1.

El Príncipe miraba a través de la falsa ventana, convencido de que por fin llegaba una tormenta de mil pares de cojones, el desenlace de todo (el anhelado final de su tercera legislatura, entre otras muchas cosas), cuando de repente una niebla densa, de mermelada podrida, cayó como un telón sobre el cielo, por dentro del ojo, una guillotina reluciente que al moverse modificaba la luz y la espesaba, y el Príncipe dejó de ver. Se frotó ambos párpados con el trozo de piel que une las muñecas y las bases de los pulgares. Nada, ni siquiera oscuridad. Pestañeó, inmóvil, con una violencia discreta, como si se disculpara por intentarlo todo antes de avisar a alguien, antes de transmitir la noticia. A continuación pulsó, a tientas, un botón verde que sobresalía, a la altura de las rodillas, de uno de los laterales de la enorme mesa de plástico que ocupaba unos veinte metros cuadrados en el centro geométrico del despacho (las patas, dieciocho, eran de aluminio) y cuya superficie estaba cubierta con un mapa borroso del principado (varias docenas de fotocopias pegadas con cinta aislante, al parecer) y miles de fichas de parchís de varios colores (predominaban el amarillo y un color carne desvaído, indiferente).

–¿Alteza? –la voz femenina irrumpió sorprendida en el despacho a través de los altavoces situados en las esquinas, como una ráfaga lejana que hubiera entrado de pronto desde varias direcciones atravesando los postigos, los cristales y las cortinas antes de impactar en la figura detenida en la penumbra, o en cada uno de sus ojos simultáneamente, o en el centro mismo del nervio óptico.

–Creo que me he quedado ciego –respondió él, con esa voz calmada y bromista, acostumbrada a las órdenes, que su secretaria conocía tan bien–; será mejor que cancelemos la reunión con el Estado Mayor.

 

2.

La idea del principado fue suya, en tiempo de paz, ante el aburrimiento general de la historia, ante la inminencia de un hastío universal que amenazaba con desembocar en algo distinto, algo que nadie deseaba, y las corporaciones menos que nadie. La familia real estaba debilitada, casi oculta, generaciones y generaciones de desidia habían debilitado la especie hasta dejarla en despojos: espectros fosforescentes, y cada vez más altos, que atravesaban los salones, tendían la mano y bromeaban entre dientes. Vivían en palacios inmundos de lujo y decadencia, en agujeros abiertos en la tierra, donde se dedicaban a sus tareas burocráticas con una admirable falta de pasión. También firmaban autógrafos, de vez en cuando, y hubo algún escándalo, cierta brutalidad protocolaria, rumores de canibalismo (un canibalismo incestuoso), fotografías de sexo explícito que iluminaron la prensa del corazón, todavía en papel, y proporcionaron una última ilusión de relevancia a toda una clase, a una generación crepuscular, a un mundo a punto de desaparecer. A pesar de todo, nadie quería una república, nadie se atrevía a sugerir la aparición de un nuevo orden, más ingenuo, con una menor densidad cromosómica, y la mera idea de un Presidente de la República, de un Jefe de Estado elegido por todos, parecía una aberración, una falta de tacto imperdonable, un precipitado de las jerarquías que podía traer consigo la disolución del país tal y como se entendía entonces. Así que el Partido tuvo una idea, lanzada por el Príncipe (que entonces era un mero Presidente del Gobierno): la cancelación de la dinastía reinante (el despido, en términos más elocuentes), los exámenes genéticos, la urna aleatoria, los complicados análisis estadísticos, los candidatos de la oligarquía política (dos candidatos, en realidad, tantos como en la mayoría de las sucesiones reales), la desmantelación de una raza de hijos de puta encadenados, el exterminio de una forma, y hubo una votación para determinar si ésa sería la nueva organización, y así fue, tras el recuento, ajustado, mínimo, y de la noche a la mañana surgió, luminoso, el principado, y pegado a él, recién nacido, recién nombrado, el Príncipe, durante cuatro años Príncipe, en principio, aunque fueron unos cuantos más.

 

3.

