Sección verde IV

El relato de El Dandi.

Se llamaba Juan Carlos Olmo, pero siempre se había hecho llamar John Olmo, John Oak (supongo que por alguna confusión, pues lo normal es que se hiciera llamar John Elm), o El Hot. Evidentemente, yo me llamo El Dandi en honor a este último apodo. Lo conocíamos desde pequeños y era nuestro ídolo: el tipo más extraño que habíamos visto. Y tenga en cuenta que para nosotros, y con “nosotros” me refiero a mi hermano y a mí, ver tipos extraños era bastante corriente, como si algo en el barrio los atrajese. Era el propietario del videoclub que frecuentábamos, aparte de supuesto productor de cine, supuesto productor de series de dibujos animados, experto timador, chanchullero de tomo y lomo, corruptor de políticos, especulador inmobiliario, ladrón, mentiroso y poseedor de un próspero negocio de falsificación de obras de arte. Era algo así como una versión cutre del hombre del renacimiento. Según él, compraba su ropa en un sastre de Carnaby Street (nosotros, que le escuchábamos embelesados en la barra del restaurante de nuestros padres, no sabíamos dónde estaba Canaby Street, y suponíamos que era una calle de carniceros, como el Carrer Escudellers era una calle donde se hacían escudellas). Siempre vestía trajes de terciopelo granate, foulards llenos de paramecios, claramente femeninos, y algo parecido a botines de bailador de flamenco, pero blancos. Llevaba dos anillos en la mano derecha: un sello enorme de oro, con la letra hache (de Hot) grabada, y un anillo de plata con un pedrusco verde engarzado;  y por si todo lo anterior no fuera suficiente, en invierno aparecía en el bar con bombín y abrigo de piel de chinchilla. Aunque nosotros no lo percibíamos, era un brasas de tomo y lomo, un pesado, un tunante, un contador de cuentos chinos, un patrañero. Durante un tiempo llegaba con algún pobre vagabundo, o un drogadicto tembloroso, o cualquier desecho humano de los que mataban la mañana alrededor del bar de nuestros padres, gente que apestaba a tabaco, alcohol, medicamento y meados, todo a la vez; les pagaba el almuerzo y los pobres tenían que escuchar sus historias de triunfo financiero y revolcones con jacas. Por suerte para los pobres tipos, mi hermano y yo nos hicimos suficientemente mayores para poder escuchar descripciones de tetas (la edad que se consideraba adecuada para eso en nuestra infancia rondaba los diez años) así que nos convertimos en su público preferido. El repertorio era extenso y variado, aunque sobresalían tres nombres: Christopher Lee, Peter Cushing y Bruce Lee. Como el Hot no era muy dado a introducciones nosotros pensábamos que Christopher era el padre de Bruce, y el otro, pues otro que pasaba por allí. El Hot omitió muchos detalles en sus narraciones, tales como que Bruce Lee había muerto ocho años antes que nosotros naciéramos, o como que Peter Cushing salía en La guerra de las galaxias; sus historias empezaban in media res, con una pregunta: “¿Vosotros sabéis, chicos, lo que es una iglesia de un solo hombre? ¿No? Estaba yo en el antro más chungo de todo Londres, de verdad, la mitad de las cosas que vi no las puedo contar porque me entrullan,  pero, chicos, los negocios son los negocios y rondaba una perla tremenda por Belgravia, uno de esos magnates venidos del lugar más perdido del mundo, y no era plan de dejarlo escapar con dinero fresco para otro, ¿no?”, y nosotros decíamos que no con la cabeza, y yo confundía Belgravia con Letvaria y pensaba que El Hot tenía tratos con el Barón Víctor Von Muerte, el malo de Los Cuatro Fantásticos, “claro que no, chicos. A los que les sobra dinero, o los que tienen que meter dinero en sitios les encantan dos cosas: saraos y…” y aquí nosotros decíamos “yacas” que era lo que El Hot nos había enseñado, “…yacas, gachís, jamelgas, rufianas, titis; que para el caso es lo mismo. Pues nos llevamos al tipo de fiesta con un montón de pilinguis, rondaba por allá Christopher Lee que es…” y aquí decíamos “un gentleman”, “… un gentleman como la copa de un pino, un tipo con tanta clase que lo podrías meter en un antro de camioneras y se las manejaría para pedir un Dry Martini, encenderse un puro y tratar a toda la parroquia de “señorita” para arriba. Ese hombre ha llamado “dama” a gente que a la que yo no daría la hora. Un gentleman no va a sitios “buenos”, convierte los sitios en “buenos” con su sola presencia. ¿Qué os estaba contado? Ah, sí, la iglesia de un solo hombre. En medio del antro, bebiendo solo había un tipo, vestido como el Papa de roma, pero de negro y en vez de ese sombrero raro llevaba una especie de orejas de burro, y un cartel que ponía: Iglesia del asno dorado de un solo hombre, se aceptan donaciones, no se aceptan feligreses. Eso es una iglesia de un solo hombre. Así que yo le digo al tipo del dinero que el papa burro va a salir en la peli que vamos a producir. Le digo que ponga el dinero, que es una apuesta segura, que el arte y ensayo esta más de moda que nunca i la gente se pirra por ver pelis raras. Le suelto que tengo un distribuidor en américa que solo busca pelis europeas muy locas para las sesiones de media noche, que un tipo hizo una y se forró, la clave es que salgan muchos poetas callejeros y tías en bolas. Les pregunto a las titis si se despelotarían en nuestra peli, es importante llamarla siempre “nuestra peli”, y me dicen que sí, y allí mismo casi se quedan en cueros. Y en eso que ya tenemos al pardillo medio convencido, ya bebiendo ginebra del ombligo de una pilingui, y Christopher Lee se levanta, da las buenas noches, se pone sombrero y gabardina, y al pasar por delante del de las orejas de burro le suelta un billete de cincuenta libras. El Papa lo mira, se levanta, le pone dos dedos en la frente y lo bendice. Y yo que saco la cartera, pongo a las yacas en fila y, venga, que nos bendiga a todos. Que risa, chicos, que risa”.

