[…] pues lo que se escapa de la memoria es recobrado
con el aviso de una sola palabra
Quintiliano, Institutio oratoria, XI, ii

 

XII

Hay libros que nos hacen amar a alguien.

O que nos traen el recuerdo de quienes no están cerca. Incluso, hay los que pueden devolvernos el pensar y el sentir de un determinado momento ya lejano, como si todo volviera a ocurrir otra vez, como si el tiempo regresara sobre sí mismo.

Por eso, el libro es lo que continúa, lo que se extiende más allá de su propio marco, una cualidad que comparte con el espejo.
En Anatomía de la melancolía, Robert Burton escribió: «He divagado tanto porque la imaginación es el instrumento de las pasiones, por medio de la cual actúan y producen muchas veces efectos prodigiosos» (Secc. II, Miembro III, Subsecc. II). Los efectos prodigiosos que las pasiones hacen actuar, en calidad de instrumentos de la imaginación. Creo que esto puede aplicarse al libro como objeto retórico, como instrumento de persuasión. Es decir, el libro que a través de la imaginación mueve las pasiones: una emoción estructurada en el libro, ficticia, que mueve a la emoción real, la que sucede fuera del libro.

Por eso creo que hay libros que nos hacen amar a alguien.

Recuerdo una mañana en que coincidió, con la lectura, el destino. Yo leía Palinuro de México, de Fernando del Paso, y estaba ya por las últimas páginas, con el corazón alborotado y el pulso encendido por lo que pasaba dentro del libro y fuera de él. Dentro, Palinuro explicaba su amor por Estefanía, una declaración larga y llena de personajes, donde el estudiante de medicina le daba a su prima, como muestra de amor, la rosa de Shakespeare, la rosa de Paracelso, o la rosa de los vientos. Afuera, yo me encontraba con María en el Café Argentino, como si el amor fuera un delito, temblorosos los dos porque sabíamos, desde el comienzo, que eso era el comienzo. Cuando el tiempo llegó a su cita con el presente, decidí una noche marcar con una servilleta de papel una página del libro para que al día siguiente pudiera dársela a leer a ella. Pensé en decirle muchas cosas; pensé, por ejemplo, decirle: Estas son mis palabras, pero no las escribí yo. Y sin embargo, lo único que hice fue entregarle el libro, señalar el comienzo del último capítulo, que bien podría ser el primero, y esperar a que ella lo leyera. Cuando terminó aquel largo párrafo ninguna distancia era significativa. El libro había cumplido su cometido fuera de sí mismo, en el mundo de nosotros dos, donde la vida se sucede, donde las cosas de verdad importan.

¿Qué fue lo pasó entonces?

Pasó que nos dimos cuenta de que el libro era el principio de todas las cosas por venir.

Ahora, años después de aquella mañana, me pregunto constantemente sobre el poder, la potencia, del libro.

 

XIII

El lector y el libro no son entidades separadas, son una relación. Una potencia que debe dejar de ser entelequia para comenzar a ser algo más: un principio de acción, un comienzo de río.

Al reflejarse en el espejo es posible ver que detrás de nosotros se extiende el mundo. Pero seguimos embelesados en la imagen que nos devuelve el cristal porque en el reflejo, si prestamos atención, hay otro pozo incalculado: el ojo.

Así, el espejo nos ofrece dos viajes: uno exterior, que se sucedería detrás nuestro, en el paisaje reflejado, y detrás del propio espejo, un espacio que inferimos que existe; y otro interior, encarnado en la laguna del ojo, que va hacia dentro, hacia la hondura del alma.
El libro también propicia estos dos viajes.

Pero el espejo ofrece también la distracción, de la misma manera que el libro: uno puede quedarse viendo su propio rostro, como si nada más existiera, tal y como uno puede atisbar únicamente la trama, el lenguaje, la estructura del libro como elementos que no ofrecen mayor dimensión que su contorno, omitiendo su profundidad.

Es cierto que a veces nos cuesta encontrar el sentido hondo de las cosas: no es fácil, por ejemplo, al conocer a una persona, saber qué es lo que tiene dentro, qué pensamientos o qué ideas profundas la mueven. Recuerdo muy bien una frase que escuché una vez: un amigo me decía, refiriéndose a alguien más: «Me gustaría poder ver qué verdad hay en su corazón». Estas palabras me quedaron grabadas desde hace muchos años como muestra de esa duda, la dificultad que surge al buscar el sentido hondo de las cosas. Y la conciencia de que esas honduras del Ser y de las cosas ciertamente existen.

Sin embargo, el esfuerzo me parece necesario, el esfuerzo de asomarse hacia el pozo de la mirada, o de ver más allá del espejo, más allá de lo que se refleja, más allá del propio libro.

Pienso en Dorian Grey, que se negaba a la imagen de su retrato porque ahí estaba el reflejo de su verdadera condición. Me parece que la escritura, la lectura, el arte en general, buscan enfrentarnos a ese retrato horrible al que nos negamos por diversas razones.

