Toda memoria es respiración agitada. Cada olvido es un modo desesperado de decir adiós.

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Callar a tiempo ocupa muchísimas páginas de libros que aún no se han escrito. Un texto contiene, a partes iguales, lo que era factible escribir y lo que no nos es dado como posibilidad de palabra. ¿Cuántas vueltas ha dado el carrusel a solas y expectante antes de dejarse llevar por la música y por la infancia? Cuando un niño se pierde en la ciudad, muere. Pero cuando ese niño habla por primera vez, su monosílabo suele ser todo el universo balbuceante.

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Una niña le dice a su madre: “¿La iglesia es donde vienen los mayores para perdonar a Dios?”

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El mundo como cantidad. Los panes ordenados por precio creciente. Los pollos colgados según el peso. Una librería con una sección denominada: “libros grandes”.

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La vida es la diferencia entre el tiempo que pasa y lo que pasa en el tiempo. O, quizá, la diferencia que hay en el interior del tiempo que pasa. El tiempo como hondura. Tiempo anciano y tiempo niño, a la vez. Podríamos llamar “de travesía” a esos segundos que no quieren pasar, aun pasando. La percepción los detiene, los retiene, los recuerda. El pensamiento podría dedicar sus mejores horas a esos segundos que ni se van ni se quedan. A esa serpiente enroscada, verde y negra, que al morderse la cola parece que siempre retorna.

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La mujer con aros inmensos y pelo recogido lee Vivir en el fuego, de Marina Tsvietáieva. Con asombro repentino, como si hubiera dado con un mensaje crucial, marca y remarca con su lápiz labial una parte del texto. Sonríe, luego, con un erotismo que sobrecoge a todos. Compro el libro enseguida. Paso días buscando, sin éxito, esa frase.

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El mezquino orgullo de aquellos que han nacido en un sitio donde uno sólo está de paso.

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La casa sola durante horas. La sensación de interrumpir algo importante al abrir la puerta.

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La enfermedad que ves con ojos ya inválidos. Lo que te hace recordar a tus abuelos, a tus padres, a ti mismo. El cuerpo doliente, yaciente, acallado, que respira apenas para pedir perdón por el pasado. La enfermedad como aquello que muestra el mundo tal cual es: sangrante, indeciso, herido, cojo, maltratado.

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La justicia es ciega porque la venganza es sorda porque la belleza es coja porque la lealtad es muda porque la libertad es manca porque la memoria es demente porque el hombre es imbécil porque la verdad es tullida porque toda palabra nace siempre, tartamuda.

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“Siga la fila”. En las escuelas, en los aeropuertos, en las oficinas públicas y privadas. En los campos de concentración. En las pesadillas.

 

(Imagen: Detalle de la portada del libro No tienen prisa las palabras, editorial Candaya, 2012)