I
Las palabras son ciegas. Pero detrás de muchas de ellas se ocultan principios visuales cuya función es anudar el entendimiento al universo de la imaginación: poco comprendemos si no nos hacemos de los hechos y las cosas una imagen de sí mismos. A pesar de que realidad y fenómeno nunca coincidan perfectamente, las imágenes, es decir, el ser de lo sensible —o bien: lo que nosotros tomamos por real—, configuran esa dimensión por la que hombre y mundo se comunican: entre lo que pasa y lo que yo siento que pasa media siempre una imagen. Nuestra vida consiste, pues, en una ininterrumpida producción de realidades sensibles, las mismas que otorgan nota y sabor a nuestra experiencia del mundo.

De Platón a la fecha, la vista ha sido fuente de inspiración metafórica para hablar del conocimiento, y, por esa razón, el órgano de la visión, al menos en Occidente, ha gozado de una preeminencia sobre el resto de nuestros sentidos. Sin embargo —quizás sobra decirlo—, hay ocasiones en las que ver no resulta tan estimulante como escuchar; se ha demostrado perfectamente que el cerebro no sólo reacciona ante lo que el ojo ve, sino que además es especialmente sensible al impacto de ondas sonoras. Reza una conocida premisa aristotélica que, junto a la vista, el oído es uno de los sentidos antropógenos por excelencia, porque a diferencia del gusto, del tacto y el olfato, puertos sensoriales que el ser humano comparte con el resto de los animales, los canales visuales y auditivos son los dos únicos medios a través de los cuales se obtienen, entre otras fruiciones intelectuales, las así denominadas experiencias estéticas, que son exclusivas del género humano. Tal fue la opinión del Estagirita, para quien el ζooν πoλίτικoν era la única especie capaz de ser conmovida por la música y las artes en general. Y quién podría discutir este punto, tan acertado y convincente como muchas otras intuiciones y argumentos suyos, pero ¿acaso podrá negársele la sensibilidad artística a un ciego? O de alguien que —por alguna u otra razón— perdió la capacidad de oír, ¿puede decirse que está completamente impedido de deleitar la música? Pienso en algunos casos documentados que objetarían estas preguntas.

La vida sensible no concierne únicamente al correcto ejercicio de los sentidos, no es un tema que se reduzca a la fisiología, porque, por ejemplo —y aquí retomo lo que decía al principio—, si las palabras no valen tanto por lo que ellas significan en sí mismas sino por lo que son capaces de provocar, o sea, por la fuerza con la que nos hacen sentir sus significados, la comprensión y consecuente valoración de los fenómenos no depende tanto de la objetividad pura —si cabe decirlo así— como de algo para lo cual no se requiere de los órganos únicamente, o sea, de la necesidad de interponer imágenes entre nosotros y las cosas.

II
Con los sentidos forjamos un mundo interior. Son la ruta de abastecimiento cognitivo, en tanto que por ellos fluye la materia básica de la que se alimenta el intelecto. Luego —subraya Emanuele Coccia en su vibrante libro La vida sensible— «Nos consideramos seres racionales, pensantes y hablantes; sin embargo, vivir significa para nosotros sobre todo mirar, paladear, palpar u olfatear el mundo». Porque, en efecto —continúa el autor—, «sabemos y podemos vivir sólo a través de lo sensible, y no sólo para conocer lo que nos rodea. No es una cuestión gnoseológica: la sensibilidad no sólo es una de nuestras facultades cognoscitivas. Sensible es, en todo y para todo, nuestro propio cuerpo». Aunque a veces la impresión sea otra, uno no vive su cuerpo como si de una realidad a parte se tratara: el brazo, la pierna, la cabeza ya están ahí y son —pese a que, efectivamente, durante la mayor parte del tiempo no ganan nuestra atención— el núcleo duro de nuestra identidad.

El cuerpo es el lugar de apertura a la vida sensible, a la sensibilidad, y ésta el punto culminante de nuestra existencia. Pero, ¿por qué razón no atrapa nuestra atención? ¿Qué pasa? ¿Por qué vivimos como si nuestra sensibilidad sólo importara cuando nos arranca de la comodidad silente de los órganos? Pienso en una posible respuesta: cuanto más ocupada está una persona en su vida, en su obligaciones y quehaceres cotidianos, tanto más olvidada está de sí misma. Pero esta respuesta se comprendería mejor si distinguimos por lo menos dos planos vitales: uno cotidiano y otro excepcional; al primero lo define la familiaridad, el estar y sentirse seguro y contento con el entorno, al otro el enigma, el estado en el que soy confrontado precisamente con lo que soy: pura sensibilidad; en uno la producción de imágenes es mecánica, en el otro es más bien espontánea y urgente.