 

XIV

El libro busca mover no lo superficial, sino eso que se mueve bajo su cuerpo, bajo el influjo del recordar que viene con la memoria y la imaginación. Hablamos de que en el libro subyace una voluntad de mover, o de remover, lo que en el pozo de la sensibilidad se oculta. Es decir, como explica Aristóteles, «la imaginación es la intermediaria entre la percepción y el pensamiento» (De anima, III, iii.), y mediante el artificio podríamos ver lo que está a nuestro alrededor. Como en un espejo:
máquina que en el azogue devuelve lo que la contempla, aunque se trate del vacío, el libro es el intermediario entre el lector y el mundo.
Un libro fue el intermediario entre mi mundo y el mundo de María en aquellos días ya lejanos en que comenzamos a vernos. Una suerte de vértice entre dos lectores. Ciertamente un libro abierto es un vértice. El pliegue donde confluyen la palabra y la voluntad.

 

XV

El corazón del libro: imaginar lo que no pasó para explicar lo que se siente con lo que sí ha ocurrido. En lo imposible es donde está la realidad, escribió Clarice Lispector. En la declaración del amor de Palinuro por Estefanía, posible únicamente dentro de los márgenes del libro de Fernando del Paso, se proyectan las palabras precisas que yo necesitaba decir y que María necesitaba escuchar. La realidad que trasciende a la ficción.

Lo imposible en el espejo es tocar lo que hay reflejado, lo que hay tras nosotros, o tocar, incluso, nuestra propia imagen. Hay que buscar ese tacto del mundo fuera del espejo. Lo mismo pasa con el libro.

El libro es la carne sensible que nos falta: lo que nos pone en contacto con lo sensible para que podamos discernirlo, lo que nos ayuda a percibir lo dulce con la vista, lo que nos ayuda a que la memoria haga su comparecencia.

Memoria es la firme percepción por el alma de cosas y palabras, dijo Cicerón (De inventione, I, vii). Creo que la lectura invoca lo que hay en mi interior, que apela a la intervención de la memoria, que se ofrece como la forma de no callar lo abrupto del recuerdo pasado y del recuerdo presente. El libro es la encarnación del arte de la memoria, pero es encarnación compartida: de la escritura queda la huella, lo que el lector, desde su propia experiencia, percibe y reconstruye por debajo del entramado dramático de una historia o de una estructura narrativa, poética, ensayística.

Puede ser que el libro sea la lucha entre la ciencia del olvido y la ciencia del recuerdo, o al menos, busca una cierta forma de olvido y de memoria. Puede ser que el espejo cumpla una función práctica en lo cotidiano, pero ¿cómo no reflexionar sobre nosotros mismos cuando descubrimos nuestra imagen en el reflejo, cuando atisbamos, por ejemplo, después de un accidente, la cicatriz imborrable, o cuando certificamos el paso del tiempo en la piel como una escritura hecha de carne?

Todos tenemos la misma memoria, pero no todos tenemos la misma reacción ante los hechos de la memoria. El libro no unifica una misma memoria para todos los lectores, sino que hace que la memoria de cada uno se mueva, la consolida, le da cuerpo, nos permite explicarla con el ejemplo: explicárnosla a nosotros mismos y a los otros.

El espejo de la página refleja lo que tiene delante, no el retrato de quien hizo arder el azogue. Y a veces no nos gusta lo que vemos, como a Dorian Grey. Pero alejarse del espejo, cubrirlo con un manto o romperlo definitivamente, nos distancia de la imagen, mas no del hecho profundo. Seguimos siendo los mismos.

Dejar el libro en la esfera de la construcción ficticia, quedarse con el drama y el lenguaje, es lo mismo que cubrir el espejo o romperlo.

 

XVI

Quizá la lectura, por su naturaleza lenta y paciente, nos proporciona ese tiempo, esa pausa necesaria para la comparecencia de las cosas en nosotros, lectores.

El libro no sólo funciona para el escritor: acaso el lector, al adentrarse en el movimiento subterráneo del libro, podría convertirse él mismo en escritor. Sin embargo no sería un escritor a la usanza básica, sino un escritor de su propio pensar, de su propio destino.

No quiero decir que el libro nos da su conciencia, sino que, así lo creo, nos aproxima a nuestra propia conciencia. Como dice Vergilio Ferreira: «Las ideas son lo que son, más lo que somos frente a ellas», y es ahí donde la diferencia sucede, es ahí donde el libro actúa en nosotros.
El libro es el libro más lo que nosotros somos después de leerlo.

O bien: más lo que nosotros hacemos después de leerlo.

Pienso entonces en el influjo que algunos libros, como Palinuro de México, han tenido en mí, en mi destino, y reconozco ahí el comienzo de un retrato dinámico que me ha dado más que sólo el placer de una buena lectura.

Continuará