslavo, de nombre Gradimir Obrovca, también conocido como Nesvoda, quizá una suerte de modificación de las palabras croatas «Knez» y «Voda», que significan, respectivamente, «Príncipe» y «Agua». Ningún país ha reconocido la soberanía de Argutendida. Ninguno, tampoco, la ha negado.

La expedición croata de 1997, liderada por el ingeniero Vedran Prednji, especialista en hidráulica, se encontró con que la plataforma estaba habitada por un grupo de unas veinticinco personas que los recibieron con disparos al aire cuando intentaban acercarse en una barca al perímetro de la construcción. Ante la imposibilidad de ingresar en las instalaciones, la expedición intentó establecer contacto por radio. Luego de dos días en busca de la frecuencia adecuada obtuvieron una respuesta: Gradimir Obrovca, presidente «para toda la vida» de la denominada nación Argos, la Cándida, les saludó cordialmente y les invitó a no llevar a cabo un segundo intento de acercamiento a los lindes de su «país».

Prednji, el ingeniero, trató de negociar con Obrovca, pero la conversación se cortó de inmediato. La expedición, lejos de abandonar las costas del lago, montó un campamento y esperó. Se produjeron nuevos intentos de comunicación, todos ellos fallidos. Prednji contactó con las autoridades estatales que no lograron responder ninguna de sus preguntas con respecto a los habitantes de la plataforma. Su traductor, un guatemalteco al que se conocía por el nombre de Radamel, y el apodo de «El Brujo», había sido intérprete durante el periodo de construcción de la plataforma y durante su escasa vida productiva. Una noche, cuando Prednji escribía un informe a sus superiores, El Brujo entró en su cabaña y le contó lo que sabía. Gradimir Obrovca, al que llamaban «Nesvoda», había sido uno de los obreros que llegó a la zona durante el primer año de la construcción de la plataforma. Prednji, mientras escuchaba la historia de El Brujo, requería en su informe toda la información posible del pasado de Gradimir Obrovca.

Obrovca invitó a Radamel a que se sentara. El Brujo estaba aterrado y sediento. Uno de los custodios, de pie al lado de El Brujo, le pidió que repitiera sus palabras. Radamel dijo: «Imam vijesti za princa», que significa «Tengo noticias para el Príncipe», y Obrovca soltó una risotada. Le pidió que le llamara Nesvoda, y le explicó que era el presidente de Argutendida, una nación que deseaba ser pacífica pero que siempre se veía arrojada a la violencia, «Como mi antigua patria», le dijo. Radamel le explicó al ingeniero Prednji que aquella reunión duró dos o tres horas, que le dieron de beber y de comer, y que hablaron en una mezcla de español y croata: «La lengua oficial de Argutendida», refirió Radamel que dijo Nesvoda. De lo que se habló en aquella reunión no quedó registro, pero se llegó a un acuerdo: para evitar la violencia que se precipitaba sobre todos ellos, los habitantes de Argutendida urdieron un plan con la ayuda de El Brujo. Días después, doce barcas y varios nadadores arribaron a las orillas de la plataforma. No hubo disparos de advertencia ni voces provenientes de la construcción. Subieron y recorrieron los rincones del edificio. A la luz del día El Brujo vio que la plataforma no era tan grande y que seguramente lo hicieron caminar de un lado a otro, con los ojos vendados, para cansarlo: «Una vieja táctica de los maestros de interrogación», le dijo el ingeniero Prednji, que también tenía su propio pasado. Buscaron por todos los rincones y no encontraron a nadie. La confusión reinaba entre los pobladores de la orilla del lago. Luego de registrar el lugar, el alboroto y el ánimo decayeron, y surgieron dudas en torno a los hechos sucedidos días antes, los heridos, los disparos. Abandonaron la plataforma y no volvieron a ella. Por la noche, explicó El Brujo, volvió solo y rebuscó entre los sótanos una puerta que parecía estar cerrada desde siglos antes. Adentro estaban todos los habitantes de Argutendida.

