Café

Siempre pasa lo mismo: cada vez que abro el libro, llega un cliente. Esta vez no ha sido una excepción, y eso que me puse a leer al final del turno, después de haber montado el buffet de desayunos. A esa hora, cuando las agujas del reloj acarician las seis de la mañana, suele ser un momento tranquilo para leer. No es de día, ni tampoco de noche. Tazas, cucharas y tenedores duermen sobre los manteles. Los sofás descansan vacíos. Hasta la pantalla del ordenador de recepción se funde en un bostezo negro. En todo el hall sólo se oye el crack-crack intermitente de la máquina de hielos.

Esa madrugada abrí Dejemos que hable el viento por la página cincuenta y nueve. Capítulo VIII. Aún no había llegado al primer punto y seguido, cuando sonó el timbre. En la puerta,  un hombre delgado, vestido con pantalón color crema y camisa gris, me hacía señas con la mano. Pulsé el botón de AUT y las hojas de la puerta se abrieron.

—¿Que no está, el Alfredo? —preguntó.

—No —yo.

El hombre se quedó en el umbral y miró a ambos lados del hall, como si no me terminase de creer.

—¿Que está de fiesta?

—Ya no trabaja aquí.

—El Alfredo, digo.

—No trabaja aquí.

—¿No…?

—Se fue en marzo —dije—. Yo le sustituyo.

El hombre se quedó en el umbral de la puerta, sin atravesarlo, como si al no estar el Alfredo no tuviera derecho a entrar en el hotel.

—Es que siempre me ponía un café —dijo—. Como los demás bares, en agosto, abren más tarde o están de vacaciones, siempre venía aquí.

—Pase.

—No quiero molestar.

—Pase, pase.

El hombre se dirigió al bar y se sentó en un taburete. La luz de la recepción iluminaba tímidamente la barra.

—¿Qué le pongo?

—Un trifásico.

Me volví a la máquina de café, pero no tenía ni idea de qué llevaba un trifásico. Aunque en aquel hotel nos obligaban a servir en la barra, yo era recepcionista, no camarero. Cargué el manguito de café y lo encajé. Miré los vasos sobre la cafetera: de solo, de cortado, de café con leche. Me volví al hombre.

—¿Qué es un trifásico?

—Un cortado con un poco de coñac.

—¿La leche caliente?

—Templada. Haces como para un cortado largo de café, y le echas un chorro de leche y un chorrito de coñac.

Apreté el botón del cortado. La cafetera se quejó y vomitó un chorrito de café. Saqué el cartón de leche de la nevera, eché un poco en el recipiente metálico y la calenté en el pitorro de aire caliente hasta que hizo espuma.

—¿Qué coñac le pongo?

—Me da igual, el primero que cojas.

Me volví a la tarima de las botellas. La primera era la de Carlos III, Solera de Reserva. Le rellené el vaso con ésa. Se lo serví.

—Ahí tiene.

—Gracias —dijo él—. Así que el Alfredo se fue… Hace mucho que no le veo por el pueblo, pero en agosto siempre venía aquí a hacer el café antes de ir de caza, y charlábamos un rato hasta que se hacía de día.

Me apoyé junto a la cafetera.

—Estaba harto de la noche y se fue en marzo. Luego estuvo un tiempo viniendo a hacer sustituciones, pero se peleó con el jefe y ya nada.

El hombre me miraba a través de unas gafas con cristales grandes y sucios, montura de color oro. Tenía ojos de comadreja, pequeñitos y amarillos. No echó el azucarillo. Miraba fijamente el café mientras lo revolvía. Una, dos, cinco vueltas. El café ya estaría borracho de coñac.

—La noche es dura —dijo.

—Un poco —yo.

—Era un coco, el Alfredo. Seguro que ya tiene otro trabajo.

—Sí, en un restaurante de Barcelona.

—Con el porrón de idiomas que habla, ¿verdad? Normal que no se quede en este pueblucho. ¿Qué hay aquí? Mugre y la carretera que va a Barcelona, si no, esto ya estaría más que podrido.

No me pareció conveniente añadir nada.

—Era un hacha de los idiomas —dijo, y al fin le dio el primer sorbo al trifásico.

El adjetivo igual le iba un pelín grande. Yo había conocido a Alfredo: me había enseñado el turno de noche antes de irse. Y más que hablarlos, algunos los chapurreaba, como el inglés. Pero se entendía con los guiris, que es lo importante al otro lado del mostrador de recepción. Alfredo rondaba los cuarenta años; era un maniático de la seguridad. Antes del cambio de turno se paseaba por todo el hotel para comprobar que puertas y ventanas estuviesen cerradas. Volvía a recepción y contaba la caja delante del compañero del turno de tarde, a pesar de que ya se había hecho.

