En el corazón de Venecia se alberga el mal.
E. Vila-Matas

 

Aquel hombre bebía de su botella de agua, exprimiéndola como si fuera una fruta jugosa, extrayendo del PVC una estridencia que lograba exaltar el ánimo del resto de viajeros, que primero miraban asombrados a aquel tipo de piel sebácea y corte de pelo trazado con tiralíneas para, más tarde, simular indiferencia ante la ventanilla que enmarcaba la geometría flamígera de San Marcos. Tras agotar la última gota, aquel hombre miró a uno y otro lado; y acabó guardando los restos de su botella en una mochila de color negro. Al girarse descubrió un rostro circular y rechoncho modelando la expresión de alguien al que de alguna manera se sabe condenado al purgatorio ubicado entre la felicidad y la estupidez (¿o quizás sean lo mismo?). Yo estaba a su lado. Y debía esquivar a aquel raro ejemplar de hidrocéfalo si quería atisbar algo del palacio ducal. Una tarea nada sencilla.

Nunca he podido tolerar la proximidad de lo desproporcionado, de lo informe, de lo confuso. Por eso me resultó fácil cambiar de asiento en el vaporetto.

Nunca había estado en Venecia. Nunca habría venido a Venecia si las circunstancias no hubiesen sido las que fueron. Creo en la belleza y en la serenidad que puede aportar la contemplación de la belleza, aunque jamás he encontrado ninguna ciudad, ninguna obra de arte que satisficiese absolutamente mis ansias de belleza. No, no fueron la arquitectura ni el arte los que me trajeron a esta ciudad surcada de canales. Fue una mujer: María.

María es un nombre. Mi María es una mujer de carne y hueso dotada de atributos a los que concedo toda la importancia. Un amigo íntimo e inteligente –quizás el más conspicuo de los que merecen ese título– dice de mí que conservo una conciencia escolástica, algo que él estima periclitado y divertido, al mismo tiempo. No puedo remediar el concebir a un objeto, a un cuerpo, como una substancia atributiva. Así proclamo que una manzana es un fruto dotado de brillo y pudicicia. Un astro es materia dotada de luz y espíritu gravitatorio. María es una mujer atribuida de serena belleza.

Sí, lo reconozco, soy un metafísico. Quizás el último de los metafísicos en esta época de decadencia.

A María la encuentro en el lugar convenido, a la hora convenida, sentada en una mesa de la cafetería del hotel Metropole, bebiendo un spritz amargo. Nos saludamos, me siento a la misma mesa y de inmediato un camarero acude solícito, trayendo en la bandeja un spritz dulce para mí. Ella me pregunta por el viaje. Le cuento las pequeñas circunstancias que han acontecido desde mi salida de Madrid apenas hace unas horas. Algo sin importancia, que me permite dedicar mi atención a la contemplación de su arrobadora belleza. Pero eso es algo que debería detenerme a escribir a pesar de la dificultad que comporta. La belleza de María. Ya he dicho que lo más característico de su rostro es la trasmisión de serenidad. Diría que el rostro de María es la encarnación humana de la ideal serenidad. Nariz, labios, ojos, cabello… No importan los detalles sino el conjunto. Junto a ella uno se siente acogido por una belleza benefactora, calma, dórica. Puedo decir que su cabello es rubio, que sus ojos son verdes, que sus manos acaparan la blancura del mármol… Pero nada de eso resulta definitivo, sino la reunión de todos esos matices en el conjunto de su figura. Con su mano blanquísima ha tomado el palillo y ha ofrecido el elegante espectáculo de la aceituna abandonando el borde del vaso para acercarse a la hendidura enmarcada por un par de labios anhelantes. Durante un instante he percibido en aquel gesto la perfección de la que sólo hacen gala algunas esculturas alejandrinas, ciertas obras de Bellini. Sin embargo, la aceituna ha chocado con uno de sus labios para precipitarse más tarde a la alfombra que cubre la cafetería del Metropole. María ha permanecido impasible. María no puede ser afectada por el error pues el error es ajeno a su naturaleza. De ahí, en lo que a María se refiere, cabe deducir su inexistencia. Me he agachado, he hundido mi rodilla junto a la figura de un Acteón que huye aterrorizado de sus propios perros, y he recuperado la aceituna. Con ella en la mano he vuelto a sentarme frente a María, que me ha observado complaciente e imperativa, pues María es capaz de dar órdenes con la mirada ya que en ella, como en un volcán joven, todo lo interno acaba aflorando a la superficie, no hay ningún proceso que no acabe tomando su forma en la piel, en el brillo de sus ojos. Yo estoy atento a la menor transición, al más voluble de los matices. Y así he sabido lo que María deseaba en aquel preciso momento. He tomado la aceituna y la he introducido en la boca, he hundido en ella mis dientes, la he masticado hasta extraerle todo su amargo jugo. Todo mientras la observaba y veía cómo sus labios se curvaban en una sonrisa apenas perceptible.