Nesvoda agradeció a El Brujo la ayuda para que aquella joven nación permaneciera en la ocultancia y le otorgó la nacionalidad y lo nombró consejero oficial del Príncipe. La paz subsistió hasta que, un día, apareció la expedición de Prednji.

En su viaje a Guatemala, Balbuena pudo conocer a algunos de los antiguos pobladores de la costa del Atitlán que todavía recordaban el incendio y los extraños incidentes con la plataforma. Sacó la información de algunos de ellos y de una colega, historiadora aficionada, que tenía una especial predilección por el asunto de las micronaciones. Fue a través de aquella mujer, Patricia Bernabé, que conocía también el caso del Estado Libre de Fiume, que descubrió la relación entre los dos «países»: la música.

Podría ser, escribió Balbuena, que a dos personas diferentes, en épocas y condiciones diferentes, se les ocurriera establecer como ley fundamental del orden de un Estado, a la música, o podría ser que aquello se tratara, si no de la misma persona, de una voluntad comunicada o heredada por afiliación. Martín Balbuena pensaba que aquello tenía que ver con Carter.

Los informes que situaban a Carter en la zona de los Balcanes a finales de los años ochentas y la posibilidad inferida por D.K. en torno a un supuesto viaje de Carter hacia Centroamérica orillaban a pensar a Balbuena que Carter había llegado a Guatemala con la compañía excavadora Novski Blaga i Pretraživanja. ¿Por qué?, porque Balbuena había encontrado, en todas sus investigaciones, una estrecha relación de Carter con la música. Por ejemplo, la fotografía que estuvo en poder de Guillaume Nadar, con aquel extraño grupo de músicos; o la mención que D.K. hacía constantemente sobre el departamento de Carter en Mont Martre, donde siempre había música distinta en cada habitación; o incluso la historia, narrada por el Mago Stepanov, que una vez inoculado por el vicio de la búsqueda de Carter, descubrió un documento firmado por el personaje en cuestión, que detallaba la posibilidad de alcanzar un estado de conciencia superior, o de hipnosis, o de transmigración espiritual o de memoria profunda de otras vidas mediante la continua escucha de una serie de sinfonías maestras en un orden determinado. En sus notas, Balbuena daba poco crédito a la teoría de Stepanov porque nunca quiso, o nunca pudo, mostrarle el manuscrito.

Patricia Bernabé le contó a Balbuena que desde Agros, la Cándida, cada mañana, en el momento justo en que salía el sol, se emitía por una frecuencia de radio una sonata de Domenico Scarlatti conocida como la «Fuga del gato», compuesta para ser tocada con un clavicémbalo, ese monstruo de las cuerdas y la intensidad. Balbuena no era ni remotamente hábil en la historia de la música, pero cuando Bernabé le explicó la historia del nombre de la pieza, supo que estaba frente a un acto necesariamente perpetrado por Carter. Scarlatti llamó a la composición «Sonata en sol menor K», pero adoptó el curioso nombre según el mito de la creación de los primeros tres acordes, que tocó Pulcinella, el gato de Scarlatti, al caminar por encima del teclado. El compositor tomó aquello como el comienzo de la pieza, y siglos después el nombre adoptivo se hizo famoso.

Para Balbuena aquello era otra prueba más de que Carter tenía algo que ver con la fundación de Argos, la Cándida: hay numerosas informaciones recolectadas por el historiador del amor de Carter por los gatos. Para Asdrúbal Pedro todo aquello no era más que locura, delirio, una concatenación de historias inconexas que Balbuena iba uniendo como si tejiera una ficción que no lograba sostenerse sino a través de un tenue hilo de especulaciones y datos bibliográficos innecesarios. Pero la narración del viaje de Balbuena a Guatemala y las conversaciones y entrevistas con Patricia Bernabé quedaban incompletas en las cartas porque de pronto, y sin previo aviso, el historiador centraba su atención en un punto temporal cercano, quizá demasiado cercano, que aparentemente nada tenía que ver ni con la colonia anarquista del Paraguay, ni con el Estado Libre de Fiume, ni con el país independiente de Argutendida: una marcha del sindicato de profesores que tuvo lugar apenas unas semanas antes de la muerte de Balbuena.