Los asesores creyeron, tras un primer examen de los hechos, que la única solución a la ceguera del Príncipe, después de un periodo de cuarentena y de observación, después de las opiniones contradictorias de los médicos del invernadero, consistía en filmar una declaración y enviarla a los medios, para poder controlar el mensaje y su escenificación (Él podía aparecer sentado, vestido de negro, con la mirada ciega fija en un punto del espacio que estaría detrás de la cámara: así la sensación de incertidumbre se reduciría de forma considerable, aseguraban). El Príncipe, sin embargo, se negó, alegando que los medios no tenían nada que ver con esto, nada que decir, porque nadie veía ya la televisión ni leía los periódicos (¡yo menos que nadie!, bromeó), y el mensaje se vería amenazado por la manipulación digital, por el virus interminable y misterioso de los individuos que modifican la elasticidad interna de la información, una cadena de malentendidos y rumores que nunca se interrumpe ni se cuestiona, que no deja de avanzar, o más bien de expandirse, en la calle (pero la calle no existía ya), en las bocas putrefactas y hambrientas de los supervivientes, incluso en tiempos de aislamiento y de vacío. Lo mejor, dijo entonces, ante el asombro de todos, es convocar un mitin, a la antigua usanza, en algún lugar en el que quepa mucha gente, suficientes personas como para darle validez a lo que diga, para memorizarlo, para fijarlo y que sea indestructible. ¿Queda algún pabellón deportivo en la Corte? ¿Queda alguna plaza de toros? ¿Algún estadio de fútbol? ¿Hay algún espacio grande que haya sobrevivido a los bombardeos, a las enfermedades, a la ruina espectral, a la caducidad? ¿Algún lugar en el que convocar a unos cuantos miles de personas que sean testigos de lo que yo diga, que comprendan mis palabras, mi idioma? ¿Existe la posibilidad de preparar unos carteles, miles de carteles, y colocarlos por todas partes, por las paredes, en los refugios antiaéreos, en los hospitales? ¿Hay alguna forma de convocar a mis súbditos y de lograr que vengan a escucharme, sin que mueran demasiados en el camino?

 

4.

Una semana después, el Secretario de Estado de Comunicación, Espectáculos Bélicos y Características Físicas Deficitarias conducía al Príncipe, de la mano, hacia el centro del escenario, un espacio iluminado por un foco austero pero rojísimo que hubiera deslumbrado a cualquiera que tuviera una mínima sensibilidad a la luz, o una mínima sensibilidad general (no era el caso de los dos hombres que avanzaban entre las primeras risas del público). El suelo de la sala, una antigua bolera subterránea reconvertida en burdel (un burdel ensimismado, discreto, de techos altísimos y putas muy flacas), era al mismo tiempo resbaladizo y pegajoso, la pesadilla de un hombre que ha perdido la vista a los cincuenta años de edad, cuando ya nada tiene remedio. La mano del Secretario de Estado, acostumbrada a cicatrices, a temblores y carencias, acostumbrada también a la fusta y la pomada, acariciaba los dedos del Príncipe, lo guiaba, y el Príncipe caminaba muy erguido, con la dignidad insomne de los condenados a la repetición indefinida y memorable de sus actos. Pensaba en la inutilidad de todo, en la miseria, en la muerte de la materia, en la descomposición de lo sensible, y se sentía eufórico, emborrachado de intrascendencia, excremento de los manuales, mientras las primeras carcajadas del público lo alcanzaban como proyectiles y se sentía por fin en el centro mismo del conflicto.

 

5.

Antes de divulgar la noticia, sólo unas horas antes de presentarse en el gran burdel y abrir su corazón, el Príncipe envió tres mensajes a los tres poderes del principado anunciando su renuncia, su dimisión (su abdicación, según el término legal impuesto en el referéndum), dejando todo en sus manos, en manos de los tres poderes, tanto los recovecos de la ley y su reparto como los juicios y todo lo demás. La idea de unas elecciones, en mitad de un conflicto, era ridícula, porque no habría dónde convocar a los súbditos ni dónde colocar las urnas ni modo de hacer una campaña ni nadie interesado en dar su opinión, ni siquiera candidatos, y además existía la posibilidad de que fueran los enemigos los que acudieran a los colegios electorales para elegir a uno de los suyos, desencadenando la paz y la vergüenza. Además, ¿quién podía elaborar los exámenes genéticos necesarios, quién llevaría a cabo las entrevistas de trabajo, los tests psicológicos de resistencia al protocolo? El Príncipe, en sus mensajes privados, escritos a mano por un secretario impúdico y discreto, cedía todo públicamente, y al mismo tiempo en privado, a través de los servicios de inteligencia; conservaría su nombre, su cargo, pero nada más, sería un título vacío, una cáscara pringosa, iluminada por dentro, radiante y supurante, de modo que el poder legislativo (dirigido por algunos generales expertos en estadística y publicidad), el poder ejecutivo (en manos de la Guardia Rusa) y el poder judicial (que correspondía a los tribunales militares y al azar) serían ya el Estado mismo, la Ley misma, la Ejecución misma, el juicio ciego de todas las cosas.

