Sección verde III

Comedores de fantasmas.

—Buenos días. Encantado de verle por fin en persona. Puede llamarme El Dandi.
Dijo el chico. Me pareció joven, algo más que yo. Aunque era difícil poder precisar su edad. Quizá tenía veinticinco años de intensa vida nocturna; o treinta i dos de dormir dentro de un frigorífico. La causa principal de esa indefinición era que iba vestido como un súbdito de la reina Victoria: pantalones de tweed marrones, anchos y abrochados a la altura del ombligo, chaleco beige sobre camisa blanca de cuello duro, corbata ascot y levita también beige. No vi en ese momento sus botines negros, ni me percaté de la cadena de oro que salía del bolsillo izquierdo del chaleco, cruzaba por el tercer ojal y se hundía en el bolsillo derecho. Tampoco era capaz, entonces, de describir el atuendo de El Dandi. Fue mucho tiempo después cuando nuestra estrecha relación me puso en contacto con las corbatas ascot, los trajes victorianos hechos a medida, El Museo de los Desechos de la Ficción, el P.A.C., Carter y la Colección Xanadú.
—Suba por favor—el chico me esperaba, fumando con boquilla de nácar, en lo alto de la doble escalinata de piedra que llevaba a la entrada principal de la casa: una masía catalana situada en el pueblo de Seva, media hora al norte de Barcelona.
Era una estructura señorial, un cubo de piedra con cuatro torres hexagonales, coronadas por minaretes. Yo había llegado allí invitado por El Dandi en una escueta carta que apareció en el buzón de mi casa y rezaba:
Estimado,
Creo que, aun sin conocernos, compartimos una interesante lectura. De hecho, me atrevería a decir que somos los únicos que la compartimos: usted en calidad de heredero; yo en calidad de futuro editor (cosa no enteramente cierta, pero permítame no entrar en detalles). Es por esto que creo conveniente que nos conozcamos. Venga a visitarme el sábado a media mañana al Museo de los Desechos de la Ficción (cuyas señas encontrará con una rápida consulta por internet). Si este mensaje no le ha interesado, es que está muerto por dentro, y por lo tanto no tiene sentido que hablemos.
Suyo, besando sus pies, besando los pies de su señora (en caso que la tuviera).

El Dandi me dio su mano repleta de anillos.
—Bienvenido al Museo de los Desechos de la Ficción—señaló una placa dorada que lo anunciaba—. Se hacen visitas en horarios a convenir. Pase, por favor.
—Me gustaría aclara primero algunas cosas.
—Y a mí, se lo aseguro, pero lo haremos más tarde.
Le seguí al interior de la casa y El Dandi empezó su discurso, que llevaba ensayado, o eso me pareció.
—Esta primera sala, que antiguamente era el recibidor, está consagrada a la primera pieza de la colección—señalo un armario hecho completamente de vidrio que alojaba en su interior dos elementos: un palo de bastón de color caoba y una espada con una empuñadura extraña—. La importancia de esta pieza es totalmente sentimental. Su valor es muy inferior al de otras joyas que contiene la colección. Aunque aquí en el museo la amamos con locura, pues sintetiza de manera perfecta nuestras intenciones. Por si no está familiarizado con el concepto, y casi nadie lo está, esto es un bastón con estoque. Permítame que se lo muestre—El Dandi abrió el armario, cogió la espada por su empuñadura e introdujo la hoja dentro del palo de bastón —. Pruebe usted—la empuñadura, bruñida en plata, representaba la máscara de un doctor de la peste veneciano, con su pico largo, los anteojos y el sombrero de ala ancha. Descubrí con rapidez el dispositivo, escondido bajo el pico, que abría la pestaña de seguridad y permitía desenfundar la hoja; el interior del palo de bastón estaba mechado por una hendidura.
—Es un doctor de la peste—dije, más por decir algo que por aportarle información a mi anfitrión.