El Aprendiz recordaba los hechos, los conocía a través de la prensa: algo tenía que ver con reformas laborales no agraciadas, o con recortes del presupuesto o con fraudes electorales, cosas típicas del País, pero los archivos en las cartas de Martín Balbuena se centraban en una serie de fotografías tomadas durante el desalojo por parte de la Policía Federal de la Plaza Mayor donde acampaban los manifestantes. Entre los golpes y los gritos mudos retratados por la cámara, Martín Balbuena prestó atención a una fotografía en particular y a un fragmento de una de las crónicas periodísticas publicadas en el periódico local. Entre la marabunta erizada se elevaban pancartas y banderas, puños en alto, palos, y en una de las esquinas de la escena fotografiada Balbuena encerró en un círculo una pancarta, cuyo dueño no alcanzaba a distinguirse entre el ramal de brazos levantados, y que decía, claramente: «Cada mil o dos mil años renace del alma de un pueblo un himno inmortal». En la crónica, fotocopiada en blanco y negro, Balbuena había subrayado la declaración de uno de los manifestantes cuyo nombre no apareció citado por el reportero: «Nuestro gremio es pacífico pero siempre se ve arrojado a la violencia».

Asdrúbal Pedro no supo descifrar al principio por qué Balbuena había señalado aquellas palabras en la fotografía y en la crónica, y por qué había abandonado, aparentemente, los casos de Argutendida y Fiume. Sin embargo, las palabras le sonaban vagamente conocidas. Repasó las notas, las cartas, y se echó hacia atrás en el tiempo hasta que volvió, a fuerza de memoria, a las tierras lejanas y olvidadas del Estado Libre de Fiume: aquellas palabras de la pancarta, cuyo dueño invisible levantaba entre la multitud, estaban escritas en la Carta del Carnaro. Más tarde descubrió, o reconoció, que las palabras subrayadas en la crónica periodística eran muy parecidas a las palabras con que Gradimir Obrovca, también llamado Nesvoda, el presidente para toda la vida de la pequeña nación Argos, la Cándida, había recibido a Radamel, conocido como El Brujo.

No sabía el Aprendiz cómo interpretar aquello. En primer término le pareció que estaba siendo víctima de la misma paranoia que Balbuena y el Mago Stepanov. Una paranoia que los obligaba a ver a un personaje que se movía de un lado a otro y, para mayor extrañamiento, de una época a otra sin apegarse de ninguna manera a las leyes de la naturaleza: desde principios del siglo XX hasta principios del XXI siendo adulto en ambos momentos. Y sin embargo, hizo lo que los otros hicieron, o lo que él creyó que hubieran hecho: buscó las noticias sobre la marcha de los profesores y recordó que aquella manifestación había sido disuelta violentamente: hubo heridos, corrretizas, arrestos. Lo importante: entre los arrestos, el más sonado fue el de un fotógrafo aficionado, trabajador de la Oficina de Correos del Estado, a quien se detuvo porque se le acusó de que la cámara fotográfica era un arma arrojadiza. Buscó más información sobre aquel individuo y encontró que varias organizaciones de profesores, el sindicato mismo, algunas sociedades de periodistas y fotógrafos exigían a través de distintos medios su liberación inmediata, que hasta entonces seguía en suspenso. Revisando diversas fuentes de información, Asdrúbal Pedro encontró algunas fotografías en las que aquel sujeto, un hombre de unos cincuenta años, aparentemente gris y sin notoriedad, aparecía con su cámara cerca de la pancarta que Martín Balbuena había señalado y que consignaba uno de los enunciados de la Carta del Carnaro. El Aprendiz decidió que debía encontrar a aquel tipo, que eso, quizá, era lo que estaba haciendo Martín Balbuena poco antes de morir.