Paseamos junto a los canales, tomamos un vaporetto para contemplar el atardecer desde la Giudecca, bebemos otro spritz. No cruzamos apenas ninguna palabra. La contemplación de María colma todas mis expectativas. La voz en María es un accidente. No siendo un atributo, casi nada aportan sus palabras. Ella lo sabe y asiente ante mi sabiduría. Sólo yo puedo glosarla. Las palabras brotan de su boca sin afectarla, dejando indemne su substancia. Puedo decir sin miedo a equivocarme que las expresiones que a veces brotan de los labios de María son como los pájaros que sobrevuelan un paisaje idílico pero sobre el que les estuviera prohibido posarse a descansar. Hoy, sentados en un bar de la Giudecca, mirando las aguas del canal que nos separan de la isla de Venecia, ha pronunciado: Quisiera que caminaras sobre las aguas, justo en el momento en que el sol se escondía tras las sucias chimeneas de Mestre.

Llamo feo a aquello que es discordante consigo mismo. Un rostro naturalmente desagradable no me alarma. Lo que me causa desazón es que lo feo pueda devenir hermoso, que algo pueda contener en sí mismo el germen de su contrario. De esa manera lo feo es equiparable al engaño. Reconocer este argumento, aunque sea como mera hipótesis, es algo que me enferma y envenena. Si esta hipótesis no es falible, si no admite un contraejemplo siquiera en el constructo pergeñado por un cerebro humano, entonces el mundo carece de sentido.

La intranquilidad siempre ha sido mi hábitat. Me aproximo a las formas acabadas como remedio para la inquietud, esencia última de mi alma. Supe de mi naturaleza desde mi infancia y me propuse actuar en consecuencia. Sé que el caos conforma la profundidad de mi espíritu y desde allí gobierna con la incontestabilidad de una tiranía. Frente a ello he erigido construcciones conceptuales, arquitecturas armónicas sobre un fondo de fiemo. Algo parecido a esta ciudad, a Venecia.

María me tiende a veces la mano y yo la acaricio sin asomo de voluptuosidad. A veces me gustaría ir más allá, recorrer con la palma de mi mano sus hombros, su cuello, y sentir que su quietud se transmite a través de los poros, que es bombeada por el corazón a través de mis venas y que acaba formando parte de mi alma, esa idealización del cuerpo que la mendaz religión nos hace creer nos fue entregada por alguna divinidad en usufructo.

María sin embargo rechaza estos conatos que ella entiende como modos enfermizos de apropiación. Y lleva razón. Toda estética exige distanciamiento.

En la playa del Lido la he contemplado en traje de baño, levantándose de la tumbona, caminando sobre la arena antes de fundirse con las espumas. La he visto sumergirse bajo el agua y volver a emerger, nadar durante un tiempo indefinido. Mirándola desde la orilla me sorprende la naturalidad con la que María se desenvuelve en el agua, y un estremecimiento ha recorrido mi cuerpo bañado por el sol al constatar este hecho, antes desapercibido. Después su cuerpo ha vuelto a elevarse por encima de la superficie del agua. Todavía con las olas lamiéndole las rodillas me ha divisado. Al contacto con el aire su cuerpo parece recobrar su habitual aspecto marmóreo. Entonces, viéndome detenido sobre la arena, levantando uno de sus brazos, ha señalado algo en el cielo. Al principio no conseguía distinguir nada. Pero, haciendo un esfuerzo, siguiendo la dirección de su dedo, he divisado al fin la luna, una pequeña mancha blanquecina sobre el azul radiante del cielo. Era como si aquel objeto no existiese antes de que María lo hubiese señalado, una diadema en cuarto creciente enfrentada al sol. Y María en el centro, eje de simetría de la sizigia, encarnando un misterioso símbolo al que resultaban ajenos el resto de bañistas del Lido.

Por la noche hemos acudido a un concierto en La Fenice, La consagración de la primavera, de Stravinsky. Demasiado agitado para mis nervios, con esos altibajos que me llenan de inquietud. Creo, sin embargo, que María ha disfrutado.

