El hijo mayor de Faltin, Mov, era muy parecido a su abuelo. Se hizo al mar, fue a la academia para aprender el oficio y acreditó todos los exámenes. Era diligente y muy callado. Poco tiempo después de obtener su licencia, fue nombrado capitán de un pequeño buque mercante al servicio de una compañía naviera de poca monta en Höganaes. Su uniforme no era nada fastuoso: una gastada chaqueta azul de botones dorados, adornados con anclas, y un par de raídos galones en las mangas. En los pequeños puertos donde atracaba el buque, se pasaba el tiempo discutiendo con comerciantes, cargadores, navieros. Pasaba días y noches difíciles cuando el mar estaba picado y jugaba con el barquito, cuando aquél golpeaba a éste con tal fuerza que lo cimbraba en cada una de sus cuadernas. Él escuchaba las voces de la tripulación que lo llamaban: «Capitán, capitán, esto va a terminar mal; ahora sí que nos lleva…» Él se encerraba en su diminuta sala de mapas, calculaba el curso, escuchaba las voces, el griterío, el profundo gemido de las calderas. La lámpara se bamboleaba, el viejo banco giratorio de caoba crujía bajo el peso tambaleante del hombre. El cuarto olía a medicina porque una botella se había derramado en el botiquín. Este era su mundo. Hasta aquí había llegado. Esto es lo que había soñado desde niño. Y era un trabajo pesado. El patrón no estaba insatisfecho con él, pero actuaba como si lo estuviese. Siempre había que conseguir los comestibles para la tripulación a precios más bajos, los de los fletes, por el contrario, siempre a precios más altos. Pero Mov no se quejaba nunca; acaso porque él mismo estaba satisfecho con esa parte de su suerte.

Los marineros, los fogoneros, lo estaban en menor medida que él; vivían en agujeros pestilentes. Sus ropas olían a aceite de pescado o a arenques. Eran gente de posición más modesta que la suya, pero él los quería como se quería a sí mismo. Carecía de vanidad. Y permanecía sentado a la mesa de madera de teca, de patas extrañamente torneadas, con bordos alrededor del tablero para impedir que los mapas, los transportadores y la brújula cayeran al piso. Un guardia anunciaba algo. El capitán respondía. Él tenía su barco. No era la gran cosa. Pero él lo quería y ni tan siquiera deseaba otro. No poseía el señorío suficiente para capitanear uno más grande o más lujoso. Se las arreglaba solo con su vida.

Los informes de Frau Larsson respecto a él no eran menos lacónicos. Ella, entre tanto, sabía también que era soltero, que tenía escasas dos semanas de vacaciones al año, mismas que no utilizaba para buscarse una mujer. Aunque Frau Larsson decía no saber nada acerca de su comportamiento con las mujeres, estaba convencida de que éstas no significaban gran cosa en su vida.

De hecho era bastante sencillo, un tanto pasivo. Envidiaba de sus empleados los excesos en que incurrían. Los envidiaba y los admiraba. Aun en los puertos apenas si salía de su camarote, salvo si tenía que buscar intermediarios, cargadores, comerciantes en sus negocios. De vez en vez pronunciaba un par de palabras sombrías, pesimistas. Permanecían en la memoria porque salían inopinadamente de sus labios cuando nadie las esperaba: «Trabajamos unos veinte años como burros, cada quien a su modo. Un día nos meten en un cajón y nos entierran.» Y los demás le respondían: «Así es.» O bien: «No tiene caso pensar en eso.» Él no pensaba en ello con frecuencia. Sólo en ocasiones, cuando descansaba en su litera, hacía buen tiempo en el mar o cuando el nocturno malecón, con sus arbotantes eléctricos, se introducía silencioso a través de los ojos de buey; cuando el barullo lo constituía sólo la voz de un marinero ebrio; el olor a aceite de pescado, arenques, fruta podrida y a queso rancio penetraba con el tibio viento nocturno. Sólo entonces pensaba que pronto o un poco más tarde desaparecería, desaparecería como había llegado. Entonces se repetía: «Hasta aquí nomás llegué. Esto es lo que he logrado. Esta era mi meta. Para esto aprendí el oficio. Para esto corrí con los temores de todos los exámenes. Para no olvidar lo que logré, llevo siempre conmigo mis temores de niñez. Por esto jamás seré un hombre completo. Para no olvidar lo que he logrado, que habito esta choza, que estoy tirado en esta litera, que capitaneo este barco, que mando a esta tripulación, a los fogoneros y a los marineros. ¿Habrán notado acaso que sigo siendo un niño? ¿Que jamás me enfurezco como lo hacen ellos? ¿Que bebo mi grog sólo porque otros capitanes lo beben?»