Cada vez que cogía una botella de leche o agua, o un cartón de zumo, lo lanzaba al aire y lo hacía girar como si estuviera detrás de la barra en una discoteca a reventar de gente. La primera vez que le vi hacerlo, pensé que se había regalado para impresionarme o algo así. La segunda empecé a sospechar. Al final acabé imaginándomelo solo, en la sucia cocina, lanzando las botellas por los aires. Las horas muertas se las pasaba viendo la televisión en el hall, hasta que llegaba el momento de preparar los desayunos.

Había hecho bien saliendo de la rutina de la noche. Aunque, para mí, de dónde tenía que salir no era exactamente de la noche, sino más bien de su pasado. Durante las cinco o seis noches que me enseñó el turno —o quizás sólo fue una noche muy larga—, no paró de contarme historias sobre los tiempos en que trabajó de relaciones públicas de discotecas y pubs de un pueblo de la costa. Del presente, sólo decía que quería dejar la noche y el tabaco.

—Un gran tipo, el Alfredo —sentenció el hombre.

No paraba de moverse en el taburete, como si no encontrase la postura. Dejó de revolver el trifásico y se metió lo que le quedaba de un trago. Relamió la cucharilla antes de dejarla en la taza.

—¿Qué te debo?

Consulté en el ordenador táctil del bar. No estaba cargado el precio del trifásico.

—¿Qué solía cobrarle el Alfredo?

—No me acuerdo —dijo, ya de pie—. Creo que eran dos euros y me echaba otro poco de coñac.

—Si quiere…

—No, no. —Dejó una moneda de dos euros en la barra—. Tómate algo con la vuelta.

—Gracias —dije yo, aunque con esa miseria no me llegaba para nada.

El hombre salió del hotel. Oí que arrancaba el motor del coche. Metí la taza en el lavaplatos antes de volver a la recepción y abrir el libro. No llevaba ni tres frases cuando vi que se encendía la luz del ascensor.

Leche

Pintar los cruasanes con gelatina de manzana hirviendo era lo que más me gustaba de mi trabajo. Por dos razones: una, que era lo último que hacía antes de sentarme a esperar que llegase mi compañera a las siete para darme el relevo; dos, era lo único artístico que tenía ser recepcionista.

Sacaba las bandejas metálicas del horno: una de cruasanes rellenos de chocolate, otra de cruasanes normales y la tercera de ensaimadas. Metía la olla de metal llena de gelatina de manzana y la dejaba hasta que empezaba a burbujear. Entonces, agarraba el pincel y me transformaba, de panadero, en pintor. Una vez bañados en gelatina, los cruasanes brillaban apetitosamente. El ruido efervescente de la gelatina sobre la bandeja todavía caliente me relajaba, y la mayoría de las noches mi corbata azul marino acababa salpicada.

En esas estaba cuando sonó el timbre de la puerta. Me cagué en todo. Mientras iba a la recepción, entre juramento y juramento, pensé que los timbres siempre suenan en los peores momentos. Desde el otro lado de la puerta, junto a la polvorienta palmera de plástico que había en la entrada del hotel, me saludaba agitando la mano el hombre del trifásico.

—Buenos días —dijo—. ¿Te acuerdas de mí?

Llevaba la misma ropa, las mismas gafas redondas y, detrás, aquellos ojos de comadreja.

—Claro.

—Venía a tomar el cafelito. Si se puede.

—Pase.

Volvió a sentarse en el mismo taburete: el segundo, en la esquina de la barra más iluminada por la luz de la recepción. Se le veía más tranquilo, más cómodo, como en su bar de toda la vida.

—Hoy va a hacer calor —dijo.

—Eso parece.

Le preparé el trifásico, esta vez sin azucarillo. Se frotó las manos mientras se lo dejaba en la barra.

—A ver cómo se nos da hoy —dijo revolviendo el café—, ya sólo me queda este sábado y el que viene.

Debió verme en la cara que no sabía de qué me hablaba. Es lo malo de ser expresivo.

—Para ir a cazar —dijo—. Te lo comenté el otro día pero es normal que no te acuerdes. Salgo a cazar.

—¿Qué caza?

—Palomas. Sólo abren la veda los domingos de agosto.

—¿Palomas…?

No estoy puesto al día en la caza menor. Ni en la mayor.

—Palomas de monte —dio un sorbito—. Es la única afición que tengo, aunque soy muy malo. El pasado domingo, por ejemplo, hubo gente que cazó setenta u ochenta palomas; yo, siete.

—No está mal.

Dio otro sorbo al trifásico.

—Lo hago porque me entretiene. Paso el día con amigos, en el monte, esperando que pasen las palomas para dispararlas. Me entretiene y me relaja.

Miró al techo cuadriculado del hall como si viese cruzar las bandadas de palomas por allí.

—Pero soy muy malo.

—Lo pasa bien —dije.

—Me entretiene.

—Yo leo.

—Hay que ocupar el tiempo en algo, ¿verdad? —Y se tocó la cabeza—. Esta es muy mala.

Dije que sí con la cabeza.

Creo que quiso añadir algo más o esperó a que yo añadiese algo, pero los dos nos quedamos escuchando el crack-crack de la máquina de hielo hasta que se bebió lo que le quedaba de trifásico de un trago.