—Sí, fue encargado para una producción inglesa de la Hammer que, al menos durante un tiempo, iba a ser protagonizada por Peter Cushing, el gran Peter Cushing, que era un gentleman, como Christopher Lee. La película nunca se rodó y, por lo tanto, el bastón se perdió por los almacenes del estudio, hasta que cayó en buenas manos. Este es el tipo de cosas que exponemos aquí: materiales de preproducción de películas, o series de televisión, que no llegaron a rodarse, o que fueron suspendidas por falta de dinero, o por calamidades variadas.
—¿De qué iba la película?, la del bastón.
—Interesante pregunta; era una extraña mezcla entre algunos cuentos de Poe y los últimos días de su vida, la de Poe, me refiero. Según la mayoría de sus biógrafos, Poe visitó a su médico en Baltimore unos días antes de morir, al salir de su consulta se llevó por error el estoque del facultativo. Este fue a reclamarlo cuando encontraron el cuerpo del genial escritor. Dio una descripción exacta del mismo a las autoridades: caña de caoba, hoja de acero templado, empuñadura de plata con forma de cabeza de doctor de la peste, comprado en Venecia. Este que tenemos aquí—señaló el bastón—, parece que fue construido para primeros planos, pues, aunque la hoja no está afilada, hay que reconocer que los materiales son de calidad. Incluso gravaron la madera con el nombre de su propietario.
Busque en la caña y, efectivamente, alguien había gravado: John Carter, M. D.
Al leer ese nombre me entro una especie de frio dentro, como si fuera un tragador de sables que se hubiera metido un palo de hielo por la boca.
No me extenderé en el resto de la visita, pues su recuerdo se mezcla en mi cabeza con el de muchos otros días rebuscando entre la ingente cantidad de material. Existe, también, otra razón: El Dandi no me contó toda la verdad sobre el Museo de los Desechos de la Ficción: omitió que las piezas de la colección seguían un orden y un plan, unas de manera directa, como parte de un discurso; otras de manera indirecta, como parte del camuflaje de ese mismo discurso, por ejemplo: en el ala norte de la casa visitamos una sala dedicada a guiones sin filmar y storyboards; entre multitud de series que no pasaron del piloto había un proyecto dedicado a Firestorm y otro, con diseños del mismo Mike W. Kaluta, sobre Madame Xanadú. No estaban destacados, ni siquiera a la vista, aunque su importancia para El Dandi era máxima, como luego descubrí. En el centro de la sala, para despistar, se podían ver bocetos de Tim Burton para su proyecto de Superman.
Al terminar la visita pasamos a una sala hexagonal con grandes ventanales y una chimenea encendida. Todo el mobiliario era antiguo: sillas con motivos florares, armarios con vidrieras de colores llenas de ninfas y hadas con alas de mariposa o de libélula, y el general odio a la línea recta que definió el modernismo catalán.
—Bien, usted tiene algo que me pertenece, doctor Jones—dijo El Dandi impostando un extraño acento alemán.
Ante mi estupefacción, un sentimiento en el que me había acomodado desde hacía dos horas, desde que aparqué el coche, El Dandi continuó.
—Es una broma, es de una peli de Indiana Jones. No es que sean mis preferidas, al fin y al cabo, se rodaron. Bueno, dejémonos de cháchara, como diría mi hermano, y pasemos a temas serios: ¿ha leído el Archivo Py?
—Varias veces.
—¿Qué le ha parecido?
—Impresionante. De principio a fin—dije.
—No “a fin”, estimado. La obra de August no está acabada.
—Sí, lo sé, trabajo hasta el día de su muerte.
—Tampoco habló de eso.
El Dandi me ofreció una bebida. Le pedí cerveza. Salió de la habitación. Me invadieron unas ganas horribles de escapar y de fumarme un cigarrillo, pero solo esto último era plausible en ese momento. Toda la habitación daba a entender que se podía fumar, había ceniceros, cerillas, y una traza de olor a tabaco apenas perceptible debajo del humo de la chimenea. Así que encendí un Camel, y justo en ese momento apareció El Dandi con dos pintas de cerveza. Le mostré la cajetilla abierta, en el gesto universal de ofrecer tabaco. Aceptó y, tras un sorbo largo, reanudó su discurso.