Una hora completa antes de dormir sentía que era feliz, que no tenía otro deseo más que quedarse aquí para siempre; continuar siendo lo que era, un hombre incompleto, pero capitán de un barco mercante cargado con las preocupaciones de su patrón; expuesto a las iniquidades del mar y de los hombres en los puertos; pero siempre con la certeza de que su barco era su refugio. En este lugar lo habían colocado y él cubría el puesto. Él sabía dirigir el barco, atender satisfactoriamente las transacciones en los puertos. Era a la vez rudo y suave con la tripulación. No revelaba jamás quién era. Que las horas nocturnas en su camarote eran una extraña mixtura de dicha y desazón. «Dios dispuso que no desposaré a muchacha alguna. No tendré hijos. Eso es lo que está dispuesto. Lo sé. Mi hermana Olga tendrá muchos hijos; pero yo jamás seré completamente adulto. Seré tímido siempre. Quizá no me atraen las mujeres lo suficiente. Me avergüenzo ante ellas. Me avergüenzo incluso ante una puta. No me avergüenzo ante mí mismo. Dios me ha hecho tal y como soy, con este miedo en el corazón que quizá no me dejará ser completamente adulto, como el cocinero Sophus que apenas tiene diecisiete años —y con esta dicha, esta incesante dicha de haber acreditado todos los exámenes y haberme convertido en capitán. Y he olvidado en verdad que un día fui grumete, marinero, un hombre humilde en barcos desconocidos. Ahora soy el otro, el que ha llegado a la meta, el satisfecho, el que va a permanecer aquí, el que quiere permanecer aquí para siempre, el que no desea empeorar su vida ni con el trago ni con las putas, sin ninguna responsabilidad por esposa e hijos —el que quiere ser siempre un adolescente, y capitán por añadidura…»

Él no lucubraba acerca de sí, sólo hacía afirmaciones, afirmaciones sin mayor arrepentimiento, sin el anhelo de algo distinto. Apenas si sabía lo que era un examen de conciencia. No lo precisaba. De vez en cuando tenía que tantear el terreno que pisaba. Ni tan siquiera se planteaba con toda claridad: «Este soy yo; así soy yo.» A lo sumo admitía: «Es posible que mi situación sea ésta.» Decía también: «No le debo nada a nadie. Jamás he defraudado a alguien. No confío en nadie. Pero no me basto a mí mismo. Tengo mis temores. Reniego a veces de mí. Pero tengo mi barco, mi tripulación, mi trabajo y la incomparable soledad de mi camarote. Sé por supuesto que un día me meterán en un cajón y me enterrarán. Y se acabó. Y ni tan siquiera sé para qué. Esto es para que coma y viva, me alimente y sea útil. Todo hombre tiene un oficio, y el mío es éste.»