No hay nada más acecinado e irresistiblemente confortable a la vez que sentirse familiarizado con lo que uno es y hace en su entorno. Una vida estable, sin contrapuntos, privada de excepcionalidades, es la más grande y secreta aspiración de la mayoría de nosotros. Y la sociedad está organizada de tal manera para que esto sea fehaciente. Ahora bien, mientras no esté en nuestras manos el poder mantener al margen los riesgos y las contingencias, la vida nos parece algo extraño; pero más que extrañeza, lo que hace es atraer y fijar nuestra atención: puesto en jaque su cómodo carácter cotidiano, nos suspende en la presencia: jamás estamos tan conscientes de lo que somos, es decir, pura sensibilidad, como cuando nuestra vida es arrancada de ese estado tranquilo, sosegado y silencioso al que la somete la cotidianidad y la salud de los órganos. Vivir de manera excepcional, por tanto, compromete las estructuras fundamentales de nuestra existencia, y, sólo en ese momento, cuerpo y ser se identifican perfectamente y ya nada es más importante que esa identidad.

Es costumbre afirmar que para cultivarse espiritualmente con mayor libertad, las personas necesitan estar exentas de la esclavitud de sus propias necesidades corporales, no ser siervas de su cuerpo. Esta es una idea que Marx retomó en sus Manuscritos de economía y filosofía de 1844 para criticar cómo la economía política concebía la clase obrera en cuanto animal de trabajo y la reducía, así, a las más estrictas necesidades vitales. Yo no me atreveré de ninguna manera a decir —mucho menos aventurar, aunque no dudo que lo sea— qué tan vigente sea hoy esta idea, decidí traerla a colación simplemente porque, entendida al menos en un sentido abstracto, conecta con lo que decía arriba: cuanto más ocupada está una persona en sus labores, tanto más olvidada está de sí misma. Hace falta tiempo libre y ése no lo tiene la persona promedio, o al menos eso asegura. Entonces, la vida sensible pasa de noche cuando la cotidianidad nos absorbe a tal grado que ni siquiera somos capaces de disfrutar un buen platillo. El tiempo libre, factor clave para la producción de realidades sensibles, es la primera víctima de lo cotidiano. ¿Qué hacer cuando, según esto, nos estamos perdiendo de nuestras más genuinas potencialidades?

III
La sensibilidad, que no los sentidos, es el órgano primario que nos vuelve humanos. Las cosas, los hechos, en definitiva el mundo exterior y lo que experimentamos estando en él, no necesitan demostración: son porque las sentimos. Nuestra comprensión del mundo no se funda en los órganos, tiene menos una raíz fisiológica que hermenéutica. La sensibilidad, por lo tanto, alude al sujeto de carne y hueso inscrito en un sistema complejo y sumamente elaborado de interpretaciones que se estructura, ciertamente, en función de los órganos sensoriales, pero que no depende directamente de ellos, sino de la interacción del cuerpo con el mundo. Por eso, nada para el hombre es meramente físico, y tampoco biológico, su condición siempre va un paso delante de lo que él tiene de organismo vivo.

Pero había dicho que la cotidianidad nos sume en un modo deficiente de ser sensible, y esto porque, para muchas personas, lo más importante y urgente en la vida es convertirse en adulto. Y ¿qué significa ser adulto? Quedarse quieto, estar sentado, coronar los días con la rutina; concluyo: no advertir una falta considerable de sensibilidad. Trazar una genealogía de la idea moderna de adultez sería una tarea interesante; en algún punto se tendría que explicar, por ejemplo, por qué y bajo qué circunstancias convertirse en adulto comenzó a ser correlativo a una pérdida de creatividad y de sensibilidad al juego.

Hay un poema de Carlos Drummond de Andrade —un poeta al que, después de un tiempo, comencé a estimar por razones muy especiales— titulado «Vida menor» y en el que el bardo brasileño describe lo que para él es una vida digna de ser vivida. Su descripción me resulta particularmente interesante porque contrasta dos formas de vida que —de cierta manera— se corresponden con las que yo he detallado antes. Si una vida menor es lo que busca el poeta, la otra, la que impugna por defecto y que podríamos llamar «vida mayor», no es otra cosa que la máxima expresión de la cotidianidad. Pero, ¿por qué habría de ser menor la vida que se define justamente por ser excepcional? Porque es simple pero enigmática a la vez, porque no consiste sino en la vida captada en su forma irreductible, / ya sin ornato o comentario melódico, / vida a la que aspiramos como paz en el cansancio.

La cotidianidad es una muerte artificial, la producción de imágenes sensibles llevada al mínimo: un estado en el que pocas cosas nos sorprenden y del que no resulta fácil salir porque nos complace estar en él. Sin embargo, el poeta busca otra cosa, una vida rebosante de sensibilidad, es decir:

[…]
vida mínima, esencial; un principio; un sueño;
menos que tierra, sin calor; sin ciencia ni ironía;
lo menos cruel que se pueda desear, vida
en que el aire, no respirado, más se envuelva;
ningún gasto de tejidos; su ausencia;
confusión entre mañana y tarde, y sin dolor,
porque el tiempo ya no se divide en secciones; el tiempo
elidido, domado.
No muerto ni lo eterno o divino,
sólo lo vivo, lo pequeñito, callado, indiferente
y solitario vivo.
[…]

Eso busca el poeta. Y creo que yo también.

 

(Imagen: Interacción-III. Temple punta de plata, madera. De Pedro Cervantes Ayala)