El Hot desapareció un tiempo después. Cerró el negocio en plena noche y se fue del barrio. Oímos que lo habían metido en la cárcel por alquilar copias piratas en VHS; también oímos que lo habían enchironado por tráfico de drogas, trata de blancas, asalto a mano armada, corrupción de políticos, destrucción de pruebas, asesinato, estupro, usura, canibalismo, rituales satánicos, o, según muchos “por ser un maricón de mierda”. El caso es que no lo volvimos a ver, y la cosa por el barrio se tranquilizó un poco; como si hubiera terminado la edad dorada de los personajes extravagantes. Mi hermano empezó a aficionarse a las cosas raras de toda índole, y convirtió su afición en negocio: rebuscaba entre los restos del naufragio de ese mundo de nuestra infancia y sacaba los tesoros ocultos en las casas del barrio que iban perdiendo a sus inquilinos de más edad. Montaba lotes y los vendía a los feriantes de los mercadillos de segunda mano. Yo me convertí en su ayudante y los dos nos convertimos en traperos, aunque preferíamos el término “tratantes de antigüedades, memorabilia, y objetos vintage”. El negocio iba viento en popa, como decía mi hermano, coincidiendo con una nueva pasión por el pasado. Un decorador nos hizo un encargo muy concreto: necesitaba butacas de cine antiguas para una peluquería. El concepto, según nos explicó, era decorar un salón de estética como si fuera uno de esas salas de programa doble y reposiciones que frecuentaban los homosexuales de los setenta: “sordidez art decó” fue la definición. Mi hermano pensó en seguida en el cine Imperial: estaba cerca de casa de nuestros padres, cosa que era buena para mover el material, y lo habían cerrado hacía seis años, un lapso pequeño para que actuase el tiempo (habíamos aprendido rápido la máxima de Spinoza según la cual la piedra quiere seguir siendo piedra: las cosas resisten a la degradación más de lo que cabría esperar). Entramos un lunes por la noche y era el paraíso: solo en el hall conté siete lámparas en perfecto estado, aparte de tres tresillos más que aceptables,  ceniceros de pie, y los carteles de la última película que pasaron: “El mago”. Mi hermano descartó el mobiliario, pero me hizo recoger los carteles, según él la película  había generado cierto culto entre los fans del fantástico, y creía que podría venderlos en alguna tienda de comics. Lo que encontramos al entrar en la sala de proyección propiamente dicha fue a El Hot. Aunque sería mejor decir que encontramos a las ruinas de El Hot, a sus restos, que habían resistido peor el paso del tiempo que las butacas del cine. Nunca fue un hombre gordo, pero es que parecía un no muerto, justo piel seca y huesos, nos miró casi un minuto, sin entender nada, colocado en medio de un montón de cosas que había apiñado en el centro de la sala, como si quisiera construir una cabaña, un fortín o una torre: cartones, maderas, palés de carga, sillas de plástico, carritos de la compra, trozos ondulados de uralita; tenía tiras de bombillas empalmadas que confluían desde las paredes de la sala hacia la construcción. Me dio la sensación que el mundo se había acabado en una hecatombe atómica y que El Hot era un superviviente protegiéndose de las manadas de motoristas punkis, también me pareció un sin techo con un refugio redundante: un techo dentro de otro techo. Pasado un minuto pareció que entendía quiénes éramos, como si hubiese calculado el tiempo pasado en él y lo hubiese restado del tiempo pasado en nosotros y al final, mediante extraños cálculos, dedujera nuestra identidad.