Los rasgos de su rostro eran los de un hombre que navega los mares. Sus ojos grises eran penetrantes. Sus manos eran seguras; no temblaban jamás. Él podía beberse media docena de vasos de vino fuerte sin que lo notara nadie. Sus decisiones mercantiles eran claras. Las cuentas ante sí mismo se tornaban más inexactas año con año. Omitía cada vez más sucesos, los cuales, o bien no eran analizados o lo eran sólo de manera superficial. Así ocurrió aquella noche que nunca olvidaría, de la que su conciencia no quería hacerse responsable aquella noche del accidente de James Botters. La tormenta lo sorprendió en mar abierto. El océano entró en el barco. La cubierta se volvió resbalosa. Botters caminaba de proa a popa en medio de la oscuridad. De pronto contra las reglas del balanceo pendular el piso se esfumó bajo sus pies. Resbaló, se desplomó, rodó como un pequeño madero hasta chocar contra la pared del barco. En ese momento gritó. Gritó con tal fuerza que partió en dos la tormenta. El agua azotaba y espumaba por encima de él. Dudaba de que alguien lo hubiese escuchado. Se incorporó, se sujetó de donde pudo, experimentó una sensación indescriptiblemente helada en su vientre.

El capitán se hallaba de pie ante él, por lo menos era su voz. «¿Qué te pasó, Botters?» —«Creo que aquí había un gancho…», dijo el marino, e hizo un ademán que el otro no alcanzó a discernir en la oscuridad. «¿Cuál gancho?» preguntó el capitán. «Voy a echar un vistazo.» Espontáneamente, el marino rodeó con un brazo el cuello del capitán y comenzó a sollozar. «¿Te caíste? ¿Estás herido?» —«Me caí. Creo que estoy herido.»

Los dientes del hombre castañeaban. El capitán Mov Faltin sostuvo al marinero, lo ayudó a subir hasta la cubierta superior. Allí se toparon con el guardia. James Botters lo tocó con su mano libre. El hombre se detuvo y Botters le rodeó el cuello con su otro brazo. Más que caminar, se dejaba cargar. En el camarote del capitán se mantuvo en pie, a pesar de que el piso parecía bailar bajo sus plantas. El guardia se marchaba ya cuando escuchó la pregunta de Faltin: «¿Dónde está el problema?» Y James Botters señaló su vientre. El capitán encendió una pequeña lámpara de mano de latón y alumbró el lugar señalado. Vieron entonces que el pantalón estaba roto en la pretina, y por arriba de la rotura asomaba algo parecido a una ampolla, de color gris rosado. Pero no era piel ni carne ni sangre. Y era del tamaño de una nuez. «Tenemos que recostarlo en la cama», dijo el capitán. James Botters caminó trastabillando, pero por su propio pie hasta la cama, y el guardia lo ayudó a recostarse. Le sacó la camisa por la cabeza. Después se escuchó de nuevo la voz de Mov Faltin, una orden: «¡Vete ahora! ¡No le digas a nadie lo que has visto aquí! Yo me encargaré de todo.» Empujó al hombre hacia la salida, cerró la puerta con seguro. Giró el regulador de la lámpara tan alto como pudo, pero cuidando que no formara tizne. Echó mano del botiquín. Sólo hasta en ese momento enfocó nuevamente su mirada hacia el accidentado. Terminó de desnudarlo. Vio así al marinero Botters, veintiséis años, bajo de estatura, sucios y deformes los dedos de sus pies, de pelvis tan amplia que lo hacía patizambo, de tez blanca, lampiño, de manos grandes, ninguna beldad, un hombre común y corriente. Pero de su vientre se había salido, grande como una nuez, por una herida que apenas si sangraba ya, de oscuros bordes, un nudo del intestino. Al marino le castañeaban los dientes en sus intermitentes escalofríos. El capitán le dio a beber medio vaso de brandy. «Voy a tener que coserla», se dijo a sí mismo Faltin, «tendré que hacerlo o estará muerto en dos días.» Extrajo algodón y cloroformo. Hizo aspirar al marinero el vapor dulzón del anestésico. Esperó algunos minutos, leyó las indicaciones para suturar heridas. No sabía cuán profundo era el sueño del accidentado, si estaba inconsciente o despierto en el momento en que puso manos a la obra. Pero eso era irrelevante ya. El capitán frotó con algodón mojado en antiséptico la ampolla esponjosa que se había salido del vientre. Él mismo introdujo sus dedos en el líquido antiséptico con uno de esos dedos empujó el intestino herida adentro hasta regresarlo a su lugar.

