Le preguntó varias veces.

Así comenzó.

Ella, le decía, era la torpeza y la confusión, un mundo incompleto, donde quizás una mano apoyada en la espalda y la otra acunando su cuello para que una boca que se abre a otra boca, su boca, de cerca, tan de cerca que al final cíclopes y fruta madura de lenguas desnudas y no, pero espera, todavía no,
primero un mundo.

Donde Él.
Y Ella.

Le preguntó otra vez.

Un mundo en el que se moverían juntos como el caballo de ajedrez que avanza como una torre que se mueve como un alfil, pero primero decidirían: día o noche, porque quizás ahora mismo querían ver las estrellas y bañarse en el mar y Las constelaciones, le diría ella, mira: las constelaciones tatuadas en nuestros brazos, y en nuestros muslos, y mira, y aquí también, se agitan cuando muevo las manos, las estrellas en la palma de mi mano, pero
el mundo.
Primero el mundo.

Le preguntó varias veces.
Si quería jugar.

Pero él no entendía de cíclopes ni de magos o magas, y su confusión arreciaba el ansia de conocer más sobre aquella pregunta.
¿Jugar a qué?
Temía desilusionarla, así que solo sonreía, con el gesto inocente de quienes confían en la felicidad del otro porque, secretamente, desean el contagio.
Un nombre, añadió ella al fin.
Un libro.
La historia comienza. Comenzaba.

París y Buenos Aires. Jazz, arte, literatura, sobre todo literatura. No era una historia de amor cualquiera, no creas, le decía ella mientras apuraba el último sorbo de café y relamía con disimulo las pequeñas nubes de espuma de las comisuras. Era una historia de amor de las verdaderas, de esas en las que uno quiere más al otro, pero no se atreve a decírselo, y en las que quien finge querer, en realidad ya quiere tanto o más, pero aún no se ha dado cuenta. No sé si me explico. El amor, esa palabra… El encuentro, de todas formas, siempre es inevitable y aunque ellos anden sin buscarse, siempre se encuentran. Se tropiezan y se enredan, se adoran y se destruyen porque se intuyen demasiado, se conocen demasiado, se saben demasiado, y al final: al final no hay final. Tienes que leerlo para entender que las cosas, las historias, también pueden ser infinitas.

Él intentó hablar, balbuceó un poco, pero se estremecía cuando ella le devolvía la sonrisa y se refugiaba entonces, con una timidez innecesaria, en la cucharilla con la que le daba vueltas y más vueltas a su inquietud: seguía sin entender por qué Julio, por qué Cortázar, por qué Rayuela.

“Se tropiezan y se enredan, se adoran y se destruyen porque se intuyen demasiado, se conocen demasiado, se saben demasiado, y al final: al final no hay final.”

Ella se agitaba emocionada en el asiento de la cafetería a la que habían entrado por azar, porque así andaban desde que se habían conocido, también por capricho de la Serendipia, una tarde de jueves en el bulevar de Montealegre; se movían por impulsos, con reglas que inventaban entre risas: dos latidos vamos hacia el norte; uno, hacia el sur; si estornudas, giramos a la izquierda; si lo hago yo, a la derecha. Ella, con las manos entrelazadas entre sí se sujetaba la barbilla, los codos apoyados en la enorme mesa que le había adjudicado el camarero menudo que, a falta de idioma común, empleaba gestos universales: por favor, síganme, aquí, una mesa, rodeada de estanterías de libros y Este será nuestro rincón, pensó la joven. Se mordía el labio inferior y dejaba que el poso del café se solidificara en el fondo de la taza marcando los minutos, las horas, el tiempo, mientras ella misma recordaba por qué Julio, por qué Cortázar, por qué Rayuela.

Desechó, por compleja o por incapacidad, la posibilidad de explicarle la existencia de unos seres llamados cronopios y otros famas a los que se imaginaba redondos y peludos, los primeros; y de mejillas angulosas y algo acartonados, los segundos; pero intentó aclarar su devoción por el escritor argentino. Verás, decía, pienso que hay varios grupos de idiotas en este mundo. Unos ni siquiera merecen ser mencionados. Son idiotas y morirán idiotas. No nos interesan, no creo que te interesen; a mí, por lo menos, no me interesan y no quiero hablar de ellos. Pero hay un grupo de idiotas excepcionales, orgullosos de serlo. Son los idiotas que se hipnotizan con el reflejo de las partículas que flotan en el aire cuando el sol ilumina el cuarto porque vete tú a saber qué piensan o imaginan ver en ellas; son los mismos que recogen hojas secas cubiertas de polvo de oro viejo para luego examinarlas a la luz de lámparas invisibles; son los mismos que ríen solos por la calle al recordar aforismos sobre el vacío y el tiempo, aquellos que de repente se salen de sus propios límites, para mirarse a sí mismos por fuera, desde otro plano, desde el mundo, porque en realidad, si lo piensas, formamos parte de una misma cosa y es posible observarlo todo desde un ángulo que puede parecer ajeno —pero de eso podemos hablar luego—.