Se puso eufórico, como un niño, y nos ofreció asiento en las butacas de primera fila. Obedecimos estupefactos. El Hot se colocó ante la pantalla y estuvo hablando no sé cuánto rato; no se le entendía nada, aunque por los ademanes y la cadencia de sus palabras se podía deducir que nos estaba dando la brasa de nuevo. Te encuentras al tipo un montón de años después y lo primero que hace es pegarte la chapa, pensé yo. Y El Hot despareció, no sin antes pedirnos mediante señas que esperásemos sentados. Mi hermano dijo que eso era para mear y no echar gota. Y, como suelen decir, se hizo la luz. Bueno, un haz de partículas u ondas, según como se mire, salió de dentro de la construcción para proyectar en la pantalla un trapecio de luz, que se hizo negra, sobre la que aparecieron unas letras que parecían fugarse hacia arriba. Lo cuento así porqué me costó entender que el desgraciado nos estaba pasando una peli, y no cualquiera: Ciudadano Hearst. Yo no diré que la había visto, en esa época era más de La noche de Halloween, Viernes 13 o La matanza de Texas; aunque sí que la reconocí por el principio. Lo importante es el principio, seguro que se acuerda: Es de noche y cae nieve, mucha nieve. Hay un castillo gigantesco al fondo, como recortado contra el final del cosmos. La cámara desciende y vemos a un hombre temblando, lleva un smoking blanco y fuma un cigarrillo, debe de hacer mucho frio porque cada vez que respira sale una enorme cantidad de huma de su boca, como si fuera un dragón. El plano se abre para mostrarnos que el hombre espera en una especie de embarcadero de piedra, de lejos se acerca una góndola negra con dos hombre sobre ella, los hombres llevan idénticos trajes y también tiemblan; rema un gondolero con túnica negra y una máscara blanca, con un gran pico. Sigue nevando. La escena se ilumina de repente y todo se muestra falso: el castillo al fondo parece de cartón piedra, los trajes de los hombres se ven de papel maché, el embarcadero es un decorado de madera, unas tiras de papel de plata hacen las veces de agua, la góndola es solo una carcasa tirada por una cuerda y el gondolero no lleva túnica, solo una triste sábana. La cámara se eleva hasta el cielo y más allá y vemos que toda la escena es solo una miniatura dentro de una bola la vidrio que mueve una gran mano, de repente la bola cae al suelo, rueda por cuatro escalones y se rompe, de su interior sale un humo parecido al que salía de la boca del hombre que esperaba.

Nos tragamos la peli entera. Al acabar descubrimos a El Hot roncando junto al proyector. Dentro de la caseta tenía toneladas de cosas. Mi hermano vio el bastón casi al instante, conocía a un anticuario que los compraba a buen precio, sobre todo si eran piezas raras, y ese era rarísimo, con el puño en forma de máscara veneciana, igual a la que habíamos visto al inicio de la película. Cruzo sus labios cerrados con el dedo índice y lo cogió. Desatornillamos las butacas del fondo con cuidado. Nos fuimos. Y ese pequeño hurto, o ese pago que nos cobramos por haber escuchado a El Hot durante horas en nuestra niñez, nos metió en esto.