Después la suturó sin delicadeza, pero con aplicación y gran cantidad de puntos. Pasaba la curva aguja a través de la piel y de la carne. Volvió a empapar cuidadosamente con cloroformo el tapón de algodón que cubría la cara del marinero. Luego contempló su obra. No, lo que contemplaba era la obra del Creador, el hombre accidentado que viviría o perecería. Y esa contemplación le deparó una dicha inconmensurable, un deleite de grandeza extraterrena del cual no se podía desprender. Contra toda prudencia roció de nuevo el algodón que cubría la cara del marinero con el lúbrico cloroformo. Finalmente se arrodilló a un lado de la cama y comenzó a rezar. Le pedía Dios que ese hombre se restableciera, que la pobre, torpe ayuda fuera suficiente para conservar la vida de ese hombre común. Él, que no sabía de rezos, que no estaba ejercitado en ellos, permaneció arrodillado una media hora delante de la cama, musitando ideas y juramentos incompletos, apelando a Aquél que no conocía, para obligarlo a inmiscuirse en este asunto. Así suplica un niño por la recuperación de un amigo. Con la voz ahogada por las lágrimas, con un miedo universal en el corazón, con el júbilo que produce en la carne un sentimiento que es nuevo.

Finalmente se incorporó, aletargado por sus plegarias, por el ruido y el bamboleo del barco, por el olor del cloroformo. Lavó con éter la herida, que era como una boca pegajosa, la cubrió con gasa, envolvió fuertemente en mantas al enfermo, le quitó el algodón del rostro. Enseguida abrió la puerta y salió a la noche, caminó a tientas hasta el puente de mando. Apoyado en la balaustrada, mirando absorto hacia la proa del barco azotada por las negras olas, con crestas de un gris resplandeciente, comprendió lo que le había acontecido. Vio una vez más la imagen de James Botters, abajo, en el fondo de la negrura, la pequeña y blanca figura de la que se había escapado un pedazo de intestino. Sin voluntad, aletargada, o medio aletargada, a merced de Faltin. Y por un minuto supo que había contemplado a Botters como si en realidad lo amara. Jamás olvidó esa noche, pero muy pronto sepultó su contenido real ante sí mismo. Botters se recuperó. La herida supuró durante algunas semanas; luego se cerró sin dejar daño alguno en el vientre.

Cuando dos días después atracaron en un puerto, el capitán insistió en internar a Botters en una clínica. Pero éste se negó. Yacía aún en el camarote del capitán, era alimentado con una aguada sopa de avena. Se negaba a abandonar el barco; el capitán consintió en el deseo del convaleciente, curiosa y rápidamente. Botters permaneció en su cama; Mov Faltin durmió por tres semanas más en un sofá. Él cuidaba con esmero del enfermo, le lavaba diariamente la cara, pies y manos, vigilaba con temor la herida, la limpiaba, la vendaba. Ordenó una dieta austera en extremo, observaba la salida del conducto intestinal. Pasaba horas enteras junto al lecho del convaleciente, cuyas manos se iban poniendo paulatinamente tan blancas como el resto del cuerpo. Después el viejo orden fue restablecido. James Botters regresó a los camarotes de la tripulación.

«Sólo cumplí con mi obligación», se dijo Mov Faltin al término de aquellas semanas tan excitantes para él. Pasado un tiempo abría a veces el frasco del cloroformo y aspiraba el vapor dulzón, evocaba un sueño sin nombre. «Me quedare aquí para siempre. En ninguna parte puedo dormir tan bien como en mi litera. No tengo más patria: Ningún lazo me une al continente.» No le causaba aflicciones a nadie. Ni siquiera sorpresas.

 * Cuento tomado de Hans Henny Jahn, Dreizehn nicht geheure Geschichten, Reclam Verlag, Leipzig, 1987. pp. 123-129. Traducción y nota de Enrique Martínez Pérez.