Sección Verde II

Cartas desde Orión

La novedad más refrescante de este otoño literario ha venido de la mano de una pequeña editorial barcelonesa, Karass Editores, y es una extensa y cuidada selección de la correspondencia de Edward Maller, el afamado escritor de ciencia ficción. Las cartas que se nos presentan comprenden un arco histórico que va desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la trágica muerte, en accidente de coche, de Maller en 1974. Es un periodo largo que cubre los primeros años de la carrera literaria del genio de Indianápolis, sus inicios en el mundo del fandom y las revistas especializadas, su paulatina ascensión, el éxito de sus novelas, su paso por la radio y el cine como guionista y los esbozos de la que sería su inacabada obra póstuma. Las chicas de Karass, con muy buen criterio, han decidido agrupar tan dispar material en cuatro capítulos: “Dame astros durmientes”, “El pavo real de la realidad”, “Ciudad Isis” y “Sherlock Holmes en Dinamarca”, cada uno de ellos en torno a la gestación y la recepción de una novela.

La primera parte, titulada como su primera novela: Dame astros durmientes, puede verse como una crónica de aprendizaje: nos encontramos a Maller en sus inicios, recién llegado de la guerra,  como joven redactor de una revista de caza y pesca, trabajo que compagina con la escritura de cuentos. No acaba de despegar como autor, aunque algunas de sus narraciones reciben buenas críticas en las secciones de correo de las revistas especializadas donde logra publicar; revistas siempre de segunda fila, algunas de ellas meros fancines. Es un hombre feliz y lleno de energía, escribe a sus padres y a su hermana y envía largas cartas a figuras reconocidas de la ciencia ficción, con las que empieza a coincidir en festivales y convenciones. Es particularmente interesante la misiva de respuesta de Asimov a una de ellas: Maller le remite un cuento que, con variaciones notables, acabará siendo Cartas a Orión, su primera publicación en Analog, revista decana de la ciencia ficción estadounidense; Asimov valora de forma muy positiva el cuento, pero le remite un consejo: “Usted escribe razonablemente bien, y no parece tener ningún interés por la ciencia; por qué, entonces, no se dedica a otra cosa”. Maller no le contesta, que sepamos, pero da una respuesta en otra carta a Theodore Sturgeon: “Casi no recuerdo nada de mi vida anterior a Indianapolis. Una sola idea ha pervivido en mi mente: llegar aquí con mi familia desde Armenia fue como un viaje a través del tiempo. Eso fue ciencia ficción. Por eso no puedo plantearme escribir otra cosa”. Es de sobra conocida la importancia de la ascendencia Armenia de Maller (sus padres cambiaron el apellido de Malikian a Maller al llegar a Estados Unidos en 1918, en plena diáspora) en su obra, sobretodo en la novela El pavo real de la realidad y en los cuentos que forman el volumen Pista de aterrizaje Ararat, pero nunca habíamos podido determinar, como lectores, cuan central fue la experiencia de la emigración en su universo creativo.

El pavo real de la realidad llegó tres años más tarde. Maller se siente en racha: las críticas de su debut literario han sido muy buenas, y de este periodo se recogen muchas cartas a Orson, a sus padres y su hermana. Las misivas presentan a un hombre feliz: la novela funciona y ha recibido propuestas para una compra de derechos por parte de dos estudios. Orson le convence para que vaya a Nueva York y acepte un trabajo de guionista en una productora de seriales radiofónicos. Maller acepta e inicia así uno de los periodos más interesantes de su vida. En el primer año en la gran manzana el joven escritor estalla: su producción gana en consistencia a la vez que prolifera: da la sensación de que no se podía abrir un número de cualquier revista sin encontrarte un texto de Maller. A la vez que se asienta como autor de referencia en el campo de la ciencia ficción, empieza a colocar textos en diversas publicaciones del entorno underground. 1953 fue un año donde se podía intuir el crepúsculo de la generación Beat; aun así, el Village rebosaba de pintores, músicos, poetas, artistas y gorrones a cada cual más extravagante que pasaban las noches recordando otras noches mejores y contándose unos a  otros batallitas sobre Jack Kerouac. De entre todos ellos, una extraña figura empieza a aparecer en las cartas de Maller: Frank Lipton Ash, conocido como F.L. Ash, y apodado, por Maller y Orson, Flash. Al principio lo ven por todos los saraos. Maller hace de él una vívida descripción a su hermana:

“Estabamos en una antigua fábrica textil, era la casa de un pintor. Las llaman lofts y son lo más por aquí, aunque dentro te mueres de frío porque no hay paredes y ninguna ventana cierra y te dan ganas de no moverte de la chimenea. Todo el mundo vestía igual en la fiesta: pantalones negros, jersey de cuello alto negro y boina, ¿lo adivinas?, también negra. Sólo había cuatro personas que desentonaban: Yo, que llegué directo de la oficina; Burroughs, que siempre va impecable con sus tres piezas; y dos tipos que hablaban con él: uno de ellos vestía un traje colonial blanco, parecía de hilo y te juro que debía tener un frío atroz, pues le veíamos temblar desde el otro lado de la sala; el otro creo que se hacía su propia ropa: llevaba levita púrpura con flores de lis bordadas y pantalones de rallas blancos y negros, y un lazo ascot; parecía sacado de un libro de Wilde”

