México: vista aérea (y otros poemas)

MÉXICO: VISTA AÉREA

El desierto es una página. No la hoja en blanco o impecable como el inviolado papel bond que atesoran las pobladas ramas del nogal, paraíso de la celulosa. Más bien una cuartilla envejecida, amarillenta y plagada de numerosos declives que si se la examina a través de una lupa podrá exhibir, dejar al descubierto su enjambre de microscópicas irrigaciones. Drenes, canales, depresiones, amagos de abruptos cambios de relieve; montículos, pirámides truncadas; mastabas; simulación de menudas cordilleras que esconden un camino de terracería, la osamenta de un riachuelo seco que conduce al horizonte, la posibilidad de otra vida.
Y así vas descosiendo el territorio, jalando con la mirada el hilo de una promesa que parece no tener fin y que, por lo mismo, nunca llegará a cumplirse.

ESCALERA DEL AGUA

Porque es el alma, dice este santo, como el agua: que si se le toman
las vías, se recoge y sube arriba. Y si no espárcese y consúmese, y
deja de ser, sorbiéndosela la tierra
.
BALTASAR ÁLVAREZ, siglo XVI, traduciendo a Gregorio Magno.

El agua sube a recibirnos
en los altos balcones del oído
y baja junto a uno
peldaño
a
peldaño,
hasta decir adiós
y regresar consigo de nuevo para arriba.

Pasajeros en tránsito,
somos nosotros, no ella,
los que sin más pasamos.

Suba hasta el pensamiento
o moje la baldosa
el agua siempre está
o no termina
de irse.

No asciende ni desciende
ni principia ni acaba: permanece
abstraída en su cauce
como el tictac oculto de las piedras
que nunca hemos notado
y sin embargo se mueve.

Y nosotros que venimos
y vamos, que entramos y salimos
extinguiendo fuegos, apagando candelas, cediendo a la camilla
en cada latido
que nos despluma por dentro.

Paremos un rato.
Bajemos más despacio
a nuestra tumba.

Entre palabra y palabra,
entre un paso
y otro
hay jardines sonoros que prolongan la vida.

LAUDAS

Piedra forrada de verde.

La congelada explosión de la dureza se ha visto atajada por la ortiga.

Hay jardines casi secretos larvando en las fisuras, inesperados huertos donde el helecho desova el asta de su primicia.

Quién hubiera dicho que en el friso acantonaban las esporas, impávida coraza de tiempo perturbada con el vaho de lo que calla y fluye.

Quién habría dado un cinco por tal quincallería, ese menhir de cascos fracturados que por inercia o milagro se mantiene erguido.

Una brizna de pasto despega las junturas de una pilastra, las comisuras de una fachada selladas con el polvo de los jubileos.

Trabajo de la hormiga, minuciosa y perenne cruzada del insecto empecinado en traspasar un sillar con la paciencia de los fósiles.

He ahí el abrazo de la enredadera en las pirámides del trópico, carne firme y efímera sobre un cuerpo añoso y perdurable.

He ahí la maleza disuadiendo lápidas y pedestales, cenotafios; minando contrafuertes como una lenta saliva de vapor, una lava rastrera que se disemina morosamente bajo los pies.

El olvido alarga sus extremidades, se desborda en sus arborescencias, comienza a abonar sus primeros frutos de abandono sin que nadie lo advierta.

Tarde es ya para impedirlo.