Muchos de los manifestantes arrestados durante las marchas y el desalojo ya habían sido liberados, sólo quedaban algunos cuantos a los que se les imputaban cargos mayores, y entre ellos estaba Salvador Gimeno, el fotógrafo aficionado trabajador de la Oficina de Correos. Asdrúbal Pedro le hizo una visita en la cárcel.

En una sala sin ventanas, con un puñado de mesas y sillas mal repartidas aquí y allá, los presos recibían las visitas de sus familiares y de sus abogados. La pintura de las paredes ofrecía la historia del local: primero blanco, luego verde, luego azul, luego otra vez verde, y así sucesivamente se revelaban varias capas descascaradas de pintura desconchada que ya nadie se ofrecía a reparar. Las mesas estaban rayadas con nombres, mensajes inútilmente secretos, números telefónicos, corazones. Había poca gente, y el lugar tenía un molesto olor a pollo y atún, a sudor y cigarro. Algunos comían con sus familias, otros recibían ansiosos un paquete de cigarrillos que, quizá, dentro de la prisión cambiarían por algo más valioso. Sentado solo en una mesa, Salvador Gimeno esperaba una visita inesperada.

Asdrúbal Pedro se presentó como periodista independiente. Pensó que así sería más fácil sacarle información al fotógrafo. Hablaron largo rato sobre el asunto de las manifestaciones, sobre la importancia de que se cubriera con medios no oficiales ni comerciales, y sobre el gran despropósito que el gobierno federal estaba ocasionando en todo el País. Poco a poco fueron abordando el asunto de aquella marcha en la que Salvador Gimeno resultó preso. Las palabras injusticia y atropello se dijeron numerosas veces y, ya entrados en confianza, Gimeno le confesó a Asdrúbal Pedro que antes del arresto logró entregar la cámara a una compañera, una profesora de escuela primaria llamada Esther Serrano. Aquello era una costumbre que habían adquirido algunos compañeros desde hacía tiempo: uno hace las fotos, de la forma más arriesgada, sabiendo que los policías, uniformados o de civil, podrán identificarle sin problemas, y en medio de la confusión le da la cámara a alguien más que, a su vez, le da una cámara que no se ha utilizado en nada, vacía, sin ninguna captura. Una medida de contraespionaje, le dijo Gimeno. Sabemos, continuó, que uno siempre va a caer preso, y el intercambio de la cámara es clave: si la cámara está vacía, en teoría no pueden hacernos nada, y las fotos del atropello y la injusticia se mantienen a salvo para ser publicadas a su debido tiempo.

Entonces, le dijo Asdrúbal Pedro, no tardarás en salir de aquí, será cosa de un mero formalismo, si quieres, puedo organizar que se pague tu fianza, le mintió el Aprendiz. En ese momento, alguna cosa cambió en el semblante de Salvador Gimeno. No creo, le respondió Gimeno, hay nuevos cargos en mi contra. ¿De qué?, a estas alturas, después de tantos días y cuando ya se apagó lo de la marcha, ¿qué puede ser?, le dijo; y echándose hacia adelante, como para que nadie más lo escuchara, Salvador Gimeno respondió: Dicen que fueron a mi casa, que hicieron un registro, que buscaban las fotografías de la marcha porque la cámara estaba vacía, dicen que se llevaron mis cosas a un laboratorio, y dicen que encontraron algo y que de ahí vienen las nuevas imputaciones. ¿Qué encontraron?, le preguntó Asdrúbal, pero en realidad ya estaba pensando en buscar a Esther Serrano. Gimeno se acercó más todavía, y bajó la voz y le dijo: Dicen que encontraron más fotos. Una desesperación empezó a poblarle el rostro a Salvador Gimeno, una desesperación que era más bien miedo, terror, vaticinio de lo que se le vendría encima. ¿Fotografías de qué, de las manifestaciones, de violencia de la policía, de qué?, el Aprendiz también había bajado la voz. No, le dijo Gimeno, de niños.
¿Niños?
Sí, le dijo Gimeno, fotos de niños.