Esa especie de dandi de los suburbios era Frank Lipton Ash, poeta mediocre, músico mediocre, pintor nefasto y gran tratante de drogas. Maller y Orson cayeron rápidamente bajo su influjo. Flash les introdujo en la escena, les presentó gente, les invitó a sitios, les vendió droga y con él se sumergieron en las entrañas más oscuras de toda la ciudad: tugurios de sadomasoquismo, médicos ilegales y hampones que protegían bares de lesbianas. Con él recorrieron lo que el genial William Burroughs llamó la cadena de la droga. Es extraño comparar estas vivencias que Maller cuenta a su hermana, casi como si las viviera otro, con un espíritu infantil y turístico, con la serenidad profunda que rezuma El pavo real de la realidad. La novela presenta otra situación catastrófica, aunque sin especificar su origen, en donde el universo está a punto de caer en fallida. Al final de un conglomerado de estrellas unos monjes sobreviven en un monasterio galáctico. Custodian el saber de todas las civilizaciones conocidas en una macro estructura de cuarzo. Uno de ellos descubre que un pequeño insecto, una plaga interestelar, se está comiendo el cuarzo. Seguimos entonces una carrera de investigación contrarreloj para saber qué es la plaga y cómo combatirla. Maller se refiere poco a la gestación de esta novela, y en las contadas ocasiones en que lo hace, su tono resulta desdeñoso. Le parece que la novela pertenece a otro, no a él. Aunque decide acabarla para rendir un tributo al viejo Maller. El nuevo se irá a Los Ángeles con un contrato de guionista para trabajar en el cine.

Su salvación, por extraño que parezca, vendrá de una relación bígama con dos primas, Francesca y Lucille Foscov. Así se lo relata a su amigo Orson:

“Vivo en un pueblo de mar, con dos mujeres que, además, son primas. Amo a las dos por igual y las dos me aman. Soy tan feliz que tengo miedo de pensar en ello. Tengo miedo de escribir sobre ello. Tengo miedo, incluso, de relatártelo a ti: no quiero que se rompa el misterio. Sólo te pido que vengas. Aquí no hay droga, solo brisa marina y tranquilidad. Envío las correcciones de los guiones y el correo me devuelve cheques. Todo va bien: Lucille pinta unos extraños cuadros llenos de gente diminuta y Francesca está descansando, pues espera un hijo mío; aunque es un hijo de los tres, así nos referimos a él. La armonía ha entrado en mi vida de esta manera que me niego a adjetivar: dormimos los tres en una gran cama; Francesca, entre risas, nos pide a Lucille y a mí que follemos en silencio, que no la dejamos dormir”

De esta guisa nos encontramos a Maller en la última sección del libro, la más interesante, sin duda. Y digo esto pues es en las últimas cartas donde podemos entrever, mezclados con la cotidianidad extraña de un matrimonio a tres bandas, los anhelos del autor por salirse de la ciencia ficción y escribir una obra que llegue al gran público. Este sentimiento se materializa a partir de un encuentro con el extraño amigo de Flash:

“Estábamos tomando café los tres con el niño, que es una verdadera preciosidad, cuando me di cuenta que había un tipo junto a la playa, temblando. Lo reconocí enseguida, entre otras cosas porque hacia una calor infernal. Vestía, como siempre, de blanco”

Como si hubiera sido una señal, Maller, que le debía a ese hombre la inspiración de Tic O’lok, el sempiterno bailador del baile de San Vito de Ciudad Isis, empieza a verse regularmente con él, convencido de que será la guía para su siguiente libro. Tiene razón: en su última noche en el pueblo, el amigo de Flash protagonizará un hecho destinado a cambiar la vida de Maller y de Orson:

Un año más tarde se fecha la última carta que Maller envía, dirigida a su hermana. Ha conseguido un contrato gracias a los tres primeros capítulos de la novela, que tiene por título provisional “Sherlock Holmes en Dinamarca”. Con el dinero que la editorial le avanza él y Orson emprenderán un viaje a Nuevo México para encontrar algo: el último cabo suelto de la historia. Maller promete escribir pronto, pero no lo hace; él y Orson mueren en el coche del segundo, arrollados por un tren de mercancías. El manuscrito se perdió y, con él, nuestra oportunidad de leer la última obra de uno de los grandes de la ciencia ficción, y quién sabe si de la literatura en general. Una verdadera pena. Como les decía al principio: no se lo pierdan: de lo más refrescante en este otoño.