POLÍTICA

Como aquella mañana había leído a René Char
(«Quien crea en el girasol no meditará dentro de casa.
Todos los pensamientos de amor serán suyos»)
puse girasoles en el jarrón, al lado de las naranjas,
a juego todo con tu vestido de aquella mañana.
Aún recuerdo sus cúpulas doradas
entregadas a su rezo politeísta y nosotros,
nosotros derviches giróvagos en torno a su alegría.

Sobre la mesa, los objetos se contemplan.
Cuando la mano los mueva
callarán y hablará la mano.
Escúchalos antes,
no tendrás otra oportunidad;
así con todo.

En un cuenco de madera con castañas
una granada y un membrillo son una ética.
Como dos partes de algo anterior sólo ahora reunido
cuando intento pintarlos
el rojo huye hacia el amarillo y el verde hacia el naranja.

En la cocina humea aún
el té rojo con miel de brezo, sin buscar la clave
de una emoción precisa (cf. Durrell, Lawrence, Collected Poems,
Dutton, New York, 1960, pp. 92-93), mientras de la calle
llegan por el balcón abierto las voces de los tenderos,
el chirriar de la cadena de una bicicleta,
una canción que no conocemos y cuyas notas
oídas al azar buscan su lugar bien dentro nuestro
para volver otro día a turbarnos, sin saber bien por qué.

—¿Qué hacéis?
—Política.

Nos hemos detenido en medio del camino
que va del subiectum al subiectus, hemos pausado el dispositivo
para contemplar cada detalle del instante, las minúsculas
motas de polvo suspendidas en el aire de la habitación,
cada mínima grieta en las vigas de madera del techo,
el perezoso gato eslovaco, el tictac del despertador,
los libros apilados, la canción, las voces, la bicicleta…
Hemos detenido el tiempo y podemos movernos por su quietud.

—Esto es lo que la poesía enseña al mundo.
—Te parecerá poco.

LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Viajé primero a Florencia, al siglo xiii.
Se me antojó saludar a Dante, pero andaba
liado en un asunto de política.
Las vidrieras de las iglesias
no exhibían alegorías
sino manuales de instrucciones.

Fui luego al antiguo Egipto. Todas las hipótesis
sobre extraterrestres resultaron falsas
y no tenía tiempo de esperar la tierra prometida
sabiendo lo que sabía.

Entonces visité el futuro. Los gigantes
de las vallas publicitarias habían tomado el poder.
Habían depositado toda la cultura en la nube
para aniquilarla tras lo que llamaban El Apagón.
La resistencia se reunía para recitar poemas de memoria
y aprendices de pintor intentaban
reconstruir las obras maestras perdidas,
pero la ignorancia había resultado ser abstracta.

Regresé a mi época, miré en torno:
olía a hierba y alergias, una muchacha en minifalda
leía el libro de Pierre Hadot sobre Sócrates
y comía un helado, pensé: miradla, ahí va,
¡ahí se marcha junta toda mi filosofía!
Vi a un niño venir por el sendero
y le cambié la máquina del tiempo por su bicicleta.