—Yo le pedí a August cuatro libros. Me sorprendería enormemente que hubiera, siquiera, empezado el cuarto.
—Yo—respondí—, solo he leído tres.
—Eso mismo me temía. La parte más importante de su trabajo todavía estaba por hacer. ¿Está usted familiarizado con el concepto de Chivo Expiatorio?
—Estoy seguro—conteste, por primera vez con una sonrisa, aunque no podía entender el motivo de la misma— que no en el sentido que usted le dará.
—Me gusta que me trate de usted, no deje de hacerlo nunca. Yo tampoco lo haré. Bien, vamos a entendernos, creo. Como le decía, Chivo Expiatorio es el término que se usa para referirse a un sustituto mágico. Hoy en día, o desde hace un par de siglos, no se hacen sacrificios a los dioses, en el sentido estricto. Es decir, como alimento directo dado a las potencias divinas…
—Los antiguos —apunte yo—, no concebían sus rituales como una teatralidad simbólica.
—Efectivamente, nos entendemos. Ellos realmente creían que los dioses se sustentaban por esos alimentos, y por el incienso, claro. En la magia moderna requerimos de sustitutos, cosas o personas que tomen el lugar de lo real en el sacrificio.
—No entiendo dónde quiere llegar.
—Bien, amigo mío —dio otro sorbo largo—. Usted es el albacea de la obra de August Py, por lo tanto tiene lógica que sea usted el que tome su lugar, el que acabe su trabajo.
Apague el cigarrillo y encendí otro. No puedo negar que se me había pasado por la cabeza hacer algo con los fragmentos, algo que diera a conocer el trabajo, quizá una edición de los mejores trozos, pensaba; quizá encontrar una pequeña editorial y seducirles con la trágica historia de mi amigo, y escribir un prólogo. Aunque descarté esa opción por rastrera; me daba la sensación de estar mercadeando con el recuerdo de August. En cambio, la propuesta del El Dandi abría una vía totalmente lógica.
—No le niego que me tiente su oferta. Pero creo que no sé exactamente cuál era la naturaleza del trabajo de nuestro amigo—dije, con énfasis en “nuestro”.
—Es difícil de explicar en su totalidad. Yo le diría que August Py formaba parte de una amable organización secreta de buscadores, encontradores y avistadores que concentra sus esfuerzos en seguir, localizar e interpretar las andanzas de un individuo…
—Carter.
—Eso—El Dandi me miró largo rato, como quien mira a un empleado de banca—, lo ha dicho usted, no yo. La organización puede tener siglos o haberse formado antes de ayer. Quizá somos miles o cuatro. Yo oí que la fundo Jayne Mansfield, y también Casanova, y también he oído que Danny De Vito es miembro, y que la dirige Johan Cruyff. Solo le puedo decir que hay unas siglas: P.A.C., aunque desconozco que quieren decir.
—¿Y usted es la delegación catalana de la organización?
—Se podría decir que sí. El Museo es su sede, lo fundó mi hermano.
—¿Cuándo lo conoceré?
—Nunca. Murió.
—Disculpe. Lo siento.
—Fue hace un par de años. Se fue a dormir con una extraña comezón en las piernas y no se despertó.
Se me heló la sangre al oír eso, pensando en la muerte de August Py. El Dandi lo percibió y alargo su mano. Nos dimos un apretón para sellar nuestro acuerdo.

El bastón del mago.
El bastón del santón.
Bastones como serpientes, dos serpientes entrelazadas.
Dos serpientes entrelazadas como una cadena de A.D.N.
Una cadena llena de bastoncillos.
August Py, Temblores, Documento sin título 4,
fecha de modificación 11/01/2006 17:45