Ayer por la mañana, mientras pensaba en lo que estoy escribiendo ahora, sonó por tercera vez el telefonillo, lo descolgué, volví a ver su cara y de nuevo le dije que se fuera. Por sus mentiras deduje que no tenía muy claras las modernas funciones que tienen ahora los interfonos y mientras le observaba desde un ojo de pez, como si él o yo estuviéramos debajo del agua, escuché su tercer embuste: ¿Abel Balaustrada? Le traigo un certificado urgente. Algo inquieto y vengativo –su insistencia había empezado a hartarme– le dije que yo no era el que él decía, que se equivocaba de número, que yo me llamaba Pablo. Para mi sorpresa, se alejó de la pantalla, agachó la cabeza y se sinceró, me dijo que él tampoco, que él es quien es y no quien dice ser. Tenía la apariencia de un ciprés encorvado –el aire le inclinaba la cabeza hacia el asfalto–, y su repentina honestidad me llenó de vergüenza. Comencé a sentirme mal, tanto que casi le abro la puerta. Cuando le dije que lo sentía pero que se equivocaba de número se sonrió, me pidió disculpas y yo volví, impaciente, hacia la mesa, donde estuve unas horas hasta que los cristales de la única ventana que hay en casa volaron por los aires y Cortázar aterrizó en el salón con una capa atada al cuello y un antifaz blanco.

Sin pensar abrí la puerta y salí corriendo, quizá con la idea de que él vendría detrás y que podría darle esquinazo en un par de calles, pero no fue así. Bajé desalmado las escaleras y cuando salí a la calle estaba solo y sin llaves. Me quedé un rato mirando el portal esperando a que saliera, pero no salió. De nuevo me encontraba donde no debía y ahora era yo el que tenía que pedir permiso para entrar en casa. Finalmente me llené de valor y llamé derrotado al interfono. ¡Abel! ¡Esto es fantástico! ¡Te veo con los ojos de un ajolote! –me dijo– y pensar que me veías siempre así, qué locura, y yo sin disfrazarme. Pasa, pasa, te esperaba desde hace rato.

Subí corriendo las escaleras, entré en casa y le grité que yo también había pensado en peces cuando lo vi por la pantalla del telefonillo. Sí, –me contestó desde el único y mejor sillón que tengo–, está bien, yo sólo hablé de un ajolote, me pareció más pintoresco.

“Otras veces, sobre todo cuando más concentrado estaba, sin venir a cuento me arreaba un tortazo en la nuca, yo me daba de frente contra el papel y él se encogía de hombros.”

Me estuve compadeciendo un rato hasta que me dijo que si le echaba un poco de whisky en su vaso me contaría lo de Fantomas, que era la razón por la que había venido. La noticia me alegró ya que siempre que me visita lo hace sin objetivo, por lo menos sin un propósito claro y amable. Al principio deambulaba por la casa durante unas horas y luego se marchaba, pero con el tiempo fue agarrando confianza hasta que tomó la costumbre de sentarse a mi lado a mirar lo que hacía. Desde entonces, todo fue un desastre. No bien terminaba una página él la agarraba con el mismo cuidado con el que se agarran las películas fotográficas después del baño, la pinzaba con las manos y la elevaba para airearla –como queriéndola colgar de una cuerda que yo no veía o preparando un golpe que avivara al folio–; la sacudía un poco y la dejaba respirar, y cuando yo creía que por fin algo de allí saldría con vida, rasgaba el papel con lentitud, me ponía uno nuevo enfrente y todo volvía a comenzar. Otras veces, sobre todo cuando más concentrado estaba, sin venir a cuento me arreaba un tortazo en la nuca, yo me daba de frente contra el papel y él se encogía de hombros.

Esta vez era distinto, no sólo porque teníamos whisky, paté y él muchos cigarrillos, sino también porque me había prometido no volver a trabajar cuando él estuviera delante. En seguida la casa se llenó de humo y yo le escuchaba, como siempre, a través de una pantalla.

Me contó que a mediados de los setenta, al leer La inteligencia en llamas en un tren de camino a París y verse él como un personaje más de la aventura, de vuelta de una de las reuniones del Tribunal Russel, se le ocurrió que, además de divertirse, podría usar aquella historia para dar a conocer las sentencias del tribunal, del que casi nada se sabía en Latinoamérica por culpa del bloqueo informativo que habían impuesto las dictaduras y el pentágono. Para llegar a la mayor cantidad de gente posible, el libro se publicó en el mismo formato que los cómics del Fantomas aztequizado y se distribuyó en quioscos, llegando a vender durante los dos primeros meses más de sesenta mil ejemplares. Es una de las maneras de participar del cuadro, de ser uno más, de formar parte –me dijo–, estábamos haciendo un buen trabajo y aquello no podía quedarse en Bruselas; sólo mirar, a veces, lo idiotiza a uno ¿comprendes?

