Sección Corbata VI

Berta se detuvo al divisar la figura de aquel extraño, parado delante de la tumba. Nunca había visto a nadie visitar a su padre desde que éste muriera, ni siquiera a quienes se habían vanagloriado de haber sido sus grandes amigos, sus amigos del alma, sus colegas más queridos. Durante el velatorio, todos habían recreado momentos con él, el buen Martín, y lo imitaban colocándose un dedo sobre el labio superior y engolando la voz, con cariño, siempre desde el cariño, aseguraban. Su padre siempre había tenido un bigote frondoso que se mesaba con los dedos índice y pulgar de la mano derecha cada vez que se detenía a pensar y ésa había sido una de las señas de identidad del historiador durante sus años académicos. Algunos quebraban la voz a propósito, fingiéndose conmovidos por la desaparición de “un gran hombre”, digno de respeto y admiración, un hombre trabajador a quien en los últimos años apenas habían visto, pero que aún así recordaban como si todavía siguiera entre los vivos. Un hombre que había pasado sus últimos meses de vida recluido en su habitación, redactando informes y estudios como un poseso, textos a los que nadie, jamás, ni uno solo de ellos, prestó la más mínima atención, excusándose siempre en sus propias investigaciones. Sólo al final, cuando ya sabían que la muerte era inminente, cuando las células deformadas le oprimían la garganta hasta asfixiarlo, sólo entonces algunos acudieron a la casa, si bien movidos por la necesidad de aligerar sus conciencias más que por una preocupación real por el viejo loco, como lo llamaban entre ellos. Ni siquiera entonces ninguno de los visitantes quiso escuchar sus historias sobre aquel hombre misterioso, sobre ese tal Carter que lo había alejado de la posibilidad de entrar en la Real Academia de Historia un año después de que le concedieran el Premio Nacional por sus investigaciones sobre la participación de soldados españoles en la Guerra de los Cien años. No pudieron entenderlo y, para ellos, el desinterés que había mostrado por el academicismo durante los últimos diez años de su vida no podía interpretarse de otra forma que no fuera traición.

Desde la distancia, protegida por el tronco de un árbol, Berta observó cómo el intruso, un joven de cabello corto y despeinado, retiraba algunas de las hojas que el otoño había llorado sin consuelo sobre el sepulcro. El joven llevaba un abrigo largo, de color negro, o verde oscuro, y sus piernas parecían muy largas, demasiado en comparación con los brazos, pensó. Le sorprendió verlo repasar con los dedos las letras marcadas en la lápida, como si no se fiara de sus ojos, como si tuviera que comprobar físicamente, con el tacto, que aquel nombre era realmente el que estaba leyendo: Martín Fernando Alcides Gómez de Balbuena, y justo cuando estaba a punto de decirle algo, de llamarle la atención por lo que sentía que podría estar incomodando a su padre, siempre tan tímido y tan recatado, poco amigo de las expresiones de afecto públicas o de los abrazos demasiado prolongados, el hombre se giró y ella tuvo que refugiarse rápidamente en la verticalidad del árbol. Callada, casi sin respirar para evitar que el volumen de su cuerpo henchido la delatara, esperó un tiempo que consideró suficiente para que el muchacho se alejara o se marchara definitivamente del cementerio. Podía oír sus pisadas crujientes, cada vez más tenues, cada vez más distantes, y el sonido le sirvió de guía. Cuando el silencio volvió a ser la melodía de los muertos, salió de su escondite y se acercó a su padre. Como cada domingo, le rellenó el vaso de whisky y le leyó, sentada a su lado, varios poemas de Brodsky.

Hacía varios días que no limpiaba la casa. No tenía ganas. Se levantaba por las mañanas y después de desayunar, porque eso era lo primero que debía hacer si no quería caerse al suelo hipoglucémica, se encerraba a repasar las notas que su padre le había hecho escribir durante los últimos días, cuando el dolor ya le estrangulaba la tráquea y las articulaciones eran fragmentos de cristales que se clavaban en las venas cada vez que intentaba moverse. Había hecho varios esquemas, había pegado los diagramas en la pared de la habitación convertida en escritorio, la habitación que había ocupado su hermano antes de que éste decidiera que la vida dolía demasiado, e intentaba buscar algún punto de conexión entre ellos. De Italia pasaba al Estado de Fiume y de allí a Paraguay, ¿o era al revés? Aún tenía que encajar, en toda aquella maraña de datos, nombres de personas y lugares, a Robert Jordan y Montana. ¿Sería Robert Jordan, de Montana, o aquel estado era uno más de los que visitó Carter? Su padre le había dictado una lista de nombres tan extensa que aquel que había descubierto en una de las cartas de D. K. no parecía ser mucho más importante que los otros, aunque de alguna forma sentía que era significativo. Se vio tentada a ordenarlos todos alfabéticamente para comenzar siguiendo, al menos, un orden menos arbitrario del que, por ahora, le había impuesto su falta de organización.