Esos son los idiotas que a mí me seducen, los que al terminar un espectáculo de músicos checos descubren que llevan varios minutos con la boca abierta, extasiados en el eco de los acordes y perdidos en una danza imaginaria que, inmediatamente, desean compartir con un cómplice para celebrar que aún siga existiendo la magia, que aún haya personas interesadas en hacer algo único y excepcional que eleva, nos eleva, a los hiperestésicos por encima de la realidad asfixiante, por encima de este mundo incompleto, de este agujero donde solo sopla el tiempo, en el que, si no sabemos escapar, no ocurre nada más extraordinario que eso que ocurre todo el tiempo. Y eso, la sensación de no poder escapar, es desalentador, te lo aseguro. Si no lo encuentran, al cómplice, si no hay nadie con quien compartir ese momento, no se apuran, no creas, no se desesperan, porque tienen la capacidad de plegar ese entusiasmo en varias dobleces, en cuadraditos pequeños, guardarlo así, perfectamente condensado, en uno de los bolsillos de la camisa o del pantalón, o en un bolso, para desplegarlo después, más tarde: la ilusión contenida: en historias, en poemas, en palabras repartidas en frases separadas en párrafos que forman libros que luego, a mí, personalmente, me idiotizan tanto o más que a ellos.

Por eso Julio, por eso Cortázar, por eso Rayuela, le explicaba.
Pero hay más. Ahora te cuento.

Y él, que había comenzado a relajar la mandíbula de manera que una pequeña abertura en sus labios revelaba el progreso de su curiosidad, le suplicaba con las pupilas dilatadas que sí, que por favor, que continuara, que le hablara de aquel libro.

“Resolver el enigma, los enigmas, significaría alcanzar la perfección, y eso nos aburriría hasta la muerte”

Rayuela, capítulo 1. ¿Encontraría a la Maga? Horacio, el protagonista, no la busca, o eso dice, porque puede que sí, que en realidad siempre la estuviera buscando, porque Horacio es un buscador, «un matador de brújulas», busca constantemente no solo amor o amantes, sino —o sobre todo— un nuevo orden en la vida, la identidad del ser, busca al hombre verdadero, al proyecto milenario de uno mismo, de uno-otro, de uno, en definitiva: uno es, todos somos, y eso nos mueve, la búsqueda de respuestas a cuestiones que no somos capaces de formular porque ignoramos las palabras necesarias para resolverlas, pero que al mismo tiempo se sienten, intensas, palpitando en algún punto concreto de nuestras entrañas cuando creemos estar cerca de ellas, de la solución, de la fórmula que nos permitirá descifrar todas las incógnitas. No, no te creas, nunca se resuelven: es una ilusión fugaz, un espejismo, una ilusión mentirosa, bromista, que aparece y enseguida se desvanece, que no dura nada, apenas dos pasos en la calle, el tiempo de respirar profundamente, y debemos dar gracias a que así sea: resolver el enigma, los enigmas, significaría alcanzar la perfección y eso nos aburriría hasta la muerte. Una muerte cerebral inmediata, fulminante. Por eso debemos seguir buscando, por eso leemos libros como Rayuela.

Por eso, también, el juego.

Él, aún callado, empezaba a entender. O eso quería creer la chica porque quizás, en realidad, era ella quien ansiaba contagiar la ilusión y no al revés, quizás era ella quien, ahora, entonces, en aquel momento, los dos sentados en un café, el uno frente al otro, buscaba un cómplice, quizás ella no podía ver, deslumbrada por la pasión, que él también quería hablar, que él también tenía algo que decir.

Y ella seguía:

Saltamos, de un capítulo a otro, saltamos en la rayuela, como saltan los locos en el manicomio, improvisamos, inventamos, para romper con la cárcel del orden preestablecido, con el tiempo lineal, con el tiempo, pero, ¿qué es el tiempo?, ¿y tú me lo preguntas? Tantos años y siempre, siempre, siempre, diría Vallejo. Saltamos, con la ayuda de un tablero, dibujado en la primera página, la primera broma de Julio, de Cortázar, que nos guía a través de un laberinto de capítulos y en un momento es Horacio Oliveira deambulando por las calles de París, o en Buenos Aires, o es el Club de la Serpiente y hay jazz y divagaciones metafísicas, sobre el mundo, sobre el arte, sobre la vida, y de repente ya no estamos allí, sino en otro lado, saltamos, ¡hop!, y nos encontramos con un tal Morelli, en una zona donde escritor y protagonista son uno mismo, una zona donde el aire entra y sale libre, sin ataduras, sin esquemas prefijados, donde hay notas, recortes, experimentos lingüísticos, experimentos sintácticos, experimentos en general. No dura mucho, no permanecemos allí, inmediatamente regresamos: la historia nos llama y nos perdemos dentro de la mandala, del caleidoscopio, con Horacio de nuevo, con la Maga, con Ossip y el chino Wong, con la pianista Berthe Trépat, ¿te he hablado alguna vez de Berthe Trépat?