Mientras sacaba la cartera, cogí la botella de Carlos III y le rellené medio vaso.

—Vale, vale. Está bien así —dijo para dejase de echar—. Se agradece.

Lo bebió a sorbitos pequeños, paladeándolo. Me contó algunas cosas más sobre la caza de la paloma. Era típico en muchos clientes de hotel: la soledad les empuja a contar sus historias a los recepcionistas. Algo así como el borracho con el camarero. En los cuatro meses que llevaba en ese hotel ya había conocido a más de uno: el empresario que te hablaba de sus empresas y sus amantes; el currante que te contaba sus líos con la ex; el que paseaba al perro todas las mañanas y, al pasar por el hotel, me invitaba a un cigarrillo para que escuchase su idilio con las maquetas de aviones. En fin.

—Nos vemos el próximo domingo —dijo.

—No se preocupe: le tengo fichado.

Coñac

 

Volvió el último domingo de agosto, a la misma hora. Me saludó con efusividad, como si me conociera de toda la vida. Aquella noche, después de acabar de montar el buffet, ni me había molestado en abrir la novela de Onetti.

Cada uno ocupó su lugar en la barra: él fuera, en el segundo taburete; yo, dentro.

—Va a apretar el calor —dijo.

—Eso parece.

—A ver cómo se da hoy.

—Más de siete, seguro.

—A ver.

Le serví el trifásico, esta vez más generoso con el coñac. Que se lo pasase bien, el cazador.

—¿Cuántas cayeron la semana pasada?

—Nueve —contestó sacando pecho.

—Mejoramos.

—Tuve suerte. A veces pasa.

Empezó el ritual de la cucharilla. Una, dos, cinco vueltas.

—A mí me gusta más la caza mayor —dijo mientras revolvía—, pero desde que me dio el infarto cerebral —se tocó la sien—, no puedo moverme mucho. Por eso la caza de la paloma es perfecta.

Me senté sobre las neveras. Creo que fue lo más cerca que estuve de él, con la barra de mármol separándonos.

—¿Infarto?

—Cerebral.

—…

—Se me paró el cerebro.

—Y, ¿eso?

—No se sabe. —Bebió un sorbo—. Un día estás bien y al siguiente te da, y te da. Hombre, en mi caso…

Dejó la frase a medias para beber otro trago.

—¿En su caso…?

—Fue después de morirse mi hija.

—Vaya…

Nunca he sabido qué decir en estos casos; ni en muchos otros. Pero un vaya bien dicho, con sus correspondientes puntos suspensivos, suele dar resultado.

—Tenía sólo treinta y dos años —dijo, y apuró el vaso—. Una verdadera pena. ¿Cuántos tienes tú?

—¿Yo?

—Sí.

—Veintiocho.

—No los aparentas.

—Y eso que llevo corbata.

—Cuatro años menos —dijo él—. Cuatro años pueden ser toda una vida, ¿verdad? Ella también parecía más joven. Si la hubieras visto… Hubierais hecho buena pareja.

Me di prisa en llenarle el vaso de coñac para evitar tener que responder. Esta vez me tomé la libertad de echarle el mejor coñac que teníamos en el bar: Cardenal Mendoza, Solera Gran Reserva. Enseguida se percató:

—Gracias —dijo—. Se agradece el detalle.

—De nada.

Cuando le di la espalda para colocar la botella en la tarima, continuó con su historia:

—El día del entierro me dio el infarto —dijo catándolo, la amargura del coñac en el paladar—. De la presión, dijo el médico. Se ve que se me subió todo el dolor aquí —se tocó las sienes como si quisiera atornillarse los dedos a la cabeza—, y eso me provocó el infarto.

—… —Un vaya en aquel momento del diálogo me hubiera dejado en mal lugar, así que solo dejé los tres puntos suspendidos en el aire.

—La vida es muy jodida —dijo él para llenar el silencio.

A eso sí que tenía respuesta:

—Ya ves.

—Por eso voy a cazar —dijo apurando el líquido dorado—. Hay que aprovechar todo lo que se pueda esta vida.

—¿Otro?

—No…

—Le invito.

—Se agradece, entonces.

Le llené el vaso. No dijo basta hasta que estuvo lleno. Lo miró un segundo y se lo metió de un solo trago, como hacía yo en mi juventud con los chupitos. Se apoyó en la barra para bajarse del taburete. Sacó dos euros de la cartera.

—Deja, deja —le dije—. Hoy invita la casa.

—Muchas gracias.

—De nada.

Guardó la cartera.

—A ver qué tal se da hoy —dijo.

—A ver.

Antes de irse, por encima de la barra, me estrechó la mano. Huesuda, resudada.

—Josep —dijo.

—Miguel.

—Encantado.

—Igualmente.

Lentamente, Josep salió del hotel. Nunca más volví a preparar un trifásico. Tardé varios días —o noches— en terminar la novela de Onetti.