Durante un par de semanas anduvo con el misterio cosquilleándole la oreja derecha, pero se sentía incapaz de relacionar las fechas, las imágenes y mucho menos los nombres para obtener una pista certera. Le faltaban datos, lo sabía, le faltaba alguna pieza, un clic, le faltaba esa primera puntada que le permitiría comenzar a hilvanar el resto de la historia, pero no podía más. Estaba agotada. Desde que su padre murió no había dejado de pensar en la obsesión que lo había apartado de la vida, no podía dejar de sentir odio por ese tal Carter, pero al mismo tiempo se sentía mal por rechazar a alguien a quien él había admirado e incluso venerado de un modo tan absoluto. No podía rendirse.

Los días pasaron sin grandes avances hasta que una tarde, poco después de regresar de la universidad, donde enseñaba Matemáticas, Berta encontró un mensaje en el contestador automático. Nadie le dejaba nunca mensajes en el contestador automático y por alguna extraña razón sintió emoción. Una emoción infantil, se reprendió enseguida, pero sin dejar de sonreírse a sí misma orgullosa de poder sentir de nuevo. La máquina liberó a una voz masculina que decía ser amigo de Stepanov y que le pedía una cita. Aseguraba tener documentos de Martín Balbuena y necesitaba contrastar informaciones. La citaba a las siete de la tarde del día siguiente en el Museo de Arte Contemporáneo. No dejaba ninguna otra indicación, ni siquiera su nombre o algún número de teléfono donde pudiera contactarlo. Tendría que cambiar sus horas de clase porque, fuera cierto o no lo que la voz le prometía, la oportunidad de hablar con alguien sobre aquello no se le presentaba todos los días.

Cuando llegó, reconoció el perfil espigado y, sobre todo, su gabardina negra o verde oscuro. Era el mismo que había estado en el cementerio, el mismo a quien la incredulidad le había forzado a palpar el nombre de su padre bajo las yemas de sus dedos. Sintió una pequeña contracción en el estómago, pero siguió avanzando hacia él. No tenía ninguna duda de que había sido él el autor de la llamada.

—Hola, soy Berta Balbuena. Creo que querías verme —dijo escondiéndose esta vez detrás de sus palabras.

—Berta Balbuena, encantado. Soy Asdrúbal Pedro —le tendió la mano, tan delgada como ella se había imaginado. Estaba fría, helada, y sin embargo sudorosa. Apenas apretó la mano de la joven al estrechársela y esa languidez le provocó cierta desconfianza. Su padre le había dicho, cuando pequeña, que las manos, al saludar, deben apretarse con determinación y carácter para ofrecer una sensación de seguridad y de respeto hacia la persona saludada.

—¿Quieres que vayamos a la cafetería o prefieres que nos sentemos en uno de los bancos? —le preguntó el hombre señalando uno de los asientos que había en la entrada del museo. Sus ojos, de un color indeterminado, parecían agotados, como si hubieran sido golpeados por la melancolía y sus párpados aún trataran de defenderse.

—Mejor vayamos a la cafetería, ya empieza a refrescar.

—Esta es la foto de los médicos. De los músicos. De los músicos médicos. —le mostró con un leve temblor en las manos que supo detener apoyando el antebrazo sobre la mesa. En ella, supuestamente estaba Carter, pero ninguno de los dos supo identificarlo. Ninguno lo había visto y la única descripción que tenían de él era el temblor que lo caracterizaba y que la cámara, lógicamente, no había captado.

—¡Un momento! —reaccionó Asdrúbal—. ¡No son médicos! ¡No son médicos! Son pintores, las manchas que tienen en sus batas no son de sangre, como tu padre creía, son pintores. Eso es: ¡son pintores! —celebraba con un entusiasmo exagerado al que a Berta le costó sumarse.

— Éste de aquí que parece menos divertido es Pedro Figari y, si no me equivoco, aquél de la esquina es Xul Solar —señalaba mientras sus piernas se agitaban nerviosas por debajo de la mesa. ¡Ésta es la Banda del Frente Único! —golpeaba con las palmas de la mano sobre la mesa mientras le dirigía a Berta una mirada que, sin embargo, no la convencía de su felicidad.

—Entonces. Entonces sólo nos quedan cuatro personas por identificar y, supuestamente, una de ellas es Carter.

—¡Así es! Pero no será difícil. Intuyo que estamos cerca. Ahora recuerdo que en una de las notas, tu padre mencionaba a ambos pintores. Tenían un grupo de música con el que se reunían para buscar nuevos sonidos, un nuevo lenguaje musical. Xul, esto lo sabe todo el mundo, estaba obsesionado con el lenguaje y, por tanto, también con el silencio. El grupo de Girondo, Borges y Macedonio apenas hablaba de música y Xul, inquieto por naturaleza, nunca pudo convencerlos de la necesidad de explorar los sonidos. Se aburría: necesitaba inventar porque ésa era su forma de rebelarse contra la realidad y decidió formar esta banda. No sé cómo convenció a Figari, ese será un misterio que, me temo, será difícil de resolver, ni a qué se debe la elección de trompetas y trombones, pero puedo imaginar que será porque todos ellos, descoordinados, harían un ruido espantoso, realmente desagradable y ese desconcierto atraería al argentino. El silencio quizás sea sólo un estado mental. Quién sabe.

—Pero —Berta se descubrió mesándose el labio superior e inmediatamente apoyó la mano sobre la mesa— una vez que sepamos quién es Carter, una vez que lo hayamos identificado, ¿qué pretendes hacer?

—Pues, lo mismo que ahora: buscarlo.

 

 

Continuará