No, a él no le dio tiempo a reaccionar, a responder que no, que no le había hablado nunca de Berthé Trepat, que era imposible que lo hubiera hecho porque apenas acababan de conocerse y jamás habían hablado antes de Rayuela o de cualquier otra cosa más allá del intercambio del número de teléfonos que, por supuesto, celebraba, pero le gustaría que ella le dejara hablar en algún momento. Jamás podría, sin embargo, reprocharle tanta emoción.

Y ella seguía:

“La señora está tan abatida, tan sola, y Horacio lo sabe y por eso lo hace, se entiende, y le deja que ella le agarre del brazo y se lo apriete mientras caminan por las calles de París.”

Berthé Trépat es una mujer robusta, con zapatos tan de hombre que ninguna falda podría disimularlos, una pianista que ofrece un concierto al que Oliveira, Horacio, acude por casualidad y pese a que todo el público se marcha, él se queda y le aplaude aunque no sabe por qué, arrepintiéndose en el mismo momento que lo hace, y después, al finalizar la actuación, la acompaña a casa mientras elogia su interpretación musical y sabe que está siendo un hijo de puta, qué hijo de puta que soy, se dice a sí mismo y a mí eso, no sé por qué, me divierte mucho, quizás porque es un pensamiento que todos tenemos a veces, cuando sabemos que no somos sinceros, pero que lo que hemos dicho es una mentira inocente, inocua, una mentira blanca o piadosa, una mentirijilla, porque la señora la necesita, necesita el aprecio, el halago, el consuelo, y la escena, al mismo tiempo, me resulta tan conmovedora porque la señora está tan abatida, tan sola, y Horacio lo sabe y por eso lo hace, se entiende, y le deja que ella le agarre del brazo y se lo apriete mientras caminan por las calles de París,

París, vayamos a París, ¿quieres?

y la escucha y le sugiere que se vaya a un hotel si Valentín no le quiere abrir la puerta y entonces ella piensa que la proposición es deshonesta y se revuelve con la misma intensidad con la que Rocamadour, el hijo de la Maga, se revolvía cuando ella intentaba introducirle un supositorio, así lo cuenta Cortázar y de nuevo, a mí, me hace reír porque imagino a Horacio: Que no, señora, pero cómo cree; y a ella, recuperada la dignidad: Que sí, que ya conozco yo a los depravados que me siguen por la noche; y al final, Oliveira se va, con un arañazo en la cara y, ya, lo sé, la situación, así contada, no tiene ninguna gracia, yo no soy Cortázar, pero tienes que leerlo, de verdad, es muy divertido.

Él intentó alcanzar la mano de ella, quería contener su aliento entre sus dedos y explicarle que, pero ella flotaba por encima de la mesa y desde el techo buscaba la rue de Seine, la rue Tourion, y ahora era él quién se mordía los labios porque no sabía cómo recuperarla, y estiraba sus dedos para atraerla de nuevo hacia la tierra, donde el café, habían pedido otro café porque la tarde se había alargado como si el tiempo realmente no existiera, como si se hubiera detenido, y siempre, mucho siempre, siempre. Las palabras se le agolpaban en la boca, las vocales le hacían cosquillas en el paladar y los pómulos le temblaban, quería decirle que, quería contarle que, pero no, no se atrevía.

También puedes empezar por el capítulo del tablón, el 54, le interrumpió ella regresando a su asiento justo antes de que él se levantara para abrazarla por los pies. Es el primero que escribió Cortázar, cuando ni siquiera sabía que iba a escribir Rayuela, cuando ni siquiera sabía qué quería decir aunque eso es lo que dicen algunos, o quizás lo haya dicho él mismo; en realidad, yo pienso que uno siempre sabe lo que quiere decir y el problema es encontrar las palabras adecuadas. La búsqueda, a veces, ocupa una vida entera, pero no hay que desistir. La búsqueda de nuevo, ¿ves? Probablemente estaría todo ya en su cerebro, habría crecido con él, con su cuerpo, atado a los piolines que Horacio coleccionaba. Piolines son cuerdas, hilos. Puedes hacerlo, puedes empezar a leer por donde quieras, por qué no, el capítulo 7, el capítulo 62 o incluso el 32: la carta a Rocamadour, quizás antes tienes que saber quién es Rocamadour, yo ya te lo he dicho: es, era, el hijo de la Maga. Juega, es divertido, todo es un juego, la rayuela es un juego, la novela es un juego y, ¿acaso la vida no lo es? Porque, si lo piensas, ¿qué haremos de nosotros cuando estemos cansados de nosotros mismos?, decía el filósofo. A mí, como a Cortázar, me sería absolutamente imposible vivir si no pudiera jugar.

Cuando ella por fin detuvo su discurso, cuando su mirada se desvió de la mesa y localizó ese hueco ausente de luz y color que atrapa al pensamiento, él aprovechó para liberar sus palabras y sugerirle lo que, desde hacía rato, su prudencia había retenido: La vida es un juego, cierto, dijo, pero también, a veces, la vida es, al menos para mí, una broma infinita.