 

6.

En realidad, lo engañaron fácilmente, al Príncipe, nadie sabía nada de la abdicación, nadie en absoluto, a ningún organismo se había informado todavía (aunque los mensajes se enviaron con mensajeros, funcionarios acostumbrados a cabalgar entre los cascotes y bajo las bombas, demorados de forma indefinida, siempre hay que regresar), y nada más lejos de la intención de los asesores que permitir que el Príncipe se expusiera a aparecer ante el público, ante los pocos habitantes dispuestos a escuchar sus motivos (el enemigo podía malinterpretar la renuncia, se sabía que había espías por todas partes), así que se limitaron a llegar al burdel un poco antes que Él para informar a los clientes de aquella noche, a los dueños del local, y a las putas, de lo que iba a venir a continuación: un nuevo número cómico que tenían previsto ofrecer a los soldados del frente, para levantarles el ánimo. Aquella representación no sería sino una prueba, un examen, para ver si los chistes funcionaban, para ver si había alguna posibilidad de incendiar el ánimo de los jóvenes que estaban dejando su vida por la patria, para que mataran con más alegría, con un espíritu más dispuesto, con cierta flema. Un humorista imitaría al Príncipe, aseguraron a la madame, levantaría el ánimo de la tropa, permitiría que todos durmieran más tranquilos, o quizá con un grado mayor de atención. El estado había organizado un casting y había elegido a un hombre que se parecía mucho al Príncipe, ya verán cuánto, parece Él mismo, y el propio Príncipe había dado el visto bueno, entre carcajadas, decían los asesores, ante el parecido y la gracia de aquel hombre que se parecía tanto a Él y decía cosas tan divertidas, en un espectáculo capaz de resucitar a un muerto y de impulsarlo de nuevo hacia las trincheras, con el machete entre los dientes, dispuesto a darlo todo por las migajas de la patria.

7.

Así que el Príncipe soltó la mano del Secretario de Estado, rozó el asiento del alto taburete con las yemas de los dedos (había una raja en el plástico, la espuma amarillenta brotaba como un ramo de hierba entre las rocas) y trepó como pudo, agarrado al micrófono. El público no podía contener la risa, el alcohol y las drogas predisponían a la euforia tanto como los movimientos torpes de aquel hombre absurdo, actor estupendo, sin duda, y contribuía también a la risa la idea de que todo estaba a punto de desaparecer, de disolverse, todos ellos y sus drogas y sus pupilas enormes que lo veían todo y sus sexos infatigables, capaces de ejercer sus funciones en mitad de las explosiones y en las peores de las circunstancias alimenticias. El lugar olía a disolvente, a piel seca o chamuscada, a piel de limón hervida, a semen, a excrementos, a apio y a aceite de coco.

El Príncipe tardó en acomodarse. Después se aclaró la garganta, de forma melodramática, y en la sala se hizo un silencio blindado, ebrio, de expectativa. En la capital no había muchas oportunidades de ver un nuevo espectáculo.

“Estoy aquí esta noche ante ustedes para hacer una declaración…”, comenzó por fin, pero las carcajadas impidieron que continuara, y tras las carcajadas un aplauso cerrado, inmenso, que avanzaba rodeando al protagonista: aquellas mismas palabras las había utilizado siete años antes, en un discurso televisado, para anunciar el comienzo del conflicto. El tono desenfadado y condescendiente, optimista, era el mismo, idéntica la mirada vacía. La ovación que interrumpió la frase constituía una negación y una defensa del tiempo, de las heridas, de los muertos que llevaban tantos meses amontonándose.

