“Soy hombre: duro poco / y es enorme la noche.”
-Octavio Paz

De la literatura, la última región que visité, fue la de la poesía: no fue sino hasta mi estancia en la universidad que la lectura en voz alta de un profesor, la atinada sugerencia cinematográfica (al menos en ese momento) de otra maestra (“El cartero de Neruda”)  y una prolongada crisis existencial tan propia de los chicos a esa edad, se confabularon para que una cierta pasión por el lenguaje poético se hospedara en el hostal de mis entrañas.

Hasta entonces, mi espacio literario había estado poblado únicamente de cuento y novela. Y no es que tampoco haya iniciado mi incursión en la lectura de narrativa como un ciclón: mi afición lectora me había venido, en la infancia, de otros sitios, en donde los libros de historia y el artículo periodístico de fuerte raigambre política llevaban la voz cantante. En la primaria y en la secundaria sólo había lugar para ellos. Fue hacia el final de la última, que la literatura propiamente dicha hizo su aparición en mi vida. Y lo hizo bajo el influjo de la autoridad escolar: la maestra de español comenzó a tejer con historia lo que hasta entonces había sido para mí una lejana, insípida e inexistente literatura.

El ritmo con que se desplaza el pensamiento y la razón en el artículo periodístico y la enciclopedia histórica me subyugaba. La literatura, la narrativa (y ya no digamos la poesía), me parecían vehículos que eventualmente hacían pausas, detenciones a placer, para las que yo me consideraba sin ninguna vocación. Sin embargo, la narrativa, al irse entretejiendo con la madeja de los acontecimientos que le han dado curso a la historia de la humanidad, al ser colocada en diálogo y como en espejo con los caminos que los hombres (palabra actualmente un poco devaluada cuando de historia se habla) descubrieron y construyeron en los albores de las más grandes civilizaciones del pasado, fue abriéndose paso en el catálogo de mis gustos más íntimos.

No fue sino en el bachillerato cuando el interés por la narrativa se hizo sentir con mayor fuerza a partir nuevamente del impacto de la enseñanza de otro profesor: el del Taller de Lectura y Redacción en la preparatoria Dr. Salvador Allende. Su pasión por la literatura y por la cultura en general era admirable, además de contagiosa. Sin embargo, la poesía como tal no asomaba todavía sus narices en el universo literario que apenas se me aparecía en ciernes antemi mirada curiosa.

Neruda, Sabines, Girondo, Benedetti (como consecuencia de la cinta argentina “El lado oscuro del corazón”), Villaurrutia, Miguel Hernández y otros más, fueron los primeros poetas a los que mi adolescencia tardía se aproximó en una universidad cuyo mito incendiario vivía sus últimos años. Una adolescencia en la que se forjó el sueño de la revolución como resultado de mis lecturas sobre historia, algunas páginas inconexas de Marx y mucho, pero mucho, candoroso entusiasmo proveniente del buen Rius.

Quizás por eso, Octavio Paz no figuraba todavía en el panorama que hasta en ese momento se abría ante mis ojos: omisión lamentable. La década de los ochenta fue para Octavio Paz el periodo en el que ideológicamente vivió sus momentos más difíciles para quienes nos habíamos hecho en la trinchera de la izquierda. Me explico mejor: momentos difíciles, pero no para él, sino para uno, en tanto que su calidad literaria y su talento universal en contraste con sus filias y sus fobias políticas, lo colocaban, insisto, a uno, simple mortal de 18 años, ante la ingenua disyuntiva de tener que asumir una posición totalitaria frente a uno de los más grandes poetas que ha dado nuestra nación.

Con el tiempo me convertí en profesor de secundaria y en el ruedo en el que la enseñanza se despliega más allá, incluso, de uno mismo, la poesía de Paz fue ganando espacios dentro de mis preferencias, al mismo tiempo que el radicalismo ideológico, que desemboca casi siempre en un miope dogmatismo,  iniciaba gradualmente su retirada. Ahí, en el aula, en un clima de franca y animosa conversación, floreció la poesía de Octavio Paz. Ahí, junto a mis alumnos, fui testigo de cómo un poeta se “dice” y se “hace” entre todos. Ahí, en la escuela, Octavio Paz, el Nóbel mexicano, fue adquiriendo poco a poco una estatura que pocos poetas habían tenido ante mis ojos.

Y entonces supe que mis primeras lecturas habían estado salpicadas de poesía: que el artículo y la prosa de una buena enciclopedia abrevan en el lenguaje poético para poder permear el temple humano. Que la narrativa es poesía porque está tejida con la urdimbre de la trama con las que las palabras definen sus razones para ligarse o no entre unas y otras. Supe, de golpe, que en el principio los cuentos surgieron en verso; que los mitos y las epopeyas que narraban las hazañas de los grandes guerreros de la antigüedad tenían la estructura medida de un poema de largo aliento. Supe, también, que la literatura, que la narrativa, que el ensayo, eran, ante todo y sobre todo, poesía porque la primacía del acero de la palabra se mantiene por encima del relato o el asunto que traten. Supe, en fin, que la forma es fondo.

Pero además, supe otra cosa: que la grandeza de un poeta está por encima de sus pasiones políticas e ideológicas. Y con Borges terminé por confirmarlo. Octavio Paz es un mexicano universal: un moderno cuya vitalidad intelectual se parece mucho a la de los antiguos.

A cien años de su nacimiento, acudamos a su obra con renovado entusiasmo: “hagamos” al poeta, “hagámoslo” en cualquier lugar en el que nos desempeñemos: como ese profesor que encontró en el aula, junto a sus alumnos, el milagro paciano de la palabra, con el que nuestra condición finita y la inmensidad de la noche pueden ser más intensa y humanamente atravesados.