También –y esto es algo que él no dice– cedió los derechos del libro al tribunal. En ése momento me vine arriba y ya no sé qué petulancia trataba de expresar acerca del ser poeta o héroe, de su necesidad o contingencia, cuando se me trabó la lengua y mi invasor continuó con su explicación.

La historia de los vampiros multinacionales empieza donde termina la otra, cuando Fantomas caza al malvado Steiner, el quemador de bibliotecas. Cortázar y Susan Sontag le hacen saber al héroe que Steiner no es gran cosa, que a él también lo han engañado, que, en realidad, quien se encarga de exterminar la cultura y el buen hacer de las gentes es un complejo sistema multinacional capitaneado por Estados Unidos y en el que las dictaduras latinoamericanas tienen también un gran papel. Fantomas, al escuchar esto, engañado y rabioso, se marcha volando a impartir justicia.

Le interrumpí para decirle que poco arregló Fantomas, que en la actualidad… Pero él, intuyendo que iba a empezar a cortar cabezas, quizá por evitarme un episodio vergonzoso e inútil, me dijo que si quería matar políticos y empresarios me fuera a otra columna o me comprara un rifle. En lugar de eso me serví otro vaso de whisky y empecé a obsesionarme con la manera que tenía de pronunciar el nombre de Fantomas. Lo hacía cada vez con más gravedad, alargando la o desde el estómago y proyectando los labios más de la cuenta, y lo decía cuando no venía al caso, una y otra vez, como si lo estuviera invocando. Me temí lo peor y antes de que pudiera recordar que había dejado la puerta abierta escuché un portazo y Fantomas apareció entre la niebla. Después de abrazarse elogiaron sus capas, comprobaron la consistencia de sus máscaras y gruñeron con los ojos medio cerrados, en un gesto que entonces me pareció de complicidad.

Al poco rato, mis asaltantes hacían y deshacían estrategias –todas ellas muy justas y pertinentes– sobre un mapa de Barcelona. Desde aquí, me respondieron, porque hay que continuar desde algún sitio. Yo no tenía muy claro cómo ni qué hacer. Me dijeron que, de momento, tenía que recibirlos a todos, abrir mi casa, decirla de formas distintas; así que me levanté y, sin estar muy convencido de haberlo entendido bien, volví a abrir la puerta y mi casa se llenó de gente.

“Cortázar no quiso ayudarle porque andaba algo molesto con la idea de que la máscara de su amigo también la hubiera cosido Piscis”

Llegaron de todas partes, de todos los tiempos, de todas las columnas. En seguida nos dimos cuenta de que éramos demasiados y para corregir la repentina densidad, Fantomas empezó a lanzar por la ventana a los personajes más pequeños y nerviosos; escuchabas un zumbido y de la ventana hacia abajo aparecían vocales de humo que se continuaban hasta las manchas de tinta que señalaban el aplastamiento en el patio vecino. La guerra había comenzado. Los compañeros de los sacrificados se lanzaron contra la amenaza elegante. Cortázar no quiso ayudarle porque andaba algo molesto con la idea de que la máscara de su amigo también la hubiera cosido Piscis, pero también porque acababa de sentir la obligación caballeresca de ayudar a María Casares, quien estaba siendo acosada por Vlad III, el príncipe de Valaquia y el señor Peeperkorn, experto en venenos y mordeduras de serpiente de cascabel. Fantomas, que desde el primer momento no había dejado de maldecir el día en que envió a Piscis, su tesorera, a casa de su amigo, al ver que éste no le ayudaba y que, por tanto, se confirmaba su recelo, se deshizo como pudo de la marabunta de colores que le había trepado, los aplastó contra la pared y se abrió camino hasta él. En ése momento, Peeperkorn echaba unas gotas en la copa de Cortázar, este bebía, Fantomas se acercaba, aquel se caía y a mí me dio la sensación de que lo habían talado. Se formó un coro alrededor del ciprés. Los alemanes dejaron de canturrear qualsevol nit pot sortir el sol y la casa se calló. Un personaje alto y cuadrado se agachó para comprobar el estado de mi primer invasor y al voltearse reparé en que su cuerpo sólo ocupaba dos dimensiones, que los primeros auxilios los hacía una hoja inmensa. No se podía hacer nada, la vida no dependía ya de él. ¿Qué vida? –pregunté yo–, pero nadie supo contestarme. Una vez terminado el chequeo, el invitado hoja se encaró al viento y dejó que este lo despidiera por la ventana.

María Casares se arrodilló frente al caído, lo tomó piadosamente en su regazo y le miró con los ojos agachados, queriendo atravesarlo; fue entonces cuando Cortázar dijo con una voz que parecían muchas voces saliendo de un pozo: que el individuo se salve; y torció el cuello lastimosamente hacia su protectora.