 

8.

Siempre he sentido una desconfianza profunda hacia las cosas que me resulta fácil expresar, continuó el Príncipe, una vez que los aplausos dejaron de rebotar en las cavidades y los rincones de la antigua bolera. Lo que hoy vengo a decir, poco tiene que ver con nada, sino con la apariencia y la luz que desprenden todos los objetos, tocados por infinitas longitudes de onda, un continuo de matices inexpresables (salvo mediante cifras) que abarcan todo el espacio entre lo no visible y lo no visible. Yo soy el Príncipe, y vosotros sois mis súbditos, en tiempos difíciles, estáis obligados a mi persona, os debéis a mí, pero yo he dejado de ver, como tal vez hayáis deducido de mis pasos torpes mientras avanzaba hasta esta banqueta, me quedé ciego de pronto, el otro día, y he preferido presentar mi abdicación. En un antiguo documento, conservado por los servicios secretos, reproducción desplazada de la charla entre un hombre del siglo XX, o tal vez del XIX, no hay consenso entre los expertos, y un amigo suyo, uno de estos dos hombres, refiriéndose a  los libros de un tercero, escritor también, como ellos, aseguraba que su obra no se podía plagiar, porque una vez leída se olvidaba completamente y de inmediato, y por lo tanto la única forma de reproducirla consistía en una transcripción, en una mera copia, y toda versión o todo plagio tenía que ser por fuerza literal, o no ser. Sé que no he venido aquí a hablar de literatura, y sin embargo, amigos míos, tengo la impresión de que es el único medio que me queda de dirigirme a vosotros. Recuerdo que, cuando comenzó la guerra, una de nuestras estrategias consistió en tratar de comprender al enemigo mediante sus mensajes cifrados, aunque no los mensajes cifrados que se enviaban entre ellos, que no nos interesaban en lo más mínimo, sino los mensajes cifrados que nos dirigían a nosotros, y elaboramos un método de defensa sintáctica que poníamos en marcha cada vez que nos reuníamos con el enemigo para fijar los avances del conflicto. Yo estaba convencido entonces de que la guerra, y los millones de muertos que ya habíamos acumulado entonces, se debían tan sólo a un malentendido. Por eso me interesé por la filosofía del lenguaje, y después por la hermenéutica, y después por eso que nuestros antepasados llamaban literatura. Hubo progresos, qué duda cabe, creo que estuvimos a punto de alcanzar la paz en algún momento, pero en la siguiente reunión nuestros intérpretes ya no comprendían nada, el idioma del enemigo había mutado, se dirigía hacia otro sitio, y unos pocos meses después ya no había forma de entendernos, los intérpretes se encogían de hombros, no tanto sorprendidos como saturados, saturados de signos, y no quedó más remedio que volver a la tecnología, a los bombardeos, una decisión difícil pero necesaria, porque con el lenguaje ya no había nada que hacer, y debíamos regresar, tanto nosotros como ellos, a la sangre.

 

9.

La primera respuesta que se recibió fue la del poder ejecutivo, es decir, la de la Guardia Rusa. Un papel plagado de membretes indescifrables, una nota redactada con un tono oficial espantado en la que se alababa al Príncipe, su oscuro sacrificio, su clarividencia, y en la que se aceptaban los términos de su renuncia antes de entrar de lleno en una declaración de amor burocrático, absoluto, por el líder de un país que atraviesa tiempos difíciles de vísceras y que, a pesar de todo, mantiene la cabeza fría y decide lo mejor para el país, lo mejor para los súbditos, lo mejor para la supervivencia del Estado, ese sistema que se regula a sí mismo y se alimenta y se defiende de los ataques como puede.

En cuanto a la segunda respuesta, la de los generales que constituían el poder legislativo, llegó unas horas después y daba la impresión de que antes de redactarlo, quienquiera que lo hubiera hecho, conocía el contenido del mensaje de la Guardia Rusa, que reproducía y ampliaba, o incluso glosaba, tratando de exceder sus elogios, de oscurecerlos, mediante una amplificación de significados. El tercer mensaje, sin embargo, el del poder judicial, que llegó justo después del segundo, era lacónico y ambiguo, y aseguraba que todo cuanto los jueces debían al Príncipe era lo que le debían por su cargo, y nada más.