Me traje el árbol y lo puse frente al espejo.

Lo miro en su belleza duplicada y siento por primera vez que algo me gusta, que algo queda bien.

Quisiera ir sacando poco a poco los objetos que se interponen entre el árbol y yo. Quiero mirarlo fijamente en su trono de árbol de interior.

Mi árbol crece diariamente dentro de mí.

Mi amigo corre diariamente diez kilómetros para evitar la muerte.

Lo observo tembloroso y pálido en el espejo y tengo el impulso de decirle que los días malos quedaron atrás. Le paso el estilete y sé que esto tampoco es cierto.

Mi amigo reincide una y otra vez en el tema de su hermano muerto.

Escucho los grillos del más allá.

¿De qué se alimentan?

Cuando mi árbol termine por joderse voy a pegarle vainas secas de toloache por todo alrededor, como cuando era niño.

Cuando sople el viento de marzo se llevará sus negras semillas de cascabel. Entonces cantarán las cosas desparecidas.

Una vez en casa de mi tía Angelita amaneció entre las dos camas del cuarto de visitas una cruz formada con dos sábanas blancas. Parecía una esvástica.

Mi tía hablaba con los muertos. Trató toda su vida de domarlos, pero ellos siguieron hasta el final azotando las puertas.

Una vez me vieron a mí salir del baño y con el mismo paso adormilado que conservo ahora atravesar la pared ante el asombro de todos.

Es un fantasma, dijo, no se asusten. El niño ya está bien dormido, tiene que madrugar mañana. Y siguieron rezando.

Pero yo escuchaba detrás de una cortina que me habían visto salir del baño y atravesar una pared.

De niño en esa casa nunca iba solo al baño por la noche. En el baño estaba la viejita de cabello blanco. Me daba miedo.

La viejita que veíamos de niños era idéntica a mi tía cuando murió, quince años después.

Ahora la casa se desmorona lentamente.

Rápidamente.

Me gustaría ir, un día, y pasearme en los columpios del patio de atrás.

Mi amigo me encuentra perdido en el pequeño árbol artificial.

Me arroja una cuerda. Le digo “cómo es posible que uno cambie tanto”.

La cuerda dice: para qué tanta maleza. Y es verdad.

Entonces pienso en ella.

Nos fuimos aquella mañana bajo la lluvia. ¿llovía entonces o ya había dejado de llover? Nos fuimos bajo la lluvia y yo era feliz.

¿Era ella feliz?

Quisiera encontrar al grillo que canta en mi cabeza cuando todo queda en silencio y sacarlo por la ventana.

Mi amigo dice que se va y se pone en pie.

Yo también soy tu hermano muerto, le digo muy despacio, cuando se despide, al oído.

Sabe que estoy bromeando.

Debe saberlo.