A María la conocí en los Uffizi. Entré a la sala donde se exponía la conocida imitación de la Venus de Gnido, obra de Praxíteles. Una mujer se hallaba detenida frente a la escultura. Durante un tiempo, a unos metros de distancia, contemplé el conjunto formado por mujer y estatua. Lo suficiente para darme cuenta de la semejanza de ambas imágenes. Por un instante llegué a perder la noción de la realidad. No era capaz de distinguir la copia del modelo original, hasta tal punto los rasgos y el gesto de aquella mujer correspondían a los de la obra de arte. Y entonces sentí crecer en el interior de mi pecho un deseo. Deseé que aquella mujer sintiese mi presencia, que abandonase la inmovilidad para girarse, para encontrar su mirada con la mía. Y rogué por ello con auténtica pasión a la única divinidad a la que reconozco, a la Belleza. Pasaron unos segundos y, como había fantaseado, aquel cuerpo pareció recobrar repentinamente el aliento, su tacón se desplazó unos centímetros del anterior punto de apoyo y con él, solidarios, su cintura y su espalda se movieron certificando el retorno de la vida. Después fue su cuello el que se giró, lentamente, hasta que por fin detuvo en mí su mirada. En su rostro había una sonrisa, una sonrisa que me atravesó de lado a lado y ante la que me rendí sin condiciones, sabedor de que por ella sería capaz de cualquier tipo de sacrificio. Aquella mujer, no hace falta decirlo, era María.

Desde entonces he seguido a María, incansable viajera, a todas partes. Berlín, San Petersburgo, París, Roma, Viena… son algunos de los lugares donde he seguido su rastro, donde he encontrado la serenidad que sólo puede otorgarme la contemplación de su belleza. Apenas puedo describir el infierno que supone su ausencia, una ausencia a la que ella me condena a veces con un brusco giro de su voluntad que, y esto me atormenta hasta lo indecible, sólo cabe atribuir al capricho. No importa que me aleje de los noticiarios, de los periódicos. La fealdad del mundo, su terrible incoherencia atraviesa las paredes y me da alcance. He intentado razonar con ella en esos momentos en los que me reclama soledad. Mis palabras, torpes como nunca en esas ocasiones, buscan hacerle comprender la infelicidad que supone esa distancia impuesta que yo estimo como el mayor de los sacrificios. Su actitud entonces resulta siempre idéntica. María se levanta y, antes de darme la espalda, pronuncia con una indiferencia indiscernible de la crueldad: Me cansas, sentencia que en sus labios resulta inapelable. Semanas, meses más tarde, una llamada de María vuelve a rescatarme del exilio, de la condena impuesta por la distancia. Y yo corro allá donde ella se encuentre, no importa, agradecido por la nueva muestra de clemencia.

Esta última vez dijo solamente: Ven, estoy en Venecia.

De las últimas horas con María recuerdo poco. Un paseo bajo las fachadas de pintura descascarillada por la humedad, góndolas y más góndolas pasando bajo los puentes, una cena a la luz de las velas junto al Rialto. Después, el regreso al hotel. Habíamos bebido más de lo habitual. Era nuestra última noche en Venecia antes de regresar a Madrid. En algún lugar del trayecto, sobre uno de los puentes, María se detuvo y señaló una placa en la fachada de un edificio que conmemoraba la estancia por algún tiempo del genio de Salzburgo. Entonces dijo: Sabes por qué quise venir a Venecia… Yo no supe qué responder. Podía haber mil razones. Quizás alguna relacionada con Mozart. La fachada del edificio estaba manchada por la humedad. En las grietas anidarían las ratas, que aprovechaban la oscuridad de la noche y la imprevista tranquilidad que sucedía al tumulto de turistas para campar a sus anchas por la ciudad. No esperó mi respuesta. Simplemente levantó la falda de su vestido. Un poco más tarde era la blancura de sus bragas la que contrastaba con la penumbra del canal. Entonces se agachó para hacer aquello. Escuché el borboteo del líquido sobre la superficie del agua. Durante unos instantes, recuerdo, intenté hallar algún tipo de explicación para aquel gesto incomprensible. En vano. María me observaba y sus ojos brillaban mostrando una especie de triunfo, una mirada que, en María, cobraba la máxima significación de lo siniestro. Esa mirada fue lo último que recuerdo.
Mi reclusión fue voluntaria. Después de lo sucedido no quedaba nada en el mundo que me pudiera reportar la tranquilidad necesaria para desarrollar una vida que merezca tal nombre. Desde entonces una sola habitación me basta, cuatro paredes blancas y descarnadas. Mi única ocupación aquí consiste en las tareas de jardinería, labor a la que me dedico con toda la intensidad que me permiten mis ya menguadas fuerzas. El sanatorio se halla alejado de la civilización, inscrito en lo que antes era un jardín inglés lleno de maleza y árboles cuyas ramas pendían hasta el suelo, las cuales había que sortear a poco que uno se alejase del pabellón. El tiempo y los útiles necesarios me han permitido transformarlo en un lugar agradable, de setos bien alineados y geométricos. Los senderos han sido modificados de manera que no haya peligro de tropezar con ninguna raíz desmandada. Allá donde uno mire no encontrará sino orden y equilibrio. No exagero si afirmo que, fuera de mi habitación, quizás no exista ningún otro lugar en el mundo